Neuroética y pecados capitales


Seguro que usted recuerda lo que la Iglesia católica instituyó en aquel catecismo que estudiábamos de niños y que creo recordar se llamaba Ripalda.

Los pecados capitales son siete, y cada uno de ellos contiene su remedio, un opuesto que opera como antídoto. Así:

  • Contra lujuria, castidad.
  • Contra la ira, paciencia.
  • Contra la avaricia, generosidad.
  • Contra la gula, templanza.
  • Contra la envidia, caridad.
  • Contra la soberbia, humildad.
  • Contra la pereza, diligencia.

El lector entenderá que los pecados capitales pueden ser considerados también emociones tóxicas o pasiones que suelen tomar el mando del Yo y llevar al sujeto hacia derroteros poco ventajosos para él mismo, cuando no ser sentidos como impuestos e irrefrenables.

¿Qué hay de verdad en esto? y, si hay algo de verdad, ¿podemos relacionarlo con nuestros conocimientos científicos actuales?

Suponga usted que existe un módulo cerebral que se ocupa de administrar sus emociones. Suponga también que existe otro módulo cerebral que se ocupa de inhibirlas, matizarlas o modularlas en función de su intensidad o de su relevancia. Es evidente que el primer módulo, al estar desconectado -en parte- de la racionalidad, se limitaría a producir emociones con arreglo al temperamento de cada cual, y sería este segundo módulo –que podríamos llamar autorecursivo- el que se ocuparía de reintroyectar la emoción desde un punto de vista racional: dicho de otra forma, este módulo es un módulo de reentrada de información.

Para que el lector pueda entender mejor cómo se relacionan entre sí ambos módulos, imagínese que es usted una persona egoísta y vanidosa. Seguro que usted conoce mucha gente así. Y también es seguro que esas personas son incapaces de reconocer en sí mismas esa vanidad o ese egoísmo.

Hay gente tan egoísta que, precisamente debido a ese egoísmo, son incapaces de saber que son egoístas. Y lo mismo ocurre con cualquier otra emoción tóxica o pecado capital. Dicho de un modo más claro, el módulo emocional es incapaz de ser desconectado precisamente por la incompetencia del módulo autorrecursivo.

Algo así sucede también con lo que en otro post llamé “conciencia de enfermedad”: las enfermedades mentales se caracterizan con más frecuencia que las somáticas por un desconocimiento o una falta de reconocimiento del sujeto sobre su propia enfermedad. Pero no es sólo eso, sino que determinadas emociones positivas, como por ejemplo la gratitud o la confianza, pueden también ser desconocidas por el sujeto con independencia de que sean racionales o irracionales. A continuación vamos a mirar más de cerca los antídotos que propone la Iglesia católica para combatir precisamente estas toxicidades emocionales, y vamos a seguir con la soberbia o vanidad.

¿Cuál es el antídoto de esta emoción?

Naturalmente la humildad.

Las personas comunes, es decir aquellos que no estamos intoxicados con nuestras propias emociones, somos de vez en cuando también vanidosos, egoístas o soberbios, dependiendo de entornos o situaciones concretas. Pero, al mismo tiempo, disponemos de un módulo autorecursivo que nos informa (con sus constantes reentradas) de que lo estamos siendo. Somos vanidosos o egoístas “a tiempo parcial”. La prescripción que hace la Iglesia católica para lidiar con esta toxicidad emocional es, sin embargo, algo idealizada, puesto que la humildad es desconocida para el vanidoso verdadero.

Pero es cierto que, si lográramos que el vanidoso recuperara parte de su humildad, podría desembarazarse de los efectos interpersonales negativos que seguramente derivarán de aquella actitud. Dicho de otra manera: la humildad pertenece a un género de emociones de baja disponibilidad para el vanidoso. Lo curioso de todo esto es que, mientras el vanidoso no puede reconocer su vanidad, el humilde sí puede reconocer su humildad. ¿Por qué sucede este fenómeno?

Porque la vanidad bloquea la capacidad precisamente de aceptar que uno es vanidoso: determinadas emociones son pues tóxicas (cuando se dan en exceso) porque inhiben el módulo autorecursivo, es decir, actúan de tapadera de sí mismas. Más abajo explicaré la razón por la que se produce este mecanismo de auto-tamponamiento u obturación.

