Mito, sueño, trance


El mito, junto con el sueño, la ficción y el trance, participa de un mismo lenguaje que para entendernos llamaremos mentalés (Dennet, 2000) y que se basa en la metáfora, un tropo de semejanza o comparación. No existen diccionarios de este idioma, ni un juego de sinónimos o antónimos; su traducción al lenguaje consensuado de cada uno de nosotros es pues aproximativo pero intensamente intuitivo, la interpretación del mito precisa de una cierta aproximación hermeneutica al que los médicos estamos acostumbrados por nuestra formación. Todos construimos sueños con la urdimbre de lo cotidiano, de las cavilaciones diurnas o desde la matriz de lo mítico que muchas veces confundimos con la patología, porque a veces lo mítico parasita a la patología del mismo modo que a la normalidad, algo que suele suceder cuando lo histórico es insufrible.
Hijos como somos de Helena e Israel, no es de extrañar que sean los mitos griegos y hebreos quienes habiten nuestro centro y que de ellos tomemos prestados los actores personales de nuestro drama particular, incluyo aqui a las narraciones que son originales del autor: su novela personal.
Hace unos 4000 años a orillas del mediterraneo emergieron casi simultáneamente dos de los libros más importantes acerca de la cosmología y la génesis del mundo; me refiero naturalmente a la obra de Hesíodo, la Teogonia, y a una obra coral de enorme trascendencia e influencia: la Biblia, un libro que no puede atribuirse a un solo autor, libros escritos y no libretos simplemente trasmitidos oralmente que emergieron en circunstancias muy parecidas, en entornos muy cercanos y que contienen puntos de vista diversos acerca del tema de nuestra procedencia –origen– y destino común. Pero no hay que caer en la tentación de pensarlos como dos puntos de vista absolutamente diferentes: aunque es verdad que el dios de los griegos, Zeus, parece distinto al Yahvé judío, sus semejanzas son más numerosas que sus diferencias: no podía ser de otra manera porque en realidad todas las cosmogonías son muy parecidas y los mitos construidos sobre el origen del mundo o del periplo del hombre absolutamente paralelos, bien se trate de mitos germánicos o nórdicos, chinos, polinesios o indios: todos participan con distintos nombres y distintas peripecias aleccionadoras de un “recuerdo” arcaico común a los que se añaden pliegues y repliegues de la subjetividad humana.
Este parecido tiene que ver con la evolución de la conciencia humana – sólo lo consciente es humano– y sobre todo con la ganancia de subjetividad, siempre arrancada al inconsciente, ese granero o almacén de posibilidades prácticamente infinito que hunde sus raíces en la noche de los tiempos, en lo arcaico y lo numinoso que ocupa su centro, la noche ancestral. A lo largo de este blog el lector podrá apreciar como el mito se plagia a sí mismo como un fractal, se hace más complejo al dotar a un héroe determinado de nuevas subjetividades que se añaden evolutivamente como capas de cebolla a una idiosincrasia compartida en cualquier cultura y sobre todo: se comporta como un poderoso atractor que le dota de una cercanía absoluta con las gentes de hoy y con sus problemas y sufrimientos, al mismo tiempo que dota a nuestra motivación de la energía necesaria para llevar a cabo un proyecto determinado señalando a veces de forma muy certera los recursos que se hallan disponibles para que el individuo se cure a sí mismo o mitige su dolor. En la narración está pues la fuerza para escapar de la narración.

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