Espiritualidad y eternidad


Toda espiritualidad, sea religiosa o laica, se basa en la suposición de que existe “un más allá”, es decir, un más allá de la vida, que no es necesariamente un lugar. Esta suposición no sólo tiene consistencia en las creencias religiosas, donde se supone existe un Paraíso (un lugar), un Nirvana (un estado mental) eterno, sin sufrimientos, ni calamidades, sino que a veces toma otras formas no tan corpóreas de representación. ¿Qué es sino el afán de trascendencia de un escritor? ¿No es Bach de alguna manera inmortal? ¿No es la obra de Gandhi susceptible de ser catalogada como un logro universal?
¿Es esto lo que quiere decir Gibran Jalil Gibran, cuando habla de la eternidad?
Un solo instante más,
Un momento de reposo en el viento
Y otra mujer me dará a luz


El afán espiritual del ser humano viene definido por su propia conciencia de finitud y de incompletud. Freud consideraba que la religión no era sino un premio de consolación para los temores y los sentimientos de soledad intrínseca y de desamparo que acompañan a los humanos desde el principio hasta el fin de sus días, sólo compensados por pequeñas ilusiones que nos mantienen ocupados, sin pensar demasiado en nuestra propia muerte, que siempre vemos lejana, como si fuera algo que no va con nosotros, a pesar de saber conscientemente que es la única seguridad que podemos albergar frente a nuestro destino.
Con independencia de que la explicación de Freud sea o no verosímil, los humanos apasionados que renuncian al placer o a la comodidad individuales, lo hacen persiguiendo un ideal fusional, que a veces se alimenta de una creencia religiosa. En otras, es una motivación profana.
Efectivamente, la motivación religiosa no es condición indispensable, a veces el amor es en sí mismo la panacea que el hombre opone a la muerte, como podemos observar en este soneto anónimo medieval:

SONETO A CRISTO CRUCIFICADO

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, señor; muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No tienes que me dar porque te quiera,
pues aunque cuanto espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

(Anónimo Siglo XVI)

Donde podemos intuir que la recompensa de la vida eterna no siempre es la única razón que mueve a un místico, sino que quizá el mismo acto de la entrega altruista, total y sin condiciones a una causa, a una persona, o incluso a una idea estética, puede estar en la base de la experiencia. Del mismo modo que el Mal por el Mal acaba convirtiéndose en Bien, el Amor por el Amor precisa de sacrificios y de restricciones: de inmolaciones individuales.
Esta línea de pensamiento, sin embargo, no pertenece a ninguna religión especial, está en todas ellas, tal y como señalan los teóricos del sufismo. Según Robert Graves, el sufismo es la enseñanza secreta contenida en todas las religiones. El conocimiento no se obtiene sino con el amor, tomando a este en el sentido poético más abstracto, no como el amor físico de la cópula con un amante ni como el amor familiar o conyugal por más perfecto que este sea sino como la devoción a un Pantocrator, por más enloquecida o por más irracional que su conducta nos pueda parecer. Un Amo que sabe perfectamente lo que hace, porque:

El placer es un canto de libertad pero no es la libertad (G. J. Gibran)

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