La mayor parte de las personas, sin embargo, somos capaces de sentir vanidad e incluso es predecible suponer que cierto grado de vanidad –o, por decirlo de una manera más moderna, de asertividad- es necesaria para medrar en sociedad, y es incluso necesario que en ciertas ocasiones tratemos de convencernos a nosotros mismos -o a quienes nos rodean- de que somos capaces de llevar a cabo tareas complejas de cuya capacidad dudamos. Disponemos para ello de otro módulo cerebral de enorme importancia evolutiva: el autoengaño, lo cual conecta con lo que actualmente se llama “pensamiento positivo” y que podríamos definir como aquellos engaños y autoengaños que nos llevan a sentir que tenemos más valor o importancia de la que en realidad tenemos. Un ejemplo concreto de este efecto positivo es la confianza. No me refiero a la confianza interpersonal sino a lo que Michael Balint llamaba “confianza básica”, es decir la suposición casi siempre irracional de que las cosas se arreglarán o irán bien.

La confianza básica es un resto psicológico procedente de una crianza sin privaciones ni toxicidades ambientales y es, naturalmente, una protocreencia irracional. Sin embargo, y a pesar de su irracionalidad, nos presta grandes servicios en nuestra vida, desarrollando una atmósfera de optimismo que tiñe todas nuestras interacciones con el mundo.

Lo que importa, pues, no es la racionalidad o irracionalidad de nuestra confianza, sino que exista ese módulo autorecursivo que modula su expresión a través de nuestra conducta.

Pero la cosa no termina aquí, porque los acontecimientos optimistas pueden resonar con algo universal que podríamos llamar matrix para entendernos (o Ley de la Atracción) y que podemos imaginarnos como una enorme tela de araña tridimensional que se agita toda entera cualquiera que sea el punto en que es estimulada. Significa que aquellas personas que mantienen una confianza básica intermediada por un módulo cerebral autorecursivo y eficaz tienden a “atraer” acontecimientos positivos sobre su vida y a minimizar los daños de los impactos ambientales negativos.

Puede darse su exceso, un exceso de confianza, es decir, aquellas personas que mantienen una baja intensidad en la reentrada de ese módulo racional que debería encender las alarmas cuando se rebasan determinadas expectativas o límites. Me refiero, por ejemplo, al optimismo exagerado del jugador, que hace siempre recuentos positivos de sus ganancias y nunca dice cuando pierde. La diferencia entre el jugador y la persona optimista sería que el primero niega las pérdidas, mientras que el segundo las reconoce manteniendo un optimismo sobre su resolución.

Los pecados capitales serían, pues, emociones “petrificadas” que confieren a sus portadores de una pseudoidentidad basada en la “repetición de lo mismo”, en una rigidificación de las posibilidades de ser. Si existiera alguna forma de introducir en el sistema la necesaria dosis de humildad, la vanidad podría desintegrarse como sucede en las personas comunes que nos encontramos permanentemente en tráfico con las adversidades de la realidad y que, precisamente, obtenemos fortalezas del movimiento de esa gigantesca tela de araña que nos permite salir incólumes de los reveses de la misma, destinados justamente al olvido (algo que no puede hacer el vanidoso verdadero, que se halla enjaulado en un estereotipo emocional).

El vanidoso, pues, no puede escapar de su propia vanidad y es, además, resistente a las pruebas que la vida pone delante de sus narices para dejar la partida en tablas. Es por ello que todas las tradiciones religiosas –y más concretamente la religión cristiana- nos dan una pista acerca de las posibles soluciones (las siete virtudes cardinales) que podrían aminorar los efectos negativos de esas emociones tóxicas.

Ahora bien, no podemos dejar de ver que esta lista de emociones son, en realidad, para la Iglesia católica, pecados, es decir: faltas morales del sujeto y no modos de la personalidad.

