La espiral del conocer


La ignorancia absoluta -como la idea de la nada- es imposible y lo es porque el ignorante construye prejuicios que le permitirán si bien no un saber preciso acerca del mundo si un suponer las leyes que rigen el mismo, una orientación o guía. El prejuicio suele presentarse como un saber pero es un desconocer que muchas veces aparece disfrazado de opinión, así es como se presentan los prejuicios de las personas actuales como opiniones de aspectos de materias que desconocen, sólo las opiniones expertas tienen el verdadero valor de opiniones y tendrán mayor verosimilitud en tanto en cuanto el que las emite sabe que son provisionales. De manera que es la ignorancia la que penetra el prejuicio y es el prejuicio la materia prima que nos encontramos cuando no sabemos, la opinión es mudable y abierta y está forzada por la duda que plantea siempre nuevos dilemas.
Después de la ignorancia viene la duda, una forma de saber provisional y en cierto modo incómoda sufriendo casi siempre los tironeos de un saber que se le opone o de una verdad que se encuentra oculta, se trata de una vacilación, un arma que tiene dos filos, por una parte mantiene abierto el sentido de búsqueda y por otra parte resulta un estado por si mismo angustioso, puesto que la duda sólo puede calmarse a través de dos maneras: la creencia o el hecho (incluyendo a esos hechos que llamamos compulsiones). Aquello que no puede someterse a las leyes de la verificación acaba convirtiéndose en una creencia, mientras que aquello que puede verificarse o demostrarse es un hecho o una acción en la realidad. Así toda creencia está presidida por un desconocimiento angustioso que hace que se abrace como un alivio. La creencia siempre es un alivio a la duda y un atajo para el conocimiento que supone aquello que ya se conoce y por tanto no merece la pena ser creído, por ejemplo la redondez de la tierra es un hecho, un conocimiento, sin embargo en la época de Galileo era un prejuicio (para la Iglesia) una creencia indemostrada para Galileo que tubo de refugiarse en la duda para salvar la vida, y sólo fue un hecho cuando los primeros navegantes consiguieron dar la vuelta al globo, asi y todo se trata de un hecho que no es una percepción sensible de los humanos, lo lógico es que creamos, aun hoy, que sintamos que la tierra es plana, a veces los hechos no son experiencias inmediatas del mundo de lo sensible sino demostraciones alejadas de nuestro mundo sensible.
En el momento en que una creencia es un hecho de conocimiento –un hecho- deja de ser una creencia y se convierte en un fenómeno neutro desde el punto de vista mental: simplemente está ahí sin plantear demandas de trabajo adicional por parte del individuo hasta que se vuelve a cuestionar cosa que sucede inevitablemente con casi todos los hechos de conocimiento.
La creencia es además reversible, a veces se está y a veces no se está en ella, ahora se está fuera y ahora dentro, la creencia es mudable. La creencia no está todo el tiempo disponible por innecesaria, así cuando yo estoy comiendo no necesito creer en Dios, la creencia en Dios o en cualquier otra forma trascendente no está operativa cuando conduzco mi automóvil pero si cuando aparecen en el horizonte sucesos que la confrontan o evocan la eternidad, por ejemplo la muerte. La creencia no exige el gasto de energía de la duda, sino que deja las cosas como están y supone un ahorro y cortocircuito importante de gastos de energía superfluos al proponer guías para la vida y asideros para el conocimiento, estableciendo al mismo tiempo niveles de jerarquización entre sus nudos.

