De Uroboros a Tifón: la caida


Génesis 3:7
Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales.

Durante el periodo urobórico el niño navega, flota en una especie de magma sin separación de cuerpo y mente, sin solución de continuidad entre su cuerpo y el otro. No existe el tiempo, ni existe el espacio, solo existen eventos sensoriales y una atmósfera de placidez, una estúpida y reconfortante ignorancia, una euforia vacua.

El niño de esta edad es un Yo alimentario y visceral que ni siquiera sabe que depende de otro para comer , simplemente siente que se come a sí mismo como la serpiente urobórica que se muerde la cola y que en el post anterior describí en sus aspectos míticos y psicológicos.

Y tambien psicoanalíticos, pues las fantasias de ser devorado son contingentes con este estado de cosas. A fin de cuentas no hay que olvidar que Uroboros es una serpiente que se muerde la cola, su destino es pues seguir asi hasta que no quede cola y la cabeza quede sin alimento. Devorarse a si mismo es el destino final de este estadío o ese horror de fragmentación del mundo que conocemos a través de algunas fantasias de esquizofrénicos muy regresados.

El niño sigue madurando siguiendo la estela evolutiva que marca la filogenia hasta ese momento que miticamente se llama la “caida”: la expulsión del edén, el niño a partir de un momento determinado ya no puede negar la evidencia de que la madre -el objeto- y él el sujeto son personas y cuerpos distintos.

La nube urobórica

Este estado de cosas tiene consecuencias múltiples en la emergencia y ascenso de la conciencia a su nivel superior.

Aparece paulatinamente el Yo tifónico.

Tifón es un personaje mitológico, padre de todos los monstruos junto a su esposa Equidna y que se representa como un hombre de cintura para arriba que conserva aun la mitad del cuerpo de una serpiente.

La nube tifónica

El niño inaugura en esta fase  un cuerpo separado de la madre. Y con la experiencia del cuerpo propio el Yo cambia desde un estado de indiferenciación hasta la construcción de un YO corporal lo que lleva aparejado un no- Yo. El niño sabe que cuando se muerde una mano es Yo y cuando muerde una manta es no-Yo.

Pero es otro que aparece no es un otro cualquiera, es un Gran Otro, una Madre primitiva y devoradora que es algo que sucede simultáneamente con los aspectos de cuidado y estimulación sensorial (pregenitales). El niño se halla a merced de ese gran Otro y aparece el miedo (el miedo siempre es miedo del otro) y con él las protoemociones, la ira, el dolor, el llanto, la voluptuosidad, los eventos sensoriales de la fase urobórica (hambre, sueño, disgusto o malestar) se transforman en emociones más elaboradas alejadas del magma sensorial en que el niño navegó durante esa primer fase de separación del pleroma material y ascienden hasta el sistema límbico transformándose en emociones mucho más sutiles y mentales.

Una madre que ahora está y ahora desaparece, en un orden de sincronias, simultaneidades y predictibilidad creciente: aparece el tiempo y emerge el binomio confianza/desconfiaza, la certidumbre o la duda de que la madre volverá, la angustia ante el extraño y el reconocimiento en el espejo. Aparece el apego, que es la forma como John Bowlby llamó a ese vinculo entre madre e hijo y que no está exento de erotismo y de destrucción, de pulsiones eróticas y tanáticas. Es lo que Neumann llama el incesto tifónico y hay que recordar ahora que donde hay incesto hay castración, una castración que -vale recordar- no sucede en el plano genital sino en el nivel de definición pregenital y se manifestará por fantasias orales sádicas o anales de destrucción y de expulsión de la madre.

El periodo tifónico abarca ciertos estados orales y las fases anales de la maduración de la teoria psiconalitica y es bueno entender que la libido recorre el cuerpo del niño anudándose a esos ojales que llamamos orificios donde se encuentran precisamente los vórtices de sensorialidad pura que procede de una diferenciación de aquel cuerpo material y pleromático que constituia la fase urobórica. Lo que se erotiza son esos puntos de anudamiento que llamamos orificios, por este orden:

  • Boca y oido. (Comer y oir)
  • Ano y ojos. (Expulsar y ver)
  • Músculos y falo (movimiento y poder, ya en fase del Yo social o fálica segun el psicoanalisis)

El complejo de Edipo debe contemplarse en esta escala de guerra entre pulsiones, unas eróticas de unión y otras tanáticas de destrucción. Lo importante es entender que la destrucción se encuentra plegada – y es consecuencia- de la unión. No hay incesto sin castración. Se trata de arquetipos de opuestos que aparecen hasta en la astrologia de intención jungiana y que están representados por las constelaciones de Aries (separación, piel) y Libra (Unión, genitales) pero tambien en ciertos aspectos de Tauro (reparación, cabeza) y Escorpio (destrucción, recto y ano)

Pronto el niño (o niña) abandonará estos bucles boca-ano y se instalará en los dominios de la identificación-desindentificación, el niño ingresará en el reino de Edipo, pero antes de esto sufrirá otra gran decepción: la aparición del tercero, del padre o del deseo de la madre (un deseo que le excluye)

El niño (y la niña) ya sabe que su cuerpo y el de la madre están separados pero además de eso tiene que integrar a un intruso: en ese idilio hay un rival mucho más fuerte, un gran Otro. El narcicismo del niño sufre aqui una herida de por vida, un narcisismo que saldrá peor parado si la comparación es con el gran Falo del padre.

De la fragmentación del narcisismo aparecerán en estado embrionario tres herederos: El Yo ideal del que aparecerá por diferenciación la autoestima, el Ideal del Yo, precursor de la normativa y los ideales morales y el Superyó que es el aspecto punitivo (culpa) del deseo que no es otra cosa sino el incesto-castración tifónicos y que terminará de completarse en la siguiente etapa.

El niño está ya en condiciones de transitar hasta la próxima parada que le introducirá en el reino de Edipo.

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5 pensamientos en “De Uroboros a Tifón: la caida

  1. Cuando una madre es absorvente y siente al niño de su propiedad y se lo hace saber hasta el punto de dormir con él hasta los 8 años, relegando al padre y haciéndole por tanto su misión de corte-separador, castrador de la madre, el niño no lo tiene fácil para evolucionar y desprenderse de la madre y tiende a ir basculando de la compulsión a ser el falo materno a la de aceptar su castración y acceder a la vida. Las consecuencias son terribles como usted explicó en el caso de Althusser pero supongo que no todo está perdido. Cómo puede ganarle el sujeto la partida a la madre y salir de ese plus de goce? la neurosis instalada en un sujeto adulto remite con psicoanálisis si éste es capaza de atravesar la roca de la castración. Se consigue siempre o eso, depende de las ganas de vivir del sujeto?Es decir el análisis hace del neurótico alguien que se puede manejar con su deseo pero la eficacia del mismo depende del sujeto. Hay un punto de corte definitivo con esa madre fantasmática o durante la vida todos los sujetos más o menos neurotizados pendulamos entre la vida y la muerte pulsional?

    UN SALUDO. Sus artículos son apasionantes.

  2. Pingback: ¿Una doble conciencia? (IV) | Revista Artes y Cosas

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