Este cambio de definición desde el defecto de personalidad hacia el defecto moral tiene mucho que ver con la tendencia de los humanos a advertirlas como inevitables. Las prescripciones religiosas para neutralizarlas son, por tanto, soluciones virtuosas a la decadencia moral que justifica el término de “pecado” y que, en cualquier caso, redimen al vanidoso del “pecado” pero no disipan la emoción tóxica por sí mismos. Los sujetos parecen resistirse mucho mas al cambio si confian mucho en si mismos y poco en instancias sobrenaturales, se equivocan mucho más y tienden a cometer mas errores en la evaluación de su responsabilidad a lo que no es ajeno el concepto de “culpa” siempre colgando del concepto de pecado.

Los pecados capitales no son, pues, pecados, sino rasgos que precisamente por ser considerados defectos morales el sujeto defiende con garras y dientes, al estar convencido de que dicho rasgo es, en realidad, su identidad.

Y nadie abandona su identidad sin resistirse.

 

Seguro que usted recuerda lo que la Iglesia católica instituyó en aquel catecismo que estudiábamos de niños y que creo recordar se llamaba Ripalda.

Los pecados capitales son siete, y cada uno de ellos contiene su remedio, un opuesto que opera como antídoto. Así:

Contra lujuria, castidad.

Contra la ira, paciencia.

Contra la avaricia, generosidad.

Contra la gula, templanza.

Contra la envidia, caridad.

Contra la soberbia, humildad.

Contra la pereza, diligencia.

El lector entenderá que los pecados capitales pueden ser considerados también emociones tóxicas o pasiones que suelen tomar el mando del Yo y llevar al sujeto hacia derroteros poco ventajosos para él mismo, cuando no ser sentidos como impuestos e irrefrenables.

¿Qué hay de verdad en esto? y, si hay algo de verdad, ¿podemos relacionarlo con nuestros conocimientos científicos actuales?

Suponga usted que existe un módulo cerebral que se ocupa de administrar sus emociones. Suponga también que existe otro módulo cerebral que se ocupa de inhibirlas, matizarlas o modularlas en función de su intensidad o de su relevancia. Es evidente que el primer módulo, al estar desconectado de la racionalidad, se limitaría a producir emociones con arreglo al temperamento de cada cual, y sería este segundo módulo –que podríamos llamar autorrecursivo- el que se ocuparía de reintroyectar la emoción desde un punto de vista racional: dicho de otra forma, este módulo es un módulo de reentrada de información.

Para que el lector pueda entender mejor cómo se relacionan entre sí ambos módulos, imagínese que es usted una persona egoísta y vanidosa. Seguro que usted conoce mucha gente así. Y también es seguro que esas personas son incapaces de reconocer en sí mismas esa vanidad o ese egoísmo.

Hay gente tan egoísta que, precisamente debido a ese egoísmo, son incapaces de saber que son egoístas. Y lo mismo ocurre con cualquier otra emoción tóxica o pecado capital. Dicho de un modo más claro, el módulo emocional es incapaz de ser desconectado precisamente por la incompetencia del módulo autorrecursivo.

Algo así sucede también con lo que en otro post llamé “conciencia de enfermedad”: las enfermedades mentales se caracterizan con más frecuencia que las somáticas por un desconocimiento o una falta de reconocimiento del sujeto sobre su propia enfermedad. Pero no es sólo eso, sino que determinadas emociones positivas, como por ejemplo la gratitud o la confianza, pueden también ser desconocidas por el sujeto con independencia de que sean racionales o irracionales. A continuación vamos a mirar más de cerca los antídotos que propone la Iglesia católica para combatir precisamente estas toxicidades emocionales, y vamos a seguir con la soberbia o vanidad.

¿Cuál es el antídoto de esta emoción? Naturalmente la humildad.

Las personas comunes, es decir aquellos que no estamos intoxicados con nuestras propias emociones, somos de vez en cuando también vanidosos, egoístas o soberbios, dependiendo de entornos o situaciones concretas. Pero, al mismo tiempo, disponemos de un módulo autorrecursivo que nos informa (con sus constantes reentradas) de que lo estamos siendo. Somos vanidosos o egoístas “a tiempo parcial”. La prescripción que hace la Iglesia católica para lidiar con esta toxicidad emocional es, sin embargo, algo idealizada, puesto que la humildad es desconocida para el vanidoso verdadero.

