Las palabras, las cosas y el tiempo


Todos sabemos que las palabras son símbolos, que representan a los objetos concretos o a las abstracciones inexistentes, pero todos nosotros sabemos que las palabras no son la “cosa en si” kantiana, sólo su representación tanto si evocan un objeto de la realidad como si evocan una idea. Pero hay enfermos mentales que debido a un defecto en su capacidad de simbolización tienen que cargar con las palabras como si fueran ladrillos, como si fueran pesados fardos que arrastran a su vez recuerdos y otras palabras ocultas en la memoria. Las palabras para estas personas son un pesado lastre y tienen que tratar con ellas de una manera muy especial, ellos deben sentirse como si fueran una fuente parásita del lenguaje, deben sentirse como si el lenguaje hablara en ellos o a través de ellos. Freud fue el primero en advertir que las personas que tenian este defecto simbólico llegan a sentir su cuerpo como si hablara en un lenguaje ininteligible, le llamó lenguaje de organo y lo describió en una paciente esquizofrénica de Victor Tausk, una paciente cuyo tic en el ojo era algo más que una somatización: era una palabra que hablaba en su ojo, a través del ojo.

El lenguaje de órgano es algo que va más allá de la simple somatización o de la clásica conversión, aqui en la histeria es una palabra que como un tatuaje retorna a la conciencia inscribiéndose en el cuerpo a través de la inervación voluntaria. Por eso la conversión afecta sobre todo a grupos musculares y remeda a las enfermedades neurológicas. La diferencia entre la histeria y una enfermedad neurológica es que mientras la enfermedad somática recorre los nervios de forma compattible con la anatomia y las leyes de la inervación, la histeria ocurre en otro lugar, en el lugar no del cuerpo real sino del cuerpo imaginario.

Todos tenemos un cuerpo real y un cuerpo imaginario, el cuerpo real es inaccesible a la mirada y sólo sabemos de él cuando funciona mal, cuando duele, sin embargo el cuerpo imaginario es una construcción, una representación, algunos autores como Shilder le llaman “esquema corporal”, es precisamente ahi donde se manifiesta la histeria y la conversión histérica, siempre en ausencia de lesión estructural, es decir la histeria no puede conseguir enfermar al organo afectado. No sucede asi con la somatización que incluimos entre las enfermedades psicosomáticas, el asma, la tirotoxicosis, la hipertensión arterial, las dermatitis, la ulcera gastroduodenal, etc. Aqui si hay lesión orgánica aunque es evidente que los factores psicológicos juegan un importante papel en su formación. Podriamos decir que en estos casos el individuo enferma su órgano a partir de un proceso similar al que sucede en la histeria, solo que este conflicto -el que sucede en los pacientes psicosomáticos- no es un simple conflicto entre una pulsión y la censura moral sino algo que va más allá de este conflicto puntual.

El conflicto del paciente psicosomático es un conflicto de ausencia de palabras, es decir, de un hueco, de una ausencia, se trata de un conflicto entre la pulsión que no se reconoce -como en la histeria- pero que más allá de eso no se reconoce porque el sujeto no sabe hablar de su deseo o bien que ese deseo entra en conflicto con las exigencias de la realidad a las que el individuo se somete, algo que en psicologia recibe el nombre de alexitimia, la incapacidad para leer las emociones. El psicosomático enferma su cuerpo real a partir de un defecto de la simbolización de su psiquismo ¿cómo soy?, mientras que en la histeria se sufre en el cuerpo imaginario aquello que no se puede simbolizar: el cuerpo real ¿Soy yo?

Defectos pues de simbolización en ambos tipos de enfermar del mismo modo que en las psicosis donde el lenguaje parece hablar desde el órgano aludido por un mal encuentro, pues malos encuentros son para los psicóticos algunas palabras, esas que parecen comportarse como ladrillos, como cosas concretas, no hay pues en la psicosis conciencia alguna de que las palabras son símbolos que hablan de otra cosa en su ausencia.

