¿Nos engaña el cerebro?


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Pues parece ser que asi es y no sólo en el falseamiento de los recuerdos sino en algo mucho más grueso como es la percepción y más allá de eso tambien en las creencias.

Pero para entender cómo nos engaña tendremos que darnos una vuelta por las ideas que desarrollaron algunos antes de que las neurociencias exisitieran como tales, me refiero a los pensadores. Heredamos de Kant una concepción del mundo representacionista: significa que nuestro cerebro se representaba la realidad y guardaba copia de ella, albergándola en una especie de disco duro (este concepto tardaria un poco más en aparecer) pero que parecía compatible con el funcionamiento de los ordenadores digitales. Es por eso que los cognitivistas de primera generación aplicaron con cierto éxito la metáfora del ordenador que se ha hecho hasta muy literaria. Habia un lugar donde se guardaban los hechos, un aparato sensible (los sentidos) que lo percibían y otro módulo se ocupaba de recobrar aquellos recuerdos, experiencias o vivencias que se evocaban a veces de forma consciente y voluntaria y otras veces de forma involuntaria.

Hoy ya no pensamos que las cosas sucedan asi. Lo que hoy creemos es que nuestro cerebro no es un simple reservorio pasivo de datos que se limita a tomar prestados de la realidad y lo sabemos porque los cognitivistas más avanzados acabaron por entender que ese modelo de receptáculo pasivo no podia explicar ni los sueños, ni la intuición ni la psicopatología. Hoy sabemos que las cosas funcionan mas o menos así:

  • El cerebro mantiene una actividad intrínseca permanente incluso cuando dormimos (el sueño REM tiene una actividad similar al estado de vigilia).
  • Cuando un estimulo aparece en el horizonte de nuestro mundo sensible sea un estimulo sensorial o un pensamiento nuestro cerebro adelanta una hipótesis acerca de lo que va a percibir, construye una especie de simulacro que proyecta en la realidad y que compara con la experiencia previa (memoria).
  • Entonces la realidad devuelve al cerebro una verificación o bien una desautorización de lo que el cerebro ha percibido o pensado.
  • Después el cerebro corrige la trayectoria de su percepción anterior y plantea una nueva hipótesis que vuelve a confrontarse con la realidad, y asi sucesivamente hasta que hipótesis y realidad llegan a un acuerdo, hoy diriamos que llegan a un punto de coherencia.
  • Y entonces el cerebro dice, “asi es”. Es lo natural porque nuestra corteza cerebral tiene nada menos que seis pisos donde guarda información bien distinta entre sí. Si lo que percibimos es algo visual, una cara por ejemplo, cada una de estas capas está especializada en algo diferente, una capa guarda contornos, otra sombras, otra formas, otra colores y asi hasta llegar a los pisos mas altos que son areas asociativas, es decir areas que comunican los distintos sentidos entre sí, no es de extrañar que ver una cara nos lleve a oir cancioncillas concretas, algo que sucede en los sinestésicos o que inmediatamente las ubiquemos en un lugar, tiempo y que además una cara tenga un sentido especial para nosotros, una especie de resonancia afectiva.

Todos los sentidos, toda la experiencia y todas las sensaciones se encuentran pues entrelazados entre sí en el tálamo, que es la olla a presión donde se cuecen los grandes cocidos de la percepción. Lo importante de esta manera de ver las cosas en este momento es recordar que la realidad no es sólo un estímulo como creían los antiguos sino un modulador de lo percibido. La realidad opera modulando la actividad previa, intrínseca del cerebro, es decir nos obliga mediante eso que se llama “la prueba de la realidad” a corregir los rumbos disparatados, los errores gruesos pero en realidad la última palabra la tiene el cerebro.

Es así como construímos errores perceptivos como cuando miramos el cuadro de Rob Gosalves de arriba, construimos una hipótesis que es la que nuestro cerebro está acostumbrado y espera ver, es más adelante cuando caemos en la cuenta de que en realidad es un truco de la perspectiva y que es imposible ver lo que hemos visto. La repetición del acto de ver-mirar nos rescata de la ilusión óptica y corregimos nuestra percepción al mismo tiempo que caemos en la cuenta de que estábamos equivocados en nuestra primera impresión pero así y todo admiramos ese cuadro que ha puesto en evidencia algo que quizá intuíamos pero no sabíamos.