Pero es cierto que, si lográramos que el vanidoso recuperara parte de su humildad, podría desembarazarse de los efectos interpersonales negativos que seguramente derivarán de aquella actitud. Dicho de otra manera: la humildad pertenece a un género de emociones de baja disponibilidad para el vanidoso. Lo curioso de todo esto es que, mientras el vanidoso no puede reconocer su vanidad, el humilde sí puede reconocer su humildad. ¿Por qué sucede este fenómeno? Porque la vanidad bloquea la capacidad precisamente de aceptar que uno es vanidoso: determinadas emociones son pues tóxicas (cuando se dan en exceso) porque inhiben el módulo autorrecursivo, es decir, actúan de tapadera de sí mismas. Más abajo explicaré la razón por la que se produce este mecanismo de auto-tamponamiento u obturación.

La mayor parte de las personas, sin embargo, somos capaces de sentir vanidad e incluso es predecible suponer que cierto grado de vanidad –o, por decirlo de una manera más moderna, de asertividad- es necesaria para medrar en sociedad, y es incluso necesario que en ciertas ocasiones tratemos de convencernos a nosotros mismos -o a quienes nos rodean- de que somos capaces de llevar a cabo tareas complejas de cuya capacidad dudamos. Disponemos para ello de otro módulo cerebral de enorme importancia evolutiva: el autoengaño, lo cual conecta con lo que actualmente se llama “pensamiento positivo” y que podríamos definir como aquellos engaños y autoengaños que nos llevan a sentir que tenemos más valor o importancia de la que en realidad tenemos. Un ejemplo concreto de este efecto positivo es la confianza. No me refiero a la confianza interpersonal sino a lo que Michael Ballint llamaba “confianza básica”.

La confianza básica (link Ballint) es un resto de una crianza sin privaciones ni toxicidades ambientales y es, naturalmente, una protocreencia irracional. Sin embargo, y a pesar de su irracionalidad, nos presta grandes servicios en nuestra vida, desarrollando una atmósfera de optimismo que tiñe todas nuestras interacciones con el mundo.

Lo que importa, pues, no es la racionalidad o irracionalidad de nuestra confianza, sino que exista ese módulo autorrecursivo que modula su expresión a través de nuestra conducta.

Pero la cosa no termina aquí, porque los acontecimientos optimistas pueden resonar con algo universal que podríamos llamar matrix para entendernos (o Ley de la Atracción) y que podemos imaginarnos como una enorme tela de araña tridimensional que se agita toda entera cualquiera que sea el punto en que es estimulada. Significa que aquellas personas que mantienen una confianza básica intermediada por un módulo cerebral autorrecursivo y eficaz tienden a “atraer” acontecimientos positivos sobre su vida y a minimizar los daños de los impactos ambientales negativos. Puede darse también en un exceso de confianza, es decir, aquellas personas que mantienen una baja intensidad en la reentrada de ese módulo racional que debería encender las alarmas cuando se rebasan determinadas expectativas o límites. Me refiero, por ejemplo, al optimismo exagerado del jugador, que hace siempre recuentos positivos de sus ganancias y nunca dice cuando pierde. La diferencia entre el jugador y la persona optimista sería que el primero niega las pérdidas, mientras que el segundo las reconoce.

Los pecados capitales serían, pues, emociones “petrificadas” que confieren a sus portadores de una pseudoidentidad basada en la “repetición de lo mismo”, en una rigidificación de las posibilidades de ser. Si existiera alguna forma de introducir en el sistema la necesaria dosis de humildad, la vanidad podría desintegrarse como sucede en las personas comunes que nos encontramos permanentemente en tráfico con las adversidades de la realidad y que, precisamente, obtenemos fortalezas del movimiento de esa gigantesca tela de araña que nos permite salir incólumes de los reveses de la realidad, destinados justamente al olvido (algo que no puede hacer el vanidoso verdadero, que se halla enjaulado en un estereotipo emocional).

