Aspectos sociodemográficos de la enfermedad mental


Es indiscutible que los pacientes reales enferman -con independencia de su genotipo (que desconocemos)- por un acontecimiento estresante a veces tan sutil que pone patas arriba nuestra conceptualización anterior. Estos acontecimientos pueden integrarse casi todos en una categoría genérica: el ambiente contiene amenazas o exigencias que en contacto con determinadas susceptibilidades genéticas provocan enfermedad o al menos una disadaptación más o menos transitoria a la realidad que interfiere con la vida del sujeto individual.

Hay que señalar además que las enfermedades mentales no se rigen por las leyes mendelianas de herencia, porque casi ninguna enfermedad psiquiátrica (con excepción de algunas formas de retraso mental) dependen de un sólo gen, sino de múltiples genes: son poligénicas. Sin intervención del medio ambiente no hay enfermedad mental (aunque tampoco cultura), de ahí que resulte tan importante comprender qué acontecimientos, situaciones o entornos nos referimos y de qué manera interactuan con el genotipo, no sólo para la psiquiatría sino para el proceso de hominización en su conjunto.

Para empezar me referiré al lugar donde vivimos, las ciudades, luego veremos los sesgos que introduce el género y también la importancia de la percepción del rango social en la causalidad del malestar mental.

RURAL VERSUS URBANO.- Todos los estudios epidemiológicos señalan con testarudez que las enfermedades mentales son más frecuentes y graves en las ciudades que en el medio rural, lo que significa que algo hay en la manera de vivir en las ciudades que causa un gran malestar en los humanos. Este malestar puede interpretarse como una mayor complejidad en el entramado social, pero también puede definirse como una mayor sensación de aislamiento y dificultad para tejer redes sociales de apoyo en el anonimato de la gran ciudad que el que soportan los individuos que viven en el campo, lo que explicaría como efecto secundario el que un enfermo mental en una ciudad tenga peor vida de la que tendría en una comunidad pequeña incluso viviendo solo en el campo. El ser humano es un ser gregario y está adaptado a vivir en pequeñas comunidades de unas cien personas, el fenómeno de convivir en megalópolis de más de un millón de habitantes es algo relativamente reciente en tiempo evolutivo y que se debe a la revolución industrial, aunque el invento de las ciudades se remonta al neolítico con el advenimiento de la agricultura y la acumulación de excedentes. Es verdad que en las ciudades se acumulan más recursos que en las pequeñas comunidades campesinas y que tienen un efecto llamada para todos aquellos individuos que de alguna manera se han escindido de su grupo original, excéntricos, extravagantes, desviados sexuales, toxicómanos, esquizofrénicos crónicos, o simples pordioseros acuden a la ciudad por razón de que en ella se acumulan sobrantes alimentarios y de toda índole y el anonimato es sólo posible en estos grandes entornos. El fenómeno de los “sin techo” (homeless) alumbra precisamente lo que quiero decir, la ciudad opera como un atractor para determinados individuos, los parias del mundo, pero también a los que se sienten perseguidos y a los disidentes sexuales. Algo que resulta contradictorio con el hecho de que la mayor parte de los individuos que viven en una ciudad soportan más ruido, contaminación, incomodidades y estrés que los que viven en entornos más humanos y que hace comprensible que a la menor oportunidad traten de escapar de la gran ciudad solo para atascarse en un embudo de automóviles que se repite periódicamente y que no parece hacer desistir a nadie de volverlo a intentar el próximo fin de semana.

La contradicción estriba pues en que la ciudad parece atraer a algunos y parece repeler a otros, pero tanto los que escapan como los que acuden están de acuerdo en algo: en las ciudades existen excedentes y por eso la mayor parte de la población se amontona o hacina en ellas. Me refiero naturalmente a excedentes económicos, puedo afirmar pues que la gente vive en ciudades porque en las ciudades se vive mejor (en tiempos de paz), de acuerdo con nuestras pretensiones o expectativas de vida, aun al precio de intuir que en ellas se paga un alto precio por estas comodidades. Este precio suele ser una enfermedad o un trastorno mental pero hay que decir que es precisamente en las ciudades donde cualquier malestar puede ser atendido de acuerdo con nuestra expectativa asistencial con una mayor eficacia que en el campo donde los servicios sanitarios son por descontado menos sofisticados.