Pero este post no va de ilusiones visuales -sobre las que ya existen muchas webs dispersas que son verdaderos catálogos de bellisimas imágenes-, sino que pretenderé explicar como se forma una hipótesis y por qué razones algunas hipótesis falsas no pueden falsearse secundariamente y se convierten -precisamente por eso- en percepciones distorsionadas o en alucinaciones.

En este post hablaré del picor, ese curioso sintoma tan habitual que en medicina llamamos prurito y que se alivia, como todo el mundo sabe, rascándose. Claro que el picor que se alivia rascándose es el prurito normal. La estimulación de neuronas sensoriales de la piel -irritaciones, rozaduras, quemaduras leves, etc- por distintas razones que todo el mundo sabe produce prurito, lo que la mayor parte de ustedes no saben es que el rascado, la estimulación enérgica de la zona pruriginosa deviene en un alivio porque ese estimulo (el del rascado) tiene preferencia en la entrada de la médula sobre el otro, el simplemente sensitivo. Se le conoce con el nombre de teoria de la compuerta medular y -aunque sólo es aún una teoria- explica el por qué cuando nos damos un golpe nos frotamos y parece que así obtengamos un alivio reparador e instantáneo.

Pero de lo que voy a hablar no es del picor común, sino de los picores que aquejan a las personas que consultan por prurito y que muchas veces son etiquetadas como histéricas o simplemente con la etiqueta incierta de prurito psicógeno. Que es algo asi como no decir nada y suponer que detrás de todo hay un conflicto psicológico que impulsa a los individuos a rascarse por gusto y/o a provocarse verdaderas lesiones dérmicas: las neurodermatitis facticias les llaman los dermatólogos.

Es ya el momento de decir que el cerebro no percibe picores sino señales de otra cosa -un ataque a la piel- que la mente identifica como picor. Esa otra cosa que el cerebro percibe es una señal de parasitación. Lo que para el cerebro es “parasitos a la vista” para la mente es picor, un hecho psíquico que anida en la conciencia y que tiñe y destiñe a la intencionalidad cerebral de poner en marcha o inhibir un programa filogenético destinado a mitigar los daños. Un programa que para entendernos llamaremos necrosis-inflamación de la piel.

Para el cerebro sólo hay un peligro para la piel y es aquel que procede de los parásitos, de los insectos, de las mordeduras de los animales o del contacto con plantas ponzoñosas. No es de extrañar, al fin y al cabo nuestra especie -y nuestras precursoras- estuvieron durante millones de años conviviendo con pulgas, piojos, serpientes, ratas, avispas, mosquitos, etc, sin contar con las enfermedades transmisibles a partir de esta convivencia. Para el cerebro-piel cualquier ataque es siempre sarna-like. Lo que nosotros llamamos picor es en realidad un sofisticación de aquel temor-aprensión primigenio con el que nuestro cerebro coevolucionó.

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Pero a veces nuestro cerebro pone en marcha o enciende ese mismo programa antes de que se produzca la lesión o picadura, simplemente se equivoca al evaluar las posibilidades y entonces sobreviene el prurito, con o sin habón, con o sin picadura. Algunas personas tienen la extraña habilidad -segun ellas- de convocar a su piel a todos los mosquitos e insectos del mundo, incluso hay personas que creen que en su piel hay una especie de química atractora de estos animales. Lo cierto es que los mosquitos pican a todo el mundo por igual.

¿Pero si los mosquitos pican  a todo el mundo por igual por qué algunas personas exhiben mas picaduras y más pruriginosas que otros?