El vanidoso, pues, no puede escapar de su propia vanidad y es, además, resistente a las pruebas que la vida pone delante de sus narices para dejar la partida en tablas. Es por ello que todas las tradiciones religiosas –y más concretamente la religión cristiana- nos dan una pista acerca de las posibles soluciones (las siete virtudes cardinales) que podrían aminorar los efectos negativos de esas emociones tóxicas. Ahora bien, no podemos dejar de ver que esta lista de emociones son, en realidad, para la Iglesia católica, pecados, es decir: faltas morales de la personalidad, a lo que no es ajena la tendencia de los humanos a advertirlas como inevitables, y sus prescripciones son, por tanto, soluciones virtuosas a la decadencia moral que justifica el término de “pecado” y que, en cualquier caso, redimen al vanidoso del “pecado” pero no disipan la emoción tóxica por sí mismos.

Los pecados capitales no son, pues, pecados, sino rasgos que precisamente por ser considerados defectos morales el sujeto defiende con garras y dientes, al estar convencido de que dicho rasgo es, en realidad, su identidad.

Y nadie abandona su identidad sin resistirse.

17 pensamientos en “Neuroética y pecados capitales

  1. Un post que se me antoja muy especial y -también se nota- tremendamente inspirado.
    No podría estar más de acuerdo en plantear la vanidad como una venda para sí misma. O sea, para la identidad sea cual fuere la real.
    Fascinante, mis aplausos muy especiales también 🙂

  2. Muy interesante el post y este enfoque que quizás pueda comenzar a sentar las bases de una nueva y necesaria ética.
    A mi me parece que todos somos bastante miopes con respecto a nuestros propios rasgos de personalidad. Frente a esto, lo que único que nos queda es tomar nota de lo que los demás “dicen que somos”. Si distintas fuentes que no se conozcan entre sí coinciden en atribuirnos un rasgo, debemos empezar a pensar que quizás estén más en los cierto que nosotros mismos.
    Por otro lado, el antídoto que dio la Iglesia a los siete pecados capitales no me parece efectivo. No creo que un rasgo negativo se modifique practicando su opuesto, sino quizás más bien entendiendo las razones por las cuales actúa ese rasgo de carácter y dándoles alguna “salida honrosa” con ventajas añadidas sobre el comportamiento antiguo.

  3. Si no recuerdo mal (corregidme si me equivoco) el Eneagrama también habla de pasiones y virtudes.En cada persona una pasión y su virtud opuesta se manifestarían con más fuerza que las demás pasiones y virtudes. Cada pasión sería un mecanismo de defensa y conociéndonos a nosotros mismos es posible trabajar sobre ellas. Aunque, según el post, en el caso de los números tres parece que sería una tarea más difícil. Paco,según su experiencia ..¿es cierto que en cada persona se manifiesta una emoción tóxica con más fuerza que las demás? ,¿depende de la genética “elegir” una u otra emoción tóxica como mecanismo de defensa si es que son mecanismos de defensa? Un saludo especial a todos los cinco..

  4. La mente es una sopa de posibilidades donde unas se colapsan mientras otras se expanden. Las emociones siguen caminos similares, creo que existe una facilitación pero como yo creo en el libre albedrio pues creo que es correcto el termino elegir entre comillas.

  5. ¿Es posible conciliar la neuroética con la patología narcisista?.

    Parafraseando el artículo: “nadie abandona su identidad sin resistirse? Menos lo haría Narciso que vivie siempre en el autoengaño, y que la actual era de los “pensamientos positivos”, lo nutre aun más.

    Felicidades Paco, me gustó mucho el artículo

  6. El egocentrismo es una etapa de la coniciencia humana, no es ni buena ni mala en si misma. Todos mantenemos nucleos egocentricos en nuestra personalidad que son trascendidos posteriormente por el etnocentrismo, el sociocentrismo y el mundocentrismo. Nuestro papel en el mundo es expandir nuestra conciencia y superar esas fases ancestrales que tanta relación tienen con la psicopatología.

