Un saber sobre la ignorancia


La ignorancia es muy atrevida

Dicho popular

En realidad la ignorancia es muy miedosa y por eso se comporta con temeridad, una forma de compensar una minusvalía. La ignorancia aparece como atrevida para disimularse a sí misma y aparecer como una plenitud en menoscabo de la verdad.

Los médicos la llamamos de muchas formas atendiendo siempre a esa cualidad de déficit que se intuye a veces en su emoción correlativa, la desesperación. La llamamos con una curiosa denominación: la nula o escasa conciencia de enfermedad, otros consideran que el enfermo aun no ha llegado a saber que está enfermo y que se encuentra en una especie de limbo o fase precontemplativa, pero ¿es posible estar enfermo y no saberlo?

Los que hayan leido el post anterior ya habrán comprendido que la “enfermedad mental” no es equiparable a la enfermedad fisica. Dificilmente un enfermo fisico puede ignorar su enfermedad a no ser que concurran patrones de ignorancia mentales. Es cierto, lo que caracteriza la enfermedad fisica es la “infirmitas“, la falta de firmeza, es por ello que el enfermo se sabe enfermo y acude al médico en busca de ayuda. Es su incapacidad, su dolor o la disfunción de algun órgano lo que le lleva directamente al Hospital. Sin embargo esto no suele suceder asi con los enfermos mentales, ¿por qué?

Pues porque los enfermos mentales lo ignoran todo sobre su propio malestar, no saben que beben demasiado o que deliran o que están inanes, o que han quedado a merced de un impulso intolerable. Los enfermos mentales son por definición ignorantes: ostentan un bizarro saber sobre si mismos o el mundo que se encuentra anclado en una ignorancia activa, acaparadora de recursos.

Naturalmente no me refiero a ese tipo de ignorancia que tiene que ver con la escasa instrucción o con esa especie de analfabetismo de quien nunca ha leido un libro o ha reflexionado sobre el mundo en el que vive , la ignorancia del enfermo mental no es sólo un no-saber sino que -más allá de eso- es un saber extraviado que se apoya sobre la base de sus propios prejuicios y la defensa numantina de su posición de salida que añade a la torpeza una cualidad de resistencia patética contra corriente.

Y es aqui donde la ignorancia exhibe precisamente su atrevimiento delatando su cualidad alienada, pues todo saber es por definición provisional y sometido a los vaivenes de los aprendizajes eternos a los que el hombre -Sisifo de la cultura- está condenado de por vida.

La ignorancia a la que me refiero es una pulsión antiepistemofílica tal y como la llamó Wilfred Bion, es decir no se trata de algo pasivo, de una renuncia o de un déficit innato sino de un posicionamiento tanático sobre el saber del otro. Un saber que siempre se vive con recelo y con temor pues lo que el paciente quiere en realidad es desconocer -una posición activa de no-saber- lo que conoce de sí mismo en algun otro lugar. El saber-del-otro es siempre un saber amenazante en tanto puede acudir a desvelar lo que el sujeto sospecha en algun oscuro lugar de su lucidez inconsciente, ese lugar donde todo se sabe. El paciente no quiere saber y es por eso que ignora la totalidad en esa forma de “negación de enfermedad” tan curiosa para lo que nos dedicamos a tratar enfermos mentales.

Curiosa y fascinante habilidad para ignorar aquello que los demás ven porque lo saben de otra manera. Aunque para entender bien la cualidad de esta ignorancia deberiamos antes de nada saber dos cosas sobre como discurre el proceso primario, es decir cómo sabe nuestro inconsciente y como guarda ese saber en su memoria.

Todo lo que sabemos inconscientemente, es decir todo lo que sabemos sin necesidad de estar todo el tiempo “sabiéndolo”en la conciencia y sometido a la critica racional de nuestro cerebro reciente (el frontal), se encuentra guardado en forma de patrones de acción fija (PAF), en nuestro cerebro subcortical, en lo que llamamos memoria procedimental y memoria declarativa tal y como apareció en este post. Nótese que el término PAF presupone un movimiento, una acción, un hacer algo, un saber sobre la conducta.

Sin embargo todo lo que allí se guarda no se encuentra archivado en cajones bien etiquetados sino sometido a ciertas leyes de ese archivo general que hemos llamado cerebro subcortical. Estas leyes son:

  • Ley de atemporalidad
  • Ley de no-contradicción

En el inconsciente ni existe el tiempo ni funciona el Sr Hegel, eso solamente sucede en nuestro cerebro racional, alli -en ese oscuro lugar que en otro lado he llamado infierno– nuestros deseos siempre se cumplen siguiendo el principio del placer y son además atemporales es decir siempre se encuentran renacidos como de sus propias cenizas como bien señala el mito del Ave Fenix, activos podriamos decir aunque muy alejados de la conciencia donde tienden a descargarse en forma de cognición o emoción, sueño o conducta.

