El caos explicado a un psicólogo (III)


Disolución versus disipación

Disolución es la dirección que los sistemas abiertos adoptan en relación con la segunda ley termodinámica de la conservación de energía, es decir la dirección entrópica, la tendencia a la estabilidad de los sistemas vivos, una dirección que paradójicamente busca siempre el mínimo gasto de energía y que teleológicamente deriva hacia la muerte: el supremo orden o la vida inorgánica. Si nos morimos es precisamente por la tendencia del sistema vivo en busca de la estabilidad, es decir existe una relación entre la muerte y el orden. Disolución implica estabilidad dentro de unos ciertos parámetros de oscilación, algo que conocemos con el nombre de homeostasis y que representa las mínimas variaciones de un sistema respecto a los niveles de manutención del gasto energético.

En este sentido, la variación de las cifras de glucosa en un sistema vivo puede servir como ejemplo de homeostasis: la glucosa tiene un escaso margen de maniobra para resultar adaptativa a las necesidades energéticas de un organismo vivo, así sus variaciones oscilan entre dos parámetros numéricos que representan la máxima variabilidad para resultar adaptativa, por encima y debajo de la misma el aprovechamiento de glucosa es deficitario: una condición clínica que conocemos con el nombre de diabetes y por debajo de la misma otra situación clínica de insuficiencia que conocemos con el nombre de hipoglucemia que muchas veces coexiste con aquella.

Disolución es pues sinónimo de adaptación, homeostasis y estabilidad. Desde el punto de vista psiquiátrico los procesos disolutivos tienen que ver con la reorganización de la personalidad en torno a hábitos, costumbres y rutinas y su representante dinámico es la represión que optimiza los mínimos cambios en el sistema que se agrupa en torno a atractores caóticos similares a los que mantienen la homeostasis de la glucosa en torno a unos determinados niveles (la insulinemia basal). Podemos afirmar que si la glucosa se mantiene en torno a unos niveles entre 70-120 mg/l lo hace precisamente porque existe un atractor que “atrae” a la glucosa a mantenerse en torno a estas cifras, aunque existen unos niveles de fluctuación u oscilación que dependen de las ingestas, se trata de la cualidad adaptativa de la homeostasis. Todo parece haber sido diseñado para que las cifras de glucosa no “escapen” de un cierto rango, pero al mismo tiempo, esta oscilación continua de la glucosa (dentro de sus rangos de normalidad) sirve para estimular o amortiguar otros parámetros biológicos por ejemplo el hambre y la saciedad. Si las cifras de glucosa se mantuvieran siempre estables no sabríamos cuando tenemos hambre lo que resultaría enormemente inadaptativo, por eso sus cifras oscilan entre los ayunos y las comilonas, pero vuelven a alcanzar sus cuotas estables al cabo de un cierto tiempo para volver a descompensarse poco después. Este mecanismo de oscilación es el que regula no solamente la homeostasis sino incluso la demografía. Dado que los sistemas vivos dependen del aporte externo del medio ambiente en que viven (recursos dispersos), esta cualidad de homeostasis tiene un cierto margen de maniobra rebasado el cual se produce la patología (la diabetes) que introduce el modelo caótico que se encuentra latente en la homeostasis.

Disolución, en un punto de vista psiquiátrico equivale al concepto psicoanalítico de resistencia, pero también al constructo cognitivo-conductual conocido con el nombre de hábito, tambien el concepto de estructura, carácter o personalidad guarda un cierto parentesco con los constructos anteriores. Dicho de otro modo a todo aquello que atenta contra los nuevos aprendizajes, sea la ignorancia selectiva, la negación o el hipercontrol

Estos constructos teóricos, sea mórbidos o no, representan un estado de cosas conocido en la teoría del caos con el nombre de “condiciones iniciales”. Las condiciones iniciales de un fumador serán siempre el hábito de fumar, no importa si ha pasado una gripe o ha sido intervenido de próstata. Las condiciones de un obsesivo son sus rutinas y compulsiones, que reaparecerán después de pasar un episodio febril o cualquier otra circunstancia. Todo hábito extrae su “fuerza” precisamente de su cualidad adaptativa, no importa lo inadaptativo que resulte para el organismo individual, porque la “adaptación” del hábito es independiente del resultado final de supervivencia del individuo, va más allá de las razones objetivas de autopreservación, se encuentra vinculada físicamente a las leyes entrópicas de la termodinámica. Un fumador no dejará de fumar nunca después de pasar una gripe, pero es posible que lo haga después de tener un infarto de miocardio, de “tocar fondo”, es decir cuando la masa critica de sus creencias le impulsen a abandonar el hábito, mientras tanto el hábito siempre estará representando sus condiciones iniciales y mientras opere con mecanismo de disolución jamás abandonará el hábito de fumar o cualquier otro. Precisamente porque los mecanismo disolutivos son adaptativos y tienden a mantener la homeostasis el fumador siempre tenderá a seguir fumando que es la condición “restitutio ad integrum” es decir de retroceso hacia donde tenderá una vez superada la gripe o cualquier otra agresión externa o interna. Y aun si dejara de fumar siempre será un fumador empedernido pues mantendria una “memoria” activa que le impulsaría a volver a hacer adicto al tabaco con mayor probabilidad que a otra cosa.