  7. Aparte de constituir un post muy especial (como si lo viera más que leerlo), especiales también (sincrónicos) me parecen algunos comentarios: egocentrismo, autoengaño, pensamiento positivo, etc. Parece que siempre todo va junto…
    Felicidades de nuevo, muy especiales 🙂

  8. Si se quiere uno complicar la vida lo logra, soy un convencido del caldo de cultivo fantastico que es el cerebro y su contenido llevado a la realidad de cada quien…pero no olvidemos que tenemos muchas caras si analizaramos solo 4 una da a lo que otros creen saber de mí, otra ,lo que me desconozco de mi mismo, la tercera , lo que otros desconocen de mi, y la otra es lo que me conozco de mi, Claro que a todo esto hay que agregarle : lo epigenético .alimentacion medicamentos, educacion, instrucción y formación; la genetico (hasta 500 ansestros tienen influencia en cada humano ),que lo hacen unico ,inconfundible, si a todo esto le agregamos que las neuronas viven en guerra y siempre ganan las dominantes y hacen de su campo de batalla al hombre y su circunstancia, termina cada quien siendo un titere inerme, al decir 7 , se pudieron decir 20 o más de acuerdo a la cuota de autodestrucción de cada individuo porque si inflamos cada pecado te revientas como avaro, lujurioso, glotón compulsivo,peresozo,envidioso,rabioso,o todo junto : terminarias con extraña figura de BANQUERO-CURA-PERIODISTA-Y POLITICO DE LA ONU, cada cual tiene a lo largo de su vida su cuota y si se lo propone, acontrario censu del cristianismo, desde la casa materna a tener control de ti mismo desde bebé. con el cultivo del tao en ti, es paja hablar de 7…..Salu2

  9. El autoengaño que se pone en funcionamiento con la Confianza Básica, tal y como explicas en el post, es un mecanismo altamente adaptativo del ser humano que nos convierte en resilientes, sin ella no habríamos evolucionado y es un pensamiento irracional. Pero no entiendo cuano dices que “es un resto psicológico procedente de una crianza sin privaciones ni toxicidades ambientales ” porque esta característica de la naturaleza humana se da desde nuestros ancestros prehistóricos, época en la que las privaciones seguro que estaban a la orden del día.

    Precisamente creo que es ahora, cuando el individuo parece tener todas la necesidades cubiertas: los niños son criados en el mundo occidental en un ambiente de confort y de saturación de sus deseos sin dejarles margen para que sientan la necesidad de obtener cosas, la necesidad de desear, cuando se produce ese vacío cósmico, esa idea de sin sentido de la vida que parece caracterizar los nuevos transtornos mentales, tal y como comentas en , ” ¿ Aumentan o disminuyen los transtornos mentales ? ”

    ¿Este nuevo esquema socio económico “Capitalismo, malancolíca y deseo ” consigue, quizá, eliminar una de las características básicas para la supervivencia de la especie ?

    ¿Elimina nuestra capacidad de RESILIENCIA ? ¿ Nuestra capacidad innata hacia un optimismo irracional ? Porque si es así , habría que atender muy seriamente a las voces que señalan que la sociedad está enferma.

  10. La confianza basica no tiene nada que ver con lo material sino con un orden de predictibilidades y sincronias. Es lo que caracteriza a un vinculo sano entre madre e hijo. Es saber que cuando te despiertes habrá ahi alguien que te sostenga y que cuando tengas frio habrá alguien que te tape o te alimente si tienes hambre. Y además de predecible es incluso predecible que haya ausencias y presencias alternantes. Uno tolera la ausencia porque sabe que es finita y que la madre volverá a aparecer.

  11. “And from her breast one last taste of life, before he lays down in his bed of endless life”

    Anda¡, qué vaya frasecita la del vínculo dual¡. No me extraña que Burroughs dijera que el lenguaje es un virus, con la poesía se convierte en un RETROVIRUS, casi imposible de eliminar y tampoco me extraña que escribieras el post :

    http://carmesi.wordpress.com/2011/09/08/%c2%bfes-el-lenguaje-un-virus/

    Y sigo sin comprender para qué los ingleses escriben un montón de letras que luego no necesitan pronunciar… pero si el origen del lenguaje es el habla, dijérase que pareciera que han invertido el orden de importancia de las cosas.

    Como el capitalismo que prima las necesidades materiales sobre las básicas que son las emocionales… el afecto y la confianza básica que necesita un niño de meses cuyos padres dejan en la guardería por la imposibilidad de cuidarlo ellos mismos.
    Eso sí a los siete meses el niño tiene 20 sonajeros diferentes, 30 peluches de todos los colores y tres o cuatro juegos didácticos para aprender inglés. Sus padres están ausentes pero el cochecito del niño, su habitación, el parque donde juega lleno de objetos y él uno más entre la multitud…

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