Todo parece suceder asi:

  • Algunas personas tienen una aprensión especial a las picaduras de insectos, es decir su mente-cerebro construye constantemente hipótesis acerca de posibilidades de picaduras.
  • En contacto con determinados insectos (y en la época apropiada) la realidad ambiental concuerda con la hipótesis original dado que lo lógico es que alguno de esos insectos nos pique.
  • Las picaduras reales aumentan el nivel de temor multiplicando las hipótesis acerca de picaduras.
  • El cerebro activa los mecanismos de picadura aun en ausencia de ellas en prevención de riesgos.
  • El individuo se llena de picaduras y lesiones dérmicas que se agravan con el rascado.

Y el individuo termina en la farmacia.

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Lo realmente curioso de este tipo de personas fóbicas o aprensivas a las picaduras es que su piel reacciona inespecificamente a cualquier ataque, pueden ser insectos o tóxicos quimicos, pomadas o maquillajes, cualquier cosa que tome contacto con su piel termina en una lesión inespecifica pues su cerebro la va a identificar como un ataque entomológico. Estas personas suelen padecen eccemas de contacto y eccemas seborreicos, dicen que tienen la piel muy sensible -atópica- pero lo cierto es que son sus alarmas cerebrales las que están mal graduadas y saltan o se encienden anticipadamente.

Pero el cerebro no opera de forma autónoma, el cerebro no puede ser fóbico sino el individuo en sí. Es el individuo el que teme a los insectos no el cerebro que sólo pone en marcha un programa ancestral para defenderse de lo que entiende puede estar sucediendo en la piel, pues esa es la función del cerebro: anticipar riesgos.

La mente es un intangible racional que emerge del cerebro pero no es el cerebro, su concurso se hace necesario para entender cómo entienden las cosas la razón y la sinrazón: la mente nota picor y el cerebro pone en marcha las alertas para concentrar las lesiones de un supuesto ataque parasitario. Es necesario ponerlos de acuerdo, ponerlos a trabajar sinérgicamente, hacer que resuenen en la misma onda, que sean coherentes entre si.

Pues es la mente -la interfase entre la realidad y el cerebro- la unica puerta de entrada que tenemos para modular esta respuesta. En en ella donde se ponen de manifiesto los errores de apreciación y la correción de trayectorias necesarias para transformar un síntoma y para disolverlo.

El principal enemigo de esta falta de corrección son las ideas irracionales, los errores y creencias absurdos que se esconden en este tipo de eventos que muchas personas creen sin critica:

  • Todos los bichos vienen a mi.
  • Mi piel tiene algo que les atrae.
  • Tengo un sindrome de toxicidad quimica múltiple.
  • El medio ambiente está lleno de toxinas que los mosquitos me trasmiten.
  • Soy alérgico a los mosquitos.
  • Mi sudor tiene algo especial, etc.

Y lo primero es por cierto desarticular todas y cada una de las creencias que sostienen este bucle de parasitación con el que trabaja nuestro cerebro. Pero no sólo se trata de deshacer las creencias erróneas sino tambien los nudos que las creencias construyen para dar al sujeto seguridad acerca de sus reacciones dérmicas pues siempre será mejor creer en las ferormonas misteriosas que atraen insectos que en alarmas ancestrales cerebrales que en cualquier caso suenan demasiado a psicólogos o psiquiatras con el correspondiente estigma:

-¿Entonces me pican por qué quiero?

Se trata de una tarea complicada por una razón fundamental: las creencias que construimos arrastran una experiencia empírica larga e intensa preñada de “pruebas subjetivas”, algo pues dificil de desmontar puesto que nuestras propias creencias se construyeron de un modo similar al de nuestros temores, una creencia nace como una hipótesis, como un pensamiento, una ocurrencia o una intuición que al ponerse en contacto con la realidad se coagula rapidamente puesto que no está sometida al imperio del principio de realidad: si yo pensé un buen dia que los mosquitos me picaban porque mi piel tiene un ph especial, esta ocurrencia no pasa por la prueba de la realidad, simplemente se enquista y poco a poco va ganando terreno cognitivo -puesto que cada vez mi piel será mas sensible a las picaduras-, hasta que se se coagula o enrosca en una evidencia que llamamos certeza. Y como todo el mundo sabe las certezas son muy dificiles de remover.