Esta circunstancia nos obliga a reinterpretar el termino adaptativo e inadaptativo incluyendo sus aspectos evolutivos. Efectivamente ¿qué tiene de adaptativo para un reptil desarrollar alas? Es verdad que las aves actuales son un acierto evolutivo, pero ¿fue así para los primeros reptiles que las desarrollaron? ¿Cuántos ensayos y cuantas especies fue necesario eliminar para dar con el diseño ideal? ¿Para qué les sirven a las gallinas las alas? Es evidente que muchas veces un diseño determinado ha resultado seleccionado por la evolución no por resultar adaptativo sino todo lo contrario: por ser profundamente inadaptativo, caótico y quizá por poseer la capacidad de generar nuevas adaptaciones en relación con la capacidad de propiciar cambios. Las alas se desarrollaron probablemente para saltar trayectos cortos o quizá también como resultado de la selección sexual como un atributo de atractivo. Los plumajes ostentosos o las alas demasiado largas pueden resultar un hándicap de cara a los depredadores pero quizá un motivo de seducción para las hembras, si fuera así deberíamos entender que la selección sexual poseía mucha mas potencia que la selección natural, aquella que da ventajas a los más fuertes o más adaptados.

Fumar es desde el punto de vista de la vida del individuo inadaptativo, pero es desde el punto de vista del cerebro del fumador muy adaptativo, en tanto que tiende a preservar las condiciones iniciales del sistema a través de la retroalimentación negativa que busca corregir la desviación de la abstinencia, vomitar es un hábito incomprensible para muchas personas pero probablemente aumenta la percepción de atractivo o competencia para una bulímica que lucha contra su peso y que previamente se ha dado un atracón. No hace falta recurrir al modelo placer-recompensa porque sabemos también que este modelo está puesto en tela de juicio a partir de las evidencias de que en ocasiones el habito tóxico no se acompaña de experiencias iniciales placenteras, por ejemplo un hábito tóxico puede haber empezado y ser mantenido (al menos al principio) porque incrementaba la percepción de atractivo o autoeficacia a pesar de resultar aversivo en si mismo. No hay más que recordar las malas experiencias con nuestros primeros cigarrillos o con el alcohol para entender que el modelo placer-recompensa no puede explicar nuestra tendencia a iniciar hábitos que al menos al principio resultan displacenteros. Para un fumador fumar es siempre adaptativo (retorno a las condiciones iniciales), mientras que dejar de fumar es disadaptativo (crea una nueva estructura disipativa), dicho en términos energéticos para esta persona fumar gasta menos energía que dejar de fumar, es más entrópico, disolutivo y homeostático, va en la misma dirección de la entropía, es decir de la disolución y por supuesto de la muerte: el supremo orden.

Lo contrario de disolución es la disipación, un movimiento energético de máximo gasto de energía, antientrópico como el crecimiento, el aprendizaje, la reproducción o el cambio. Disipación es sinónimo de plasticidad, de una clase de cambio que “disipa” o pierde energía e información y que sitúa al individuo frente a un nuevo nivel de organización, impredecible en si mismo. Si en la disolución es la represión-control el mecanismo que mantiene controlada la energía aquí es la transformación-desvalimiento el motor energético, pero también la transgresión y la ganancia de subjetividad secundaria a un viaje hacia lo desconocido.

Es interesante recordar que en términos informacionales el proceso de disipación es también el contrario de disolución, mientras en este se acumula o pierde información en los procesos disipativos se descarta información necesariamente. Un ejemplo es la diferencia que existe entre la vida orgánica y la materia inorgánica. Es evidente que la vida orgánica procede de la materia inorgánica sin embargo esta emergencia no utiliza toda la potencialidad de la vida inorgánica sino tan sólo una parte. A este fenómeno se le conoce como reducción evolutiva y en términos informacionales se le conoce con el nombre de navaja de Occam. De la tabla de Mendeleyev la vida se limitó al C. H. O ,N .P .S, Cu ,Fe, K, Na, Ca, Mg y unos pocos más dejando al resto de átomos sin papel alguno en esta emergencia.

La disipación opera pues descartando información y perdiendo energía pero requiere un cierto nivel de masa critica para poderse dar. Desde el punto de vista clínico podemos definir la masa critica como una creencia compartida o una ocurrencia no compartida, en suma una idea-fuerza en el sentido orteguiano. Dejar de fumar por ejemplo sólo es posible a partir de una experiencia fuera de lo común o bien a la penetración de un idea-fuerza que impulsa al organismo hacia un nivel jerárquico de organización de la energía distinto a las condiciones iniciales. Haber tenido un infarto es desde luego una buena razón para dejar de fumar, podemos decir que la masa critica de las creencias en torno al fumar en un individuo se han modificado después de un infarto de miocardio, pero también a partir de la intrusión de una idea fuerza relacionada con el hábito o una catarsis emocional. Las tres: catarsis, nacimiento de una idea fuerza o aumento de la masa critica (imitación), por ejemplo de personas que creen en lo mismo son los mecanismos usuales de transformación de las condiciones iniciales en una estructura disipativa que tiende a construir un nueva estabilidad con una nueva correlación de fuerzas.

La mayor parte de las enfermedades que padecemos tienden a la regresión, es decir a la restitución o retroceso, la recuperación de las condiciones iniciales, sin ningún tipo de secuela. Existe un atractor poderosísimo que hace que las cosas vuelvan a su cauce después de un ataque externo o interno. Pero este mismo atractor es el que hace que los hábitos se perpetúen y que las costumbres devengan leyes inmodificadas para los individuos, también su resistencia innata a los cambios. Sin embargo no es posible esperar que una gripe nos cure del hábito de fumar o que unas fiebres curen una trastorno obsesivo-compulsivo. No es posible esperarlo pero tampoco es posible descartarlo porque sabemos que unas fiebres pueden curar una esquizofrenia y también las convulsiones. ¿Pero a qué clase de curación nos estamos refiriendo?

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