En mi opinión la causa del malestar en la ciudad no procede sólo del aislamiento, la razón es que existen personas que están perfectamente adaptados al mismo, me estoy refiriendo a las personalidades del taxón esquizotípico que más atrás nombraba y que es precisamente la gran ciudad lo que las enferma a partir del bombardeo casi continuo de estímulos y la imposibilidad de escapar de ellos. Naturalmente la complejidad de la vida en la gran urbe no puede liquidarse con el único recurso al aislamiento o la pobreza del apoyo social que puede conseguirse en ellas, pero el resto de consideraciones serían incluso más difíciles de medir que las anteriormente citadas.

MASCULINO-FEMENINO.- A pesar de que tenemos datos que apoyan nuestra intuición de que las mujeres tienen un mayor sufrimiento mental que los hombres, lo cierto es que las pirámides de edad de todas las sociedades avanzadas parecen desmentir esta idea. Esta contradicción se leería del siguiente modo: “las mujeres tienen mas sufrimiento mental que los hombres, pero viven más”. Lo que no tiene más que una interpretación: o los hombres tienen un mayor riesgo de padecer enfermedades más graves que las mujeres o bien las mujeres tienen una mayor facilitación para acceder a servicios médicos que los hombres o piden ayuda con más facilidad. Las dos cosas pueden ser ciertas, pero existe una evidencia demasiado tozuda para concluir que el sufrimiento mental y las enfermedades psiquiátricas tienen un claro sesgo sexual que no tiene porque representar un sesgo biológico, quiero decir que este sesgo puede explicarse psicológicamente a partir de la deseabilidad social, es decir ser mujer es menos deseable que ser hombre, algo que sigue siendo cierto a pesar de todos los cambios sociales.

Contradictoriamente con esta idea, la homosexualidad es más frecuente en hombres que en mujeres y también los casos de transexualismo (el deseo de cambiar de sexo) en los hombres. Y a pesar de todas los esfuerzos hacia la igualdad entre los géneros las jovencitas suspiran por la pasarela y la moda y la anorexia es una lacra que se ceba precisamente en las mujeres, al menos en nuestro opulento entorno, porque las mujeres siguen queriendo ser atractivas para los hombres que son los que dirigen el deseo hacia las delgadas. Otra contradicción que procede de la clínica, es la siguiente: se sabe que el trabajo fuera del hogar protege a la mujer contra el estrés, y que el matrimonio es más protector para el hombre que para la mujer sin embargo la peor situación en cuanto a vulnerabilidad psiquiátrica es la condición de “mujer sola, con hijos a su cargo y divorciada”. Todo lo cual indica que no es en si la situación vital la responsable del estrés sino las cargas sociales y la privación económica lo más importante. Por contra, un matrimonio feliz previene las enfermedades coronarias en mujeres, pero no en hombres. Todos estos hallazgos contradictorios nos llevan de la mano a considerar que los elementos subjetivos tienen una enorme importancia en sentirse o no sentirse feliz y que con la salvedad del nivel de instrucción, la economía o la clase social no existen marcadores de sufrimiento mental universales.

Las mujeres hacen más consultas al psiquiatra y al psicólogo en frecuencia y demandas totales a los servicios públicos y presentan además una mayor prevalencia en trastornos afectivos (incluyendo los trastornos de ansiedad, pero excluyendo el trastorno bipolar). Los hombres por el contrario presentan mayores tasas en dependencia de sustancias (incluyendo alcohol) y conductas antisociales (Ver Por qué las mujeres se deprimen y los hombres se drogan). Si un hombre es esquizofrénico lo será de manera más precoz que una mujer y será además con una forma clínica más grave que la de ella. Si además está soltero, su pronóstico se ensombrece y su tendencia a la cronicidad es más frecuente que en la mujer tanto en numero de hospitalizaciones, atenciones urgentes y numero total de episodios. Aunque el número total de esquizofrénicos en una población dada se reparte por igual entre hombres y mujeres, lo cierto es que en los casos detectados existe una mayor tendencia a la cronicidad y a las malas evoluciones clínicas en los hombres.

