Flagelantes


En 1643 aparece una monografía consagrada a la flagelación, cuyo título era “De usu flagrorum in re veneria et lumborum renunque officio” (Del uso de los flagelos en la actividad venusta y en el oficio de lomos y riñonada) de un tal Meibonius.

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Según Meibonius, la flagelación estimulaba la potencia sexual porque estimulaba la región sacra, que es donde se encuentran las terminaciones nerviosas y están las vesículas seminales y sus ramificaciones. Los golpes provocan calor en la zona aludida y de ahí nace la actividad seminal y la erección. (L. A. de Villena, Las perversiones, pg. 58)

Más tarde el marqués de Sade parece que plagia al propio Meibonius en su relato de Juliette:

El dolor de las partes fustigadas sutiliza y precipita la sangre con más abundancia, atrae el espíritu a los órganos reproductores, un calor necesario para consumar el acto de libertinaje.

Es decir, se consideró históricamente que la flagelación era una especie de afrodisíaco en su versión más ligera, un correctivo teñido de erotismo explícito en las medianas y un castigo severo en otras indisciplinas graves. Petronio en la Ducutiana aporta una recomendación doméstica del uso del látigo:

A una mujer melancólica

por falta de ocupación

frotadle el culo con una ortiga

y rebosará de pasión

La flagelación es una actividad antiquísima y bárbara que se utilizó en la Grecia clásica, para fortalecer la virilidad de los muchachos, en Roma como una especie de carnaval vinculado a la fertilidad y en casi todo el mundo como castigo y corrector educativo. Una actividad ubicua que no fue en absoluto abolida por la cristianización. Antes al contrario, el cristianismo, con la precipitación del goce erótico vinculado a la santidad, lo perfeccionó hasta el paroxismo, extendiendo su uso como penitencia y adosándole un elemento erótico que persiste hasta nuestros días.

Las epidemias de flagelantes en el siglo XI o de convulsionarios en el XVIII, suponen hitos de la histeria colectiva vinculada a la identificación con los sufrimientos del hijo del Hombre. Sigue siendo un misterio del por qué en lugar de renegar de ellos la Iglesia Católica, propició estos fenómenos y los democratizó convirtiéndolos en una virtud cristiana.

Quizá esa transmutación del castigo pagano hacia una actividad de imitación de Cristo esté en la raíz de la adherencia de un goce, que en otro nivel de expresión se negaba: el goce sexual propiamente dicho.

Así fue, hasta la conocida irrupción de Kraft-Ebing que depositó definitivamente esta práctica, en la nosología psiquiátrica. Y ahí sigue.

En algunos países como Inglaterra, ha persistido el uso del látigo encapsulado en la instrucción de generaciones de adolescentes. Ian Gibson en su libro, El vicio inglés, desvela (denuncia) lo extendido de esta actividad, aunque más con fines de divulgación, que de profundización en el fenómeno. En España, la corrección por azotes fue abolida por ley, emanada de las Cortes de Cádiz, pero en la propia Inglaterra y Alemania se asistió a un resurgimiento de este castigo durante el siglo XIX, tal y como relata Luis A. de Villena en su libro Las Perversiones.

¿Afrodisíaco, castigo, virtud cristiana, placer o perversión sexual? Estos han sido los paradigmas en los que se ha movido el gusto por la flagelación.

 

 

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