Dicho de otra manera la creencia y el temor forman parte del mismo bloque cognitivo-emocional, en la creencia está implicito el habón o la vesicula con o sin parásito, con o sin picadura. No es posible deshacer el nudo sin soltar la abrazadera tal y como dicen que hizo Alejandro con su nudo gordiano.

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Y a veces sucede una nueva vuelta de tuerca: ya no es suficiente con creer que se está siendo parasitado es necesario delirar. Eso es lo que les sucede a algunos enfermos afectos de un delirio dermatozoico, un sindrome delirante descrito por un psiquiatra alemán llamado Ekbom allá por 1938 y que consiste en que el paciente se siente infestado por dermatozoos, pero a diferencia de sus congéneres que sólo desarrollan habones ellos lo que hacen es sentir el picor y perseguir a los bichos a los que ven realmente, es decir alucinan con los insectos o parásitos viviendo en un continuo estado de agitación.

En este caso podemos observar como la realidad es del todo insuficiente para corregir o modular la actividad intrinseca del cerebro que ha tomado el mando sin que las evidencias, ni los familiares, ni las demostraciones prácticas logren sacar al paciente de su error cognitivo-perceptivo.

Es evidente que el cerebro nos engaña y que la máxima sofisticación de sus engaños es cuando nos obliga a construir creencias que a la larga se convierten en certezas, algunas veces delirantes y casi siempre erróneas.

Y cuando se está en la verdad de la certeza se impone un borramiento de la realidad que no concuerda con ella. Los bichos están ahi, no sólo su prueba indirecta: los habones, sino ellos en una anatomía perfectamente definible que puede ser descrita con la precisión de un entomólogo. Si el cerebro tiende al sobresalto y al engaño, la mente tiende al autoengaño pues es el individuo entero quien participa de esta distorsión alucinatoria de la realidad.

Lo que señala que la barrera mental es la ultima barricada de defensa que se interpone entre el cerebro y la realidad y muy probablemente es a base de creer las mentiras del cerebro que algunas personas llegan a proyectar en la realidad sus temores arcaicos, esta vez sin los filtros (defensas) mentales comunes. El complejo de parasitación inundó todo el campo biocognitivo y se transformó en delirio.

Y las cosas vuelven a encajar, realidad y cerebro se confabularon para enfermar a la mente.

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17 pensamientos en “¿Nos engaña el cerebro?

  1. Tu comentario no es nada banal porque me estoy dando cuenta de que el picor se puede sugerir, es algo muy fácil de sugerir quiero decir y que no he hablado de como la sugestión agrava o alivia el picor.

  2. Te recomiendo leer los libros de Dan Aielli, tambien tiene 2 charlas muy buenas en ted. Entre otras cosas el hombres explica como es nuestro mecanismo para tomar decisiones, y porque este nos engania. Mira aunque sea las charlas y cuentame que te parecio. Ah muy bueno el post felicitaciones.

  3. Hola Paco!
    Muy bueno el post…que pasa en el psicótico?
    Tengo un paciente que no reconoce sus miembros como suyos, acompañado de un terror a verse el interior del cuerpo. Se te ocurre algo desde la visión homeopática?
    Un abrazo y gracias.

  4. ¿No reconoce qué miembros? ¿Derechos o izquierdos? ¿Superiores e inferiores? Un desconocimiento de los cuatro miembros simplemente me parece tan raro que no me lo creeria. ¿Que significa reconocer? ¿Quieres decir que los siente como ajenos, extraños o insertados?
    ¿Que significa verse el interior del cuerpo? ¿Como podria hacer eso?

  5. Son los miembros superiores, con una sensación de extrañeza…
    Piensa que si se llegara a ver el interior le daría mucho terror, al igual que el de otros cuerpos, a veces no sale a la calle pensando en esto y se siente protegido, aunque no siempre….lo atribuye a un estado de stress crónico y luego de una ingestión de ayahuasca en Perú, hace 5 años, ha quedado con delirios y alucinaciones…no tolera ruidos de motores

  6. Es verdad, de lo más extraño. Pensar que fue diagnosticado como portador de ataques de panico…Si se te ocurre algo, agradecido!

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