El problema de las creencias es que exigen una fe ciega (creer sin ver) y casi siempre proselitismo, si al mismo tiempo están demasiado penetradas por la duda, – por la búsqueda de una creencia mejor o una verdad absoluta- es evidente que cuantas más personas compartan mis creencias más seguro me sentiré al sostenerlas, por el contrario cuanto más sólo me encuentre con mi creencia menor soporte tendré para las dudas y la creencia perderá su valor de refugio contra la duda y dejará de soportar las ventajas cognitivas –atajos- para el que las sostiene. Por no hablar del problema añadido que tiene para una creencia convivir con aquella otra que es su opuesta.
Con independencia de que las creencias sean irracionales (todas lo son, pues de lo contrario serían hechos y no precisarían creerse) las creencias son muy útiles para los humanos tanto en el nivel de ahorro de energía como en el encuentro de soluciones. Si yo creo en “el mal de ojo” no sólo tengo una interpretación para todas y cada una de las calamidades, desgracias, accidentes o enfermedades que acaecen en mi entorno -puesto que todo sufrimiento puede ser categorizado- sino que tengo además un potente instrumento para deshacer “los entuertos” que personas que “me quieren mal” me han enviado: a través de la magia o de algún ritual puedo deshacer las consecuencias de aquellos hechizos y si alguna vez no lo consigo será –sin ninguna duda- porque el hechizo es más potente que los medios que he dispuesto para neutralizarlos. De esta manera el sistema de la creencia –en este caso de una creencia supersticiosa- se alimenta a sí mismo y no admite contradicción pero el supersticioso se encuentra constantemente sometido a la duda, ¿habrá o no habrá entuerto? O ¿será suficiente o no con este ritual? En ningún caso se pone al sistema mismo – la creencia- en cuarentena sino al instrumento mágico que en teoría debería neutralizar el efecto del hechizo, la duda en la creencia no está en la creencia misma sino en su substanciación.
La diferencia entre creencia y certeza es que aunque en ambas el sistema se alimenta a sí mismo con sus propios axiomas, existe una grieta en la creencia de tal modo que la creencia lleva aparejada una consecuencia fáctica que puede contradecir al sistema mismo. Esta consecuencia fáctica es el argumento que pone en serios aprietos lógicos a la creencia misma, ¿Si Dios existe por qué permite el mal en el mundo? Este es un argumento de mucho peso que siempre se opone a la creencia divina para señalar la inexistencia de Dios y que a los propios creyentes les lleva con frecuencia a no saber qué decir. Dicho de otra forma: el creyente es consciente de la debilidad de su creencia pero prefiere seguir en ella.

Después de la creencia el siguiente paso es la certeza. Aunque muchas veces tendemos a confundir creencia y certeza se trata de dos fenómenos bien distintos. La certeza supone un nivel de conocimiento cualitativamente distinto y que está presidido por el rigor y la inmutabilidad, es insensible a la argumentación, al contraste y no se deja poseer por la duda, de la certeza no se sale espontáneamente, la certeza es propia de los psicóticos y más concretamente de los delirios paranoicos o de algunos fanatismos. El destino de esa certidumbre es la soledad, pues el delirio individual es algo que nadie podrá compartir y que sitúa al individuo en un nivel de conocimiento distinto al resto de los humanos cuyas creencias son continuamente permutadas por otras cuando se muestran ineficaces, hasta en las creencias religiosas en sentido estricto cabe esperar este revisionismo, no existe una única certeza que incluya a todos los practicantes de una misma religión, la certeza es el embrión de la discordia en cualquier creencia.
De la creencia puede salirse uno, escapando hacia otra, pero de la certeza no puede escaparse si no es perdiendo el delirio que es de alguna forma la plomada que asegura al psicótico un escape de su angustia de fragmentación prehumana, Dicho de otra forma las certezas son casi siempre patológicas o bien proceden de una experiencia fuera de lo común.
La certeza construye como la creencia sus propios axiomas, es decir algo que no precisa de demostración y que usualmente aparece en forma de apofanía, de inspiración o revelación delirante, supone una catástrofe en la personalidad, una discontinuidad con lo que fue mientras que la creencia es instrumental y aun irracional forma parte de las expectativas usualmente compartidas por una cultura, una sociedad y un tiempo concreto
Después de una apofanía – sin embargo- el individuo ya no es el mismo, se ha metamorfoseado y por tanto el delirio carece de cura, puesto que una enfermedad mental solo puede curarse cuando se está operando sobre una narrativa, sobre una biografía con un Yo que opera de observador neutral, de un Yo sin discontinuidad, sin bifurcaciones radicales. El individuo que ha llegado a la certeza del axioma ya no es el mismo individuo que dudaba, que coleccionaba indicios o que recogía una a una las claves interpretativas de su invención. Encontrado el axioma el individuo ya encontró su bifurcación y ya no es su Yo, sino su otro quien comanda su vida, ha cambiado definitivamente.
Ese otro del que todos nosotros tenemos noticia puede entenderse como ese que no no contiene la esencia de nuestro Yo sino las sucesivas capas de barniz que ha ido adjuntando día tras día y que ha dado lugar también a ciertas irrealidades acerca de la identidad. El otro, ese con el que mantenemos conversaciones a veces trascendentes no es el Yo esencial sino sus disfraces sociales o los autoengaños del deseo.