En otro orden de cosas, la identidad sexual, el atractivo, la elección y la retención de pareja son uno de los grandes desafíos que ocupan a los seres humanos de por vida, planteando grandes dilemas y no pocos esfuerzos y consumo de energías. Para alumbrar este fenómeno voy a referirme a lo que sucede en el cerebro de un adolescente de nuestros días. Los muchachos -cada vez más precozmente- tienen que articular su identidad sexual como un fenómeno de pase, desde el rol que ocupan en su familia de origen hasta el lugar que ocupan en el grupo social. Generalmente este pase se hace a través de la amistad con los iguales, es decir con chicos y chicas de su misma edad, es a través de ellos, donde el muchacho/a se compara y se mide y desde donde establecerá su “valor” tanto erótico, como personal para el futuro. Es con ellos, los amigo/as con quienes se identifica y al mismo tiempo compite. Dicho en otras palabras en la adolescencia de las muchacho/as se reactiva el apego original con las madres lo que da lugar a conductas afiliativas, unas conductas que se han atribuido a la oxitocina y seguramente también a la serotonina y opioides endógenos. Esta necesidad de afiliación se produce en un momento en que simultáneamente van a aparecer conductas de competitividad y también los primeros escarceos eróticos, y todo ello sin dejar de sentir las demandas del ambiente que proceden del ambiente académico o familiar. Esta constelación de circunstancias hace de la adolescencia un periodo muy critico y de una enorme vulnerabilidad biológica, algo que ha tratado de explicarse neurobiológicamente a partir de la muerte neuronal selectiva: es decir, sería precisamente en la adolescencia cuando determinados programas de muerte celular programada se pondrían en marcha para resetear el cerebro y dejarlo operativo para la próxima etapa . Este conflicto que hace coincidir en el tiempo y de forma antagónica las tendencias afiliativas (necesidad de apego) y las necesidades agresivas y competitivas (necesidad de identificarse y elegir o ser elegido por una pareja) es a mi juicio el nudo sobre el que se articula la conflictividad del adolescente. Un conflicto que volverá a repetirse en otras etapas de la vida, usualmente en el embarazo, parto y crianza del bebé.

Chicos y chicas pasan por un periodo de iniciación parecido en cuanto a acontecimientos vitales propiamente dichos, lo que diferencia a unos de otras no es tanto la cualidad de estos sucesos sino las operaciones mentales que hacen para afrontar el estrés. Las chicas tienden a autoculparse de sus fracasos, mientras que los chicos tienden a culpar a otros. El estilo intrapunitivo de las chicas se traduce en una mayor tendencia a la depresión, a la ansiedad o a dificultades en la regulación de la autoestima, mientras que la extrapunición de los chicos se traducirá en trastornos conductuales más que en trastornos intrapsíquicos, lo que les hace más vulnerables a las conductas de riesgo como escarceos con drogas, propensión a accidentes y conductas disruptivas que pueden entrar en conflicto con la ley. En un reciente articulo sobre la influencia de los factores sociales (de amistad) en trastornos alimentarios los autores han encontrado una correlación entre las necesidades afiliativas, entornos de amistad y autoevaluación de la imagen física comparada con este grupo de amigas. Los trastornos alimentarios son más frecuentes en aquellas muchachas que hacen una evaluación negativa sobre su cuerpo en comparación con su grupo pero además es necesario algo más: una última operación atributiva, que piensen que tendrían más éxito ( es decir mayor aceptación) si fueran más delgadas (Gerner y Wilson, 2005 ).

GANANCIA-PERDIDA DE RANGO SOCIAL.- Es posible afirmar que el ser humano se afana durante toda su vida por alcanzar el lugar más alto en la pirámide social de su especie, algo que podemos encontrar en casi todas las especies gregarias y sociales. Si exceptuamos a aquellas especies donde el rango viene determinado genéticamente, como por ejemplo en las abejas (o se es zángano, o se es obrera o se es reina y es algo además indiscutible) el resto de las especies tienen que luchar, tomar riesgos, aventurarse y competir. Con frecuencia la reproducción en casi todas las especies es el premio por ser competitivo, y al revés: la longevidad es el resultado de haber tomado pocos riesgos reproductivos.