Sin embargo en las neurosis el paciente si sabe que las palabras son símbolos, solo que algunos simbolos parecen haberse independizado de la cadena semántica que caracteriza el pensamiento normal. Esas palabras independientes se caracterizan por ser redes de arrastre y a veces plomadas que permiten extender las redes para pescar alguna significación alternativa. Se trata de lo reprimido y de su retorno encadenando a la vez recuerdos y cadenas asociativas de emociones arcaicas.

Una paciente que traté durante años a causa de una bulimia descubrió durante su tratamiento “la causa de su enfermedad”. Lo descubrió mientras miraba un documental en la televisión acerca del incesto. Un dia se presentó ante mi y me comunicó su hallazgo: “yo he cometido incesto y por eso estoy enferma”. Este encuentro en lo real con una palabra arrastró asociativamente un recuerdo infantil de jugueteos sexuales con un pariente, se trató de un encuentro “traumático” con el goce sexual, pues traumático es siempre un encuentro demasiado precoz con el goce. Pero sería excesivo calificar aquel encuentro como traumático en sí, no hubo violencia, ni fuerza, ni hubo por asi decir seducción de un adulto, sino solo un intercambio sexual entre dos niños prepúberes. Mi paciente se convenció a si misma de que aquel encuentro habia tenido tintes dramáticos y depositó en su partenaire de entonces (un familiar) la responsabilidad de su enfermedad actual. Llevó su particular venganza a plantearle a su madre que necesariamente habia que romper relaciones con esa parte de su familia, ella, mi paciente se veía totalmente inocente y sin embargo veia a su familiar como totalmente culpable, su argumento era que él era dos años mayor que ella.

Lo que tiene el caso de interesante es el arrastre que consigue la palabra “incesto” en su imaginario, es decir la capacidad de redefinir, de resignificar aquel encuentro sexual de la infancia que de primera intención no tuvo ninguna consecuencia y sólo “aprés coup” adquiere consistencia causal para la paciente. Ella simplemente había aplicado mal la fórmula:

Post hoc, ergo propter hoc.

Que significa que lo que viene después es consecuencia o causa de lo que sucedió antes. Se trata de una verdad sobre la causalidad que ha dado grandes frutos a la medicina, por ejemplo si hoy estoy resfriado es porque ayer estuve sometido al frío. Sin embargo en lo mental no parece que esto funcione de este modo tan simple porque lo lineal no rige en la mente y más bien parece que lo actual logre resignificar lo antiguo dándole una consistencia formal a fin de salvar los muebles de la responsabilidad. De su responsabilidad para con su goce actual relacionado con su bulimia por ejemplo, una forma extrema de goce relacionada con el exceso de la pulsión.

En este caso es tambien una palabra la que ejerce el empuje hacia lo consciente de algo que nunca estuvo reprimido sino tan sólo olvidado, una prueba de que lo reprimido sigue estando reprimido y de que no existe relación causal entre aquel episodio y su problema actual.

Lo que significa que el tiempo cronológico tal y como lo conceptualizamos en nuestra vida diaria no rige en el inconsciente y que la cadena semántica que arrastran las palabras no está relacionada temporalmente ni linealmente con sus efectos, todo pareciera como si en la mente rigiera un principio de no-linealidad por más que nuestro pensamiento racional y en estado de vigilia se empeñe en aplicar las pautas del “post hoc, ergo propter hoc“.

El inconsciente es atemporal y lo de hoy causa a lo de ayer, lo cual sorprende por su parecido con las teorias del caos y por eso invito al lector interesado a continuar este post a través de uno más antiguo:

El caos explicado a un psicólogo (son 4 post encadenados en este mismo blog)

3 pensamientos en “Las palabras, las cosas y el tiempo

  1. ¡Qué claro que queda, que estamos apresados en la jaula del lenguaje, herramienta básica del Yo, sea tanto corporal (del órgano que toma el relevo de la boca) como simbólico-lingüístico! La cuestión es cuando nuestros múltiples (poliédricos) yoes hablan distintos idiomas, un lío análogo a la torre de Babel. Qué ardua vuestra tarea, sí…

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