Ahora bien las certezas no siempre tienen lugar en el cerebro individual sino que muchas veces se encuentran insertadas en grupúsculos fanatizados insertados en la cultura. Los individuos que abrazan estos axiomas delirantes casi nunca son psicóticos sino creyentes. Determinados grupos terroristas que tienen como fondo reivindicaciones religiosas, políticas, nacionalistas o de cualquier otra índole siempre tienen una característica común: se trata de grupos que no sólo creen estar en posesión de la verdad sino que combaten activamente a todos sus opositores, difunden una explicación agraviada que con el tiempo llega a ser querulante y que tiene como objetivo señalar al otro como causa de todos los males y de identificar a su oponente con la corrupción, la maldad y la inhumanidad, a cambio les combaten con sus propias armas, usualmente con el crimen para el que se sienten absolutamente legitimados. Comparten así una de las características de la paranoia individual: el malvado siempre es el otro proporcionalmente a la inocencia que siempre está en uno. Casi todos los paranoicos que han identificado a su agresor y que han recuperado parte de sus condiciones mentales anteriores me han dicho que la enfermedad les dotaba de un convencimiento y de una fuerza extraordinarias, “creía que tenia toda la razón, todo el derecho” suelen decir. Otras veces el crimen por si mismo mejora el delirio, del mismo modo que el cáncer mejora la neurosis.

¿Cómo es posible que este tipo de grupos no tengan psicóticos entre sus miembros? Y ¿si no son psicóticos qué son?

La respuesta es ésta: en tanto que la paranoia está fuera de ellos, es decir pertenece a la ideología que sostiene el grupo permite al individuo alejarse de su propio delirio o sufrimiento individual. Ninguna ideología política o terrorista podría abastecerse de psicóticos en tanto que el psicótico sólo puede dar sentido a su experiencia a través de un delirio individualizado mientras que a la ideología paranoica lo que le interesa es la homogeneización del delirio, que todos sus miembros deliren de forma sinérgica con la ideología dominante sin desviarse un ápice de la ortodoxia. Esto significa dos cosas: que el delirio puede modelarse y que la externalización del delirio en la organización tiene efectos de normalización psíquica en los adeptos que abrazan una determinada ideología.
Ahora bien el acólito tiene que dar pruebas de que está en lo cierto, por eso los acusados de crímenes terroristas suelen aparecer como desafiantes en sus juicios y como irreductibles, sin muestra alguna de arrepentimiento pero se trata de una simple estrategia de propaganda dirigida más bien a sus cúpulas dominantes. Hasta los criminales terroristas más conocidos dudan y algunos de ellos se suicidan movidos por sentimientos de culpa, la misión de la organización es mantener “alta la moral”, es decir seguir atosigando a sus miembros encarcelados de manera que no duden y cambien de ideología (se arrepientan) llegando si es necesario a la continua extorsión o amedrantamiento ofreciéndoles nuevos materiales para el delirio colectivo. Para una organización paranoica sus presos son muy importantes y de alguna forma su talón de Aquiles pues el tiempo debilita las certezas colectivas y los individuos se agotan hasta de su propia maldad.
No solamente los terroristas sino las personas comunes abrazamos muchas creencias y no pocas ideologías sobre todo de aquello que resulta incognoscible: la religión como vínculo que nos une con lo desconocido y la política como instrumento de normalización de la vida colectiva son dos de los campos en los que suelen moverse la mayor parte de las creencias, de nosotros las personas comunes y de ellos los terroristas.
Lo que diferencia a unos de otros es el exotismo de la posición que se tome. Ninguna persona joven, activa, agresiva y con un fondo de búsqueda de acción y notoriedad podría compartir las pequeñas creencias que sostenemos las personas comunes, no les llenarían en absoluto, ellos precisan una ideología total, una creencia total que de forma y contenido a todas y cada una de sus necesidades y que unas veces se ha llamado totalitarismo y otras veces integrismo: se trata de dos fenómenos parecidos que cumplen una única función: la de proteger al individuo de sí mismo, satisfacer su necesidad de obediencia y de integración en un grupo y liberarlo de sus pulsiones hostiles a través del otro malvado.
Sin embargo las personas comunes ya sabemos que no existen creencias de esta índole: que den una respuesta a todas y cada una de nuestras necesidades salvo en las antípodas de la razón, así y todo mantenemos ciertas creencias más por sentido estético y lealtad biográfica que de orden reflexivo. Es de hacer notar que los hechos de conocimiento objetivo solo suceden en la ciencia mientras que la mayor parte de los problemas humanos no se dirimen en un laboratorio sino a través de la intersubjetividad, es decir la mayor parte de los problemas humanos, los que tenemos con otras personas no pueden jamás convertirse en hechos de conocimiento objetivo y se mantienen durante toda un vida en forma de ignorancia del otro, prejuicios o dudas, repliegues de la subjetividad. Mi antipatía por este o aquel personaje es eterna en tanto en cuanto no podrá demostrarse jamás de forma científica, objetiva, quién tenia razón, se tratará siempre de un conocer aproximado, de una creencia irracional revestida y camuflada con datos parciales de la realidad, pero que en ningún caso señalará un culpable o un inocente. Sabemos que en esa clase de antipatías no hay nunca un único culpable, los conflictos intersubjetivos humanos discurren en una atmósfera de impredictibilidad y de indeterminación y usualmente de circularidad.
Se trata en cualquier caso de un conocimiento muy importante y al que no tienen acceso todos los humanos, supone el darse cuenta de la relatividad de los sucesos y de que el prejuicio forma parte necesaria del conocimiento y que se encuentra tan lejos o tan cerca de la verdad como cualquier certeza. La mayor parte de los seres humanos cuando tienen un conflicto no dudan jamás, se aferran a un convencimiento de haber sido víctimas de una ofensa y rompen la relación con el interlocutor, pero en este caso no hay paranoia sino orgullo. Es precisamente el orgullo el que hace de dique a la duda. Determinados rasgos como el orgullo o la desconfianza son verdaderas vigas maestras de la personalidad y operan de forma bastante parecida a los que sucede en la paranoia, pero el orgulloso no delira simplemente sobrevalora un evento que usualmente acaeció.