Como siempre sucede en conducta comparada, es muy difícil trasplantar el comportamiento de especies animales, aun las más parecidas a nosotros, como los simios, a la conducta humana. Para empezar es difícil incluso definir qué es rango social para el humano,, aunque todo el mundo pueda tener una idea bastante intuitiva de a qué me estoy refiriendo. En los hombres -sin embargo- hay que hacer algunas matizaciones que no nos servirían para entender a los papiones (un simio muy jerarquizado). Para empezar no siempre es deseable estar el más alto en la jerarquía social: es evidente que viven mejor algunos segundones que otros lideres sociales, tienen mejor vida, mejor calidad y probablemente viven más tiempo y con mejor salud. No todo está en el dinero, el poder, la fama, la inteligencia o el prestigio, sin embargo todos estos elementos forman parte de ese cóctel por el que luchamos, o nos esforzamos, algo que hacemos todos y además continuamente de forma abierta o sutil para alcanzar objetivos y mantenerlos a largo plazo. A ese cóctel le llamamos rango social.

Lo que si que sabemos es que cuando notamos o percibimos que hemos descendido caído algunos escalones de esa pirámide social lo pasamos muy mal. Price y Sloan han elaborado una teoría evolutiva – la teoría de la competencia social- para explicar los trastornos afectivos. En síntesis es la siguiente, Price, especula que la depresión es el resultado de una caída o descenso percibido en el rango social de una determinada persona y que su función evolutiva sería la de retirar esfuerzos de empresas destinadas al fracaso: evidentemente para algunas personas deprimirse puede resultar más económico que luchar en determinadas circunstancias, visto así la finalidad de la depresión sería la de ahorrar energías y al mismo tiempo desactivar la agresión de los miembros dominantes (los que quedan por encima de la jerarquía) y que dejen de mirarnos como potenciales adversarios y nos perdonen la vida.

Es precisamente el lugar de trabajo el escenario donde se dan cita las mayores luchas por el poder a las que los humanos nos entregamos prácticamente durante toda nuestra vida (laboral) a ejercer bien de victimas, de verdugos o de testigos mudos pero siempre en relación con la distribución del poder que allí se pone en juego de una manera constante y explícita. Considero al trabajo (entendido como entorno físico más que como profesión) el segundo lugar de donde proceden la mayor parte de sufrimientos mentales en los humanos. El primero es naturalmente la familia, pero los conflictos que se dan en su seno no tienen – por lo general- el mismo carácter. Una definición que se hace de la familia funcional es la que es aquel lugar donde existe una distribución asimétrica del poder. Los padres acumulan más poder que los hijos, los hermanos mayores más que los hermanos pequeños. Por ejemplo, los padres pueden mantener relaciones sexuales, algo vedado a los hijos, los padres y los hermanos mayores pueden salir y entrar a la hora que quieran de la casa, unos limites que deben respetar los que aun no han alcanzado la edad. Los padres tienen dinero para gastar, los hijos deben pedirlo a sus padres. Los conflictos que se sufren en una familia no tienen tanto que ver con el poder o el rango social (que se encuentra instalado de oficio en el encuadre de convivencia), sino con la inadecuación afectiva, es allí donde se dan las perdidas y los chantajes, los favoritismos y las desigualdades y sobre todo percepciones de amenazas inconcretas como el abandono, la expulsión del clan ante la disidencia o los desacuerdos y peleas constantes, sin contar con las exigencias que pueden desbordar a una persona concreta. No es de extrañar que sea en el seno de la familia donde aprendamos las estrategias más importantes de nuestra vida de acuerdo a los códigos morales que introyectamos como recuerdo de estas relaciones a veces tormentosas pero siempre con un resto de confianza, tranquilidad y aceptación incondicional. O por el contrario, el sentimiento de haber sido maltratados, no suficientemente amados o respetados en nuestra idiosincrasia personal. De la familia nos llevamos sentimientos de deprivación o de intoxicación pero nunca nos llevamos sentimientos de traición, deslealtad o competitividad, la razón es que el poder se encuentra distribuido de una forma institucionalizada, no se puede cuestionar.

Nada de esto sucede en el trabajo, ese lugar donde se dan cita todos nuestros competidores más directos y donde las reglas del juego no están escritas en parte alguna. Los que buscan lo mismo que yo, los que pugnan por ese puesto, ese sueldo, esa consideración, ese horario, ese turno, esa proximidad personal con el de arriba. No es de extrañar que sea en el trabajo el lugar donde acumulemos las decepciones más importantes de nuestra vida si intentamos compaginar compañerismo y amistad, sexualidad y competencia o fraternidad y exigencia. Las consecuencias inmediatas de este escenario es que los conflictos laborales representan para el adulto medio, el foco de mayor productividad de síntomas psiquiátricos. Ser despedido, rechazado, explotado o bien la competencia que se deriva de los mitos de la eficacia y eficiencia, del trabajo en equipo y de las exigencias de lealtad a la empresa o a la causa común con las lealtades compartidas y las fricciones consiguientes son una causa de malestar que puede derivar hacia enfermedades físicas o psíquicas en función de la resistencia de nuestro transportador de serotonina.