Deben seguir -hasta llegar a la conciencia- un camino de transformación, un camino donde el deseo se encuentra legislado y sometido a controles remotos, sociales y personales. En esa transformación los deseos llegan a hacerse irreconocibles, hasta establecerse como fenotipo, en este caso estamos hablando de la ignorancia.

En términos simples significa que un deseo de venganza histórico inscrito en ese lugar permanecería activo durante toda la vida del individuo pues se guardó tal cual era, como un patrón de defensa (huida o lucha) y por tanto de gran interés para la supervivencia. Y es aqui donde podemos encontrar precisamente las raices de la ignorancia, ese deseo de no saber. Lo que el paciente no quiere saber es el enlace que existe entre aquel deseo de venganza remoto y su situación actual, algo que de alguna manera le remueve aquel saber insoportable sobre la venganza.

Ahora bien ¿Qué tiene que ver la ignorancia con el deseo de venganza?¿Por qué aquel deseo de venganza precisa ignorarse en todo el trayecto de subida hasta la conciencia?

Porque el sujeto seguramente no ha sabido hacer otra cosa para transformarlo. Carente de capacidad de sublimación o de formaciones reactivas suficientes o de fortaleza para la represión el sujeto optó en un determinado momento por denegar ciertos saberes que por otra parte intuye en sí mismo.

Y más que intuirse a veces se ostentan en esa forma patológica de rasgo de la personalidad que llamamos perfeccionismo, una solución que a veces puede resultar incluso adaptativa en un mundo donde los altos rendimientos son bien valorados, pero que tiene la desventaja de que impide aprender, impide rectificar e impide saber sobre la propia ignorancia. En un cierto grado el perfeccionismo aunque agotador para el individuo puede ser deseable desde el punto de vista social.

Sin embargo el perfeccionismo patologico es un perfeccionismo que lejos de la excelencia invoca la pusilanimidad, la procrastinación y la destructividad. Pues el perfeccionismo solo puede subsistir mediante la abolición de cualquier deseo, exceptuando el deseo de si mismo, el deseo de perfección, y lo hace mediante el embalsamamiento del deseo propio o del otro, cercana a la estrategia del melancólico el obsesivo en este caso se diferencia de aquel en que el obsesivo teme llevar a cabo su venganza mientras que el melancólico es ya reo de la misma, como si la sentencia se hubiera llevado a cabo.

Es en este sentido que la ignorancia es un temor en un lugar y un atrevimiento, una osadia en otro, lo que hace que los perfeccionistas aparezcan a ojos de los demás como personas cargantes y autosuficientes soberbios, y que al mismo tiempo se delanten como ignorantes casi analfabetos a la hora de lidiar con emociones simples y banales. Es ese instalarse en la rutina la mejor forma de alejar la sorpresa y de exorcizar la novedad, verdaderos demonios de la perfección, pues es lo nuevo precisamente lo que puede poner en jaque a la ignorancia siempre atenta de que nada nuevo amenace ese saber del otro lado.

“Mis certezas proceden de mi ignorancia”. O “es tan dificil decir la verdad como ocultarla”, o “El primer paso de la ignorancia es la presunción de saber”, pertenecen a Gracian, que en su “Arte de la prudencia” nos brindó las recetas para sobrevivir en el mundo público. Ignorar y saber deben hallar su justa proporción.

Baltasar Gracian

Lo que viene a señalar de que la certeza es un constructo de que procede la ignorancia y que la ignorancia es un saber activo sobre la verdad que pretende desconocerse.

Mas proverbios sobre la ignorancia

14 pensamientos en “Un saber sobre la ignorancia

  1. A tus fans y a mí ya no nos quedan casi palabras para tanta prolífica inspiración que tiene la mágica e infrecuente virtud de inspirar a su vez. Tu neuropoesía se sale a veces de esas casillas de la literalidad pues alquimista eres de las palabras (y zahorí de la verdad).
    Me llevo a dormir la idea-fuerza de que ni el perfeccionismo es el único efecto visible del no-querer-saber, ni ese no-querer-saber es la causa única del perfeccionismo, una maraña en fín de causalidades ascendiente-descendientes que se coagula en tanta poesía hecha sapiencia -o a la inversa-, un torbellino tan vertiginoso de subidas y bajadas que hasta la misma ciencia casi pierde el equilibrio.
    Si me lo permites me quedo, más que con el perfeccionismo, con ese no-querer-saber de Susana y de tantos otros, esas gafas o cristal que cambian el color de lo que se mira, que cuando son de corte racional se llaman autoengaño y cuando no lo es apaga y vámonos.
    Qué lindo lo explicas todo, ché, es increible, increible…

