¿Qué es el sexo?


La reproducción sexual representa un hito evolutivo desde el punto de vista de la supervivencia y diversificación de los genes individuales que evolucionó a partir de la isogamia y la progresiva especialización de algunas células (las más grandes) en nutritivos gametos femeninos mientras que las más pequeñas – las masculinas dotadas de flagelos- se especializaban en el movimiento. El éxito de la reproducción sexual está relacionado con la singular manera en que los genes del macho y la hembra se barajan para formar un nuevo ser, que aun siendo hijo de ambos progenitores no era idéntico ni al uno, ni al otro. La reproducción sexual supone una pérdida del 50% de los genes en cada progenitor y aun así esta forma de replicación se encuentra ampliamente implantada y consolidada en la naturaleza debido a que la recombinación asegura la óptima dispersión de genes débiles o mal adaptados y el predominio de genes fuertes – mejor adaptados- en la siguiente generación. Mas que eso, representa la forma de diversificación más potente de todos los rasgos genotípicos de ambos progenitores, una revolución que implicó tanto al reino animal como al vegetal, representando el éxito de las fanerógamas una simetría con la sexualidad de los animales.

En este post voy a hablar de la sexualidad desde dos puntos de vista: el primero será desde el punto de vista de la maquina intencional que da cobertura no sólo a sus propios genes heredados en partes iguales de sus padres, la segunda a los aspectos subjetivos que dirigen los planes individuales con respecto a la procreación, el apareamiento y el deleite sexual.

La evolución carece de planes.-.

Los genes carecen de planes, se limitan a desplazar a sus alelos rivales y a disponerse después de la meiosis para ocupar el mejor puesto de salida en la fusión sexual de ambos gametos. La reproducción sexual se realiza al azar, en el sentido de que un gameto masculino cualquiera y distinto a los demás alcanzará al óvulo depositado en las trompas de Falopio, aunque ese espermatozoide y ese óvulo ya hayan “decidido” en la meiosis el “barajado” idiosincrásico que les diferenciará de otros espermatozoides y de otros óvulos. Todo espermatozoide y todo óvulo son diferentes de los demás: se trata de una combinación única y de su fusión resultará un ser que además será completamente distinto, irrepetible a cualquier otro ser que pudieran concebir esos mismos progenitores. Las combinaciones son pues infinitas.

Estos genes, después de la fecundación dirigen el proceso de formación del embrión, dedicados en exclusiva a una tarea arquitectónica y de crecimiento celular formidable que no se detendrá hasta la adolescencia: el momento en que se deja de crecer de una forma programada. Es entonces cuando la maquina sexual comienza a dar señales de vida y lo hace a partir del comienzo de un programa metabólico que pone en marcha con la secreción de hormonas sexuales, mensajeros químicos que informan a todo el organismo que ha llegado el momento de aparearse preparando al testículo para la formación de espermatozoides, al ovario para la producción de óvulos y a las glándulas suprarenales para que viertan una segunda vía de síntesis de hormonas sexuales que afecta en realidad a todo el organismo desde el eje hipofisario-tiroideo-gonadal..

En realidad las hormonas no son sino una señal de que el juego puede empezar, pero ¿de qué juego se trata?

Se trata de un programa innato, de un programa genético que induce al apareamiento y al cuidado de las crías. Un programa asimétrico que se encuentra asentado en las especies superiores de una forma desigual entre machos y hembras, siguiendo la misma lógica de especialización que dividió a los gametos en femeninos, aquellos grandes, escasos, inmóviles, nutritivos y altruistas, de los masculinos, pequeños, abundantes, móviles, egoístas y no nutritivos que requieren para esta movilidad de un medio abundante en azucares de donde obtener la energía para su movilidad.

Machos y hembras tienen cerebros diferentes.-

Un programa desigual que induce distintas conductas según el individuo portador, haciendo de los machos seres errantes y promiscuos, dedicados periódicamente – según el celo de las hembras- a una continua búsqueda de coitos y apareamientos, cuanto más numerosos mejor y de las hembras una conducta adaptada sobre todo al maternaje, vinculado en ellas de una manera inexorable con el propio apareamiento.

Una relación desigual que incidirá notablemente en las conductas gregarias de las hembras y de las relaciones de los machos entre sí.. Machos y hembras pueden optar y de hecho optan en muchas especies por la promiscuidad, como en otras optan por harenes y en otras por la monogamia, sólo que la “cruel atadura” (Trivers 1972) en los vivíparos penaliza a la hembra con embarazos periódicos de una cría que nace y crece en su propio vientre y que no puede delegar en otros para su crianza..

La promiscuidad sin embargo no solamente penaliza a las mujeres sino también a los machos con bajos niveles de testosterona que no podrían competir con “los machos viriles” al poseer aquellos mayor volumen y movilidad espermática

Una lógica de las máquinas sexuales que parece replicar absolutamente al egoísmo de los genes: en los machos replicarse lo más posible y tratar de pasar a la siguiente generación el mayor número de genes propios, de igual modo sucede en la hembra con el handicap de que ella debe hacer un balance entre el número de hijos y cuidados, aunque la cuestión reproductiva la tiene asegurada desde que llega a la pubertad así como la titularidad de sus genes en sus hijos.

Aunque las hembras tienen una penalización evolutiva en cuanto a las cargas de “nursing” tienen dos beneficios suplementarios: no tener que rivalizar demasiado para reproducirse, más el beneficio de saber con absoluta certeza de que sus hijos son suyos, que pertenecen al linaje de sus propios genes.

Una certeza que los machos no pueden tener, mientras la maternidad es una certeza, la paternidad se produce por tanteo, ningún macho puede estar seguro de que en los hijos de su mujer sobrevive su linaje genético.

El plan del macho es pues asegurarse el mayor numero de coitos, con el mayor numero de hembras a fin de conseguir en esa lotería genética un buen lote de crías suyas. Aunque sólo con esto no es suficiente, precisa además de otra estrategia que le asegure que sus hembras no copularán con otros machos, porque de ese modo ¿cómo discriminar a sus hijos de los hijos de otros?

Si la hembra está atada por la crianza de sus crías, la atadura del macho no es menos despreciable: necesita asegurarse un buen harén de hembras con las que copular en exclusiva y mantener a los intrusos a distancia. Generalmente en la especies organizadas en harenes los machos logran este objetivo mediante la adquisición de un determinado rango y a veces y además mediante el control de un determinado territorio.

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