Evidentemente estos sucesos no son independientes del rango social que se ocupa de un modo genérico. Las personas que trabajan en cadenas de producción son más vulnerables a padecer síntomas psiquiátricos que aquellos que trabajan en Bolsa con dinero de otros , el nivel de instrucción, y el dinero que se gana en el trabajo son variables que correlacionan negativamente con cualquier sufrimiento mental y que protegen -esta vez positivamente- frente al estrés.

La perdida económica brusca, – la ruina económica- es uno de los acontecimientos que más accidentes psiquiátricos “comprensibles” pueden causar, con independencia de que se solape muchas veces con un descenso autopercibido de rango. Congruentemente con las teorías de Price la perdida económica correlaciona – por si misma- con un descenso brusco del rango social y concretamente con la depresión clínica. Sin embargo esta misma teoría no explica los virajes maniacos periódicos en los pacientes bipolares que de alguna manera quedan sin explicación en el contexto de la teoría de la competencia social. Tampoco explica las depresiones consecutivas a una “ganancia social”, algo que aunque raro sucede en la práctica clínica y que podemos observar en los cambios de domicilio que son en si mismos una fuentes de estrés aunque signifiquen un ascenso de estatus social.

 

 

Anuncios

7 pensamientos en “Aspectos sociodemográficos de la enfermedad mental

  1. Ah, es que leí una vez sobre el caso de un perro que, al morir su amo, se quedó junto a su tumba negándose a comer ni beber, hasta que murió, y me preguntaba si eso era análogo a la depresión humana.

  2. Los animales no se deprimen, esa conceptualizacion se debe a que nosotros los humanos les atribuimos erroneamente a los animales sentimientos humanos. Es cierto que los animales parece “como si” estuvieran deprimidos en determinadas circunstancias que conocemos como “modelos animales de depresión”. En circunstancias de laboratorio podemos hacer aparecer en los animales determinadas conductas (observables) que se parecen mucho a la depresión humana, se llama “conducta de indefensión” y se puede propiciar sometiendo a los animales a un entrenamiento concreto. Por ejemplo Seligman que trabajó con perros y describió el “desvalimiento aprendido” lo propiciaba mediante la disociacion entre un estimulo condicionado (señal) y uno no condicionado (choque), observó que cuando el perro no puede predecir la secuencia correcta, es decir cuando experimentalmente se separa la señal del castigo el perro adopta una conducta de desvalimiento similar a “nada de lo que haga mejorará mi situación”. En animales esto se llama desvalimiento aprendido y es lo más cercano que existe a la depresión humana, pero sigue sin ser una depresión.

  3. Sin duda, eso sería una conducta inducida que estaría muy cerca conductualmente de la experiencia depresiva humana, aunque no podemos saber qué pasaba por la mente del perro, todo parece indicar que el perro estaba “triste”, lo cierto es que los perros son tan sensibles a la deprivación afectiva y a la separación como los humanos, al fin y al cabo los cánidos son especies sociales y gregarias todo lo contrario de los gatos.

  4. Hola
    Estoy haciendo un trabajo que trata sobre las enfermedades que padece el ser humano que podrían estar relacionadas con cambios demasiado grandes entre la forma de vida para la que evolutivamente nuestro cuerpo está hecho, y la que llevamos ahora.
    Valoro su artículo, no es fácil encontrar información.
    ¿Saben donde puedo encontrar más? ¿Algún libro que pueda leer?
    De momento he leido a Punset: mente, ciencia, universo; y hay conversaciones que son útiles. Otro libro que estoy leyendo es de René Dubos, un dios interior que tambien contiene capítulos interesantes.

    Cualquier sugerencia será bienvenida. Muchas gracias

  5. En mi otro blog:
    http://carmesi.wordpress.com
    trato precisamente el tema de la hiperrealidad, es decir el impacto que ls formas de vida, el cambio cultural, los nuevos valores y el vivir en un mundo sofocado por las imagenes tienen para el psiquismo humano. Espero que alli encuentres algun post interesante para tus propósitos.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s