  2. Súmese el mío. Sobre las certezas versus creencia, si no lo he soñado, también tienes por ahí algo escrito que es una joya, pero estás tan prolífico últimamente que pronto habremos de hacer obras de ampliación en la biblioteca-archivo del club de fans!
    Este tema me parece laberíntico, si no infinito al menos da para muchas elucubraciones, pero la Zacco tiene razón, nadie sino tú podría explicar con ese toque magistral eso que el refranero dice así “no hay más sordo que el que no quiere oir”.

  3. Pingback: Hiperpadres « La nodriza de las hadas y el rey carmesí

  4. No sean insolentes, che, què es eso de andar imitando còmo hablan los compañeros . . . sì, me cautiva tanto que me estoy volviendo adicta a este blog.
    Si la ignorancia acerca de la propia enfermedad ocurre en quienes no cuentan con sublimaciòn ni formaciones reactivas suficientes, es decir que se han alejado poco del proceso primario, ¿porquè el paciente histèrico, que se alejado tanto, tambièn ignora? Aunque me hagàis burla, io lez quiero igual.

  5. Es muy interesante este blog, Paco. Lo sigo de algún tiempo, y hasta ahora no me decidía a comentar.

    Tengo diagnótico de bipolaridad (bah, últimamente trastornos del estado del ánimo). Desde hace muchos años (más exactamente: desde 1993, cuando tuve por primera vez un brote) le vengo buscando la vuelta a eso de lo que hablás vos, y que ahora se me ocurre pensar como autoconocimiento: aprender a ver síntomas de que algo ha empezado a ir mal, avisar, esperar.

    Gracias por ocuparte del tema, y por tener una escritura tan didáctica.

    Saludos.

  6. En mi opinion un perfeccionista es una persona que atiende a que de toda una multitud de acontecimientos posibles solo acontezcan un conjunto reducido de sucesos muy relacionados entre ellos, es decir con muy poca variabilidad entre ellos o ninguna. Una persona normal tambien atiende a que de toda una multitud de posibilidades solo acontezcan un conjunto de sucesos, pero puede tolerar una mayor variabilidad. Se suele ser mas perfeccionistas en aquellas cosas mas importantes, donde el control y la certidumbre mas interese.

  7. Aclaración para M. Inés:
    me he exprimido ambos hemisferios y, si lo de la imitación lo dices por el “ché”, que sepas que, curiosamente, los valencianos son los únicos españoles que también dicen “ché”, de modo que Paco también es un poco “ché”, como vosotros 🙂 Eso sí, su acento es distinto.
    Quede claro, pues, que nada de burla, que a mí me encanta vuestro acento (el de ambos).

  8. A Iñigo:
    Precisamente lo que hace el perfeccionista es reducir sus posibilidades de elección hasta prescindir no solo de lo nuevo sino de la sorpresa de lo nuevo pues es la sorpresa lo que teme el perfeccionista, hace un poco como las maquinas en eso que ha venido en llamarse y que tu conocerás mejor que yo: la reducción de los grados de libertad del sistema.

  9. Hablando de ignorancia, Ana . . . perdona la mìa. Què dato interesante, ese del uso del “che” en Valencia. ¿Tendrà el mismo origen quechua que en el Rio de la Plata, y habrà sido llevado en èpocas de la Conquista? En quechua significa “señor”, y se usaba para demostrar respeto. Abrazos.

  10. Pues no lo creo Maria Inés, en realidad en valenciano no significa nada, es como una interjección, una apoyatura que se usa para distraer el discurso. Los valencianos se llaman “chés” en España, porque usamos mucho esta muletilla, pero no creo que la exportaramos a Sudamerica, aunque yo no soy lingüista, pero supongo que esas frases monosilábicas deben ser comunes a muchos idiomas, una especie de gruñido precursor del email.

  11. Jaja! Has visto qué mono, M. Inés? pues “Del gruñido al e-mail” es un artículo de aquí el maestro, un artículo extraordinario sobre los misterios de distintos tipos de comunicación.
    Pero si me lo permites, Paco, la anotación de M. Inés respecto a que “ché” significa “señor”, una demostración de respeto, yo me la anoto bien anotada… Una nueva visión de las cosas, ¿una sincronicidad acaso?… Gracias desde aquí a la otra “ché” por esta curiosidad lingüística aportada, e interesantísima 🙂

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