Una idea sobrevalorada no es una idea delirante pero ambas cumplen una misma función estructural para el psiquismo humano: dar sentido a la realidad subjetiva, o una máxima relevancia contextual. No hay la misma certeza en la primera que en la segunda, en la idea sobrevalorada sólo hay orgullo o lo que es lo mismo la idea sobrevalorada mantiene operativo el orgullo pero el individuo duda en su fuero interno aunque puede librarse de la duda si no es confrontado de nuevo con la misma realidad, la solución no se hace esperar: la ruptura del vínculo es la mejor solución, algo que muchas veces sucede lejos de la conciencia, simplemente evitamos o nos alejamos de aquellos que hacen tambalear nuestro orgullo sin alcanzar ningún conocimiento sobre él y condenándonos a repetir la misma experiencia con otros, estamos en el campo de las neurosis y la repetición.

El eterno retorno de lo idéntico.

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Un pensamiento en “La espiral del conocer

  1. “en tanto en cuanto el que las emite sabe que son provisionales.” Ojalá algunos supieran esto y además lo aplicaran… Claro que con esa ilustradora espiral que nos pone usted de magnífico ejemplo, uno se dice “Platón 1-Aristóteles 0” por aquello de los sentidos, y ya no sabe si creer o estar por la certeza de lo que ve hasta que uno resigue una línea con el lápiz y se le produce un cortocircuito en la glía que hay que ver. ¿Será así en todo? hace usted preguntarse al mundo leyéndole. Qué lindo.
    Como dice Krishnamurti, esas convicciones-certezas-creencias son la evidencia de que un fragmento de la mente se acuartela e intenta imponerse al resto de eso que también somos yo, y al parecer se acuartela tomando las creencias y certezas por escudo sin caer en la cuenta de que no es uno contra el mundo, sino uno contra otro trozo de uno mismo.
    Qué lindo también eso del autoengaño del deseo… Aplausos, Monsieur.

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