¿Clones o ayatolás?


Un extracto de mi novela “De lo oculto y lo sutil“, se trata de una reflexión que hace la protagonista sobre la femineidad, para pensar.

La gran paradoja de la libertad que las mujeres nos hemos propuesto alcanzar es que es una libertad que nos lleva de cabeza al desamparo.

Hay dos clases de libertad: una libertad jurídica y una individual que junto con la dignidad humana, se constituye como un eje de torsión desde el determinismo de la animalidad hasta lo más sublime de la humanidad. Un camino – sin embargo- lleno de obstáculos que hace aparecer a esa libertad como un valor deseable, un valor democrático, aun sabiendo que la otra libertad, la libertad metafísica, es imposible.

Otra: la libertad individual llevada al límite nos aboca a todos al vacío pero a nosotras las mujeres mucho más. Como si pudiéramos intuir con más facilidad que los hombres, que dejadas a nuestro albedrío, nos encontraremos de bruces, inevitablemente, con esa otra realidad de la que –precisamente- por constituirse en conciencias individuales, no pueden sino pensarse a sí mismas y no pueden abarcar esa conciencia de totalidad de la que hablan los místicos y cuya herramienta no es otra que el amor.

Una realidad ahora lejana y de la que hemos logrado escapar después de siglos de combate feroz contra la dominación masculina pero que propiciaba desde el sometimiento un orden de certidumbre que ahora ha desaparecido.

No podemos sino profundizar en la libertad metafísica aun sabiendo que es imposible de alcanzar. En esa libertad fusional de la que hablan los místicos desde la óptica de cualquier religión. Porque hemos sido arrojadas de bruces frente a la determinación y el azar, vuelvo ahora mis ojos frente una realidad supraindividual que me permita sobrevivirme en otro, en un otro no-contingente.

Las religiones, en este sentido, proveen al hombre de respuestas frente a sus necesidades fundamentales porque relativizan su subjetividad, pesada y siniestra frente a un orden divino de causación.

De las religiones sólo me interesa aquella parte que no tiene nada que ver con el dogma o el precepto, sino con el proceso de iluminación. Lo usual es que el peso doctrinario de una religión repose en la revelación. Revelación que aporta un indiscutible manual de uso para andar por la vida. Contiene dogmas, moral, cosmogonía y recomendaciones prácticas para gestionar la vida de los hombres por los propios hombres a través de una casta de intermediarios: los sacerdotes que transitan el designio desde lo oculto hasta lo práctico. Ahí está contenido, pues, el germen de atropello de cualquier religión.

Cuanto más política es una religión, es decir, cuanta más confusión exista entre el manual práctico y su nivel metafísico, más se implica el Estado en la tutela de su doctrina dando lugar a los estados integristas, verdaderas versiones religiosas de otros ensayos totalitarios que confluyeron en Europa en el siglo XX.

En algún sentido, este tipo de religiones son muy protectoras, porque proveen al hombre de una iconografía que atraviesa de parte a parte su vida y le brindan soluciones prácticas y sobre todo inapelables a todos los dilemas que se le pueden plantear en el más acá. Creo que la religión católica tiene perdida la partida de antemano frente a este tipo de religiones integristas donde el poder del Estado resulta proveedor y protector. Este tipo de religiones, sin embargo, no tienen redención para el Mal, a diferencia del cristianismo. No hay más remedio pues, que someterse al plan divino, que hace coincidir los contrarios en distintas criaturas a través de su multiplicidad y aceptar como una fatalidad el crimen o la maldad, aunque imponiéndose legalmente a ellos mediante la venganza del Estado y la ejecución de duras sentencias por delitos que a los occidentales nos harían morir de risa, como el adulterio.

Paradójicamente, la libertad de la mujer arrancada a dentelladas en los últimos años en todo occidente, nos lleva de cabeza a enfrentarnos con una baja natalidad que deja lugar para la expansión de una religión que nos amenaza en nuestros derechos consolidados. ¿Quién tendrá niños una vez todas las mujeres seamos libres? ¿Es esta una nueva versión del mal, que deja libres las manos a aquellos que no participan en nuestros ideales de libertad?

¿Habrá en el futuro una casta de mujeres que dispondrá de bebés a la carta mientras otras cargan con el peso de la reproducción convencional?

¿En un Estado de ese tipo, quien nos gobernará? ¿Clones o ayatolás?

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