Entre los lobos, yo


Los lobos comen, devoran a sus presas, saben como elegirlas, tambien saben cazar utilizando estrategias militares, saben si prefieren éste o aquel sabor, pero no saben que han de comer, que es necesario para ellos, innegociable devorar a otros para seguir viviendo. En realidad los lobos no saben que morirán de cualquier manera, hagan lo que hagan, que sólo pueden aplazar su muerte si siguen su instinto, esto es, cazar, comer, devorar y copular.

El “conatum” de Spinoza, o sea la supervivencia, esa fuerza que nos impele sin saber por qué a comer, matar y copular es en realidad una pulsión instintiva sin explicación, se explica no obstante a si misma, pero los lobos ignoran el significado de las pulsiones de Necesidad, simplemente las acatan. Los humanos como nosotros sin embargo tenemos la posibilidad de representarnos tanto la comida como la muerte, poseemos el poder del simulacro y podemos fingir que las ignoramos.

Sabemos que nos moriremos y sabemos que el sexo nos gusta, que ambas cosas nos provocan placer, pero lo sabemos de un modo simultáneo con su contrario:sabemos que moriremos, por más que comamos o por más que copulemos. Copular-comer está invariablemente unido pues a la idea-representación de la muerte, por eso hemos inventado la gastronomia y el erotismo, por eso hemos socializado el acto de comer y por eso “la jodienda no tiene enmienda”, aunque apenas podamos disimular que no sabemos que la muerte aguarda en lo que comemos y en lo que copulamos.

Para comer hemos de matar, para copular hemos de aceptar nuestra incompletud dispuesta en la reproducción, ni siquiera somos capaces de reproducirnos enteros, hemos de mezclarnos con alguien y compartir fluidos y subjetividades, es necesario negociar y asi y todo sólo podremos reproducirnos de mitad a mitad: he aqui la pequeña muerte del orgasmo que es la antesala de la otra, de la verdadera.

Es por ello que las ideas de muerte, erotismo y comida (con tres heridas vengo) están necesariamente unidas en el recuerdo, en algun tipo de registro prehumano que no pertenece a la conciencia individual. A nivel personal comer y matar – la muerte- se encuentran bastante disfrazados, ya no necesitamos hacer una matanza para alimentarnos de carne, basta con ir al supermercado a buscar el chuletón envuelto en aseptico celofán, una asepsia que parece que nos separa del hecho en si, que aquello que vamos a comernos fue antes un ternero.

¿Pero donde está el ternero entonces?.

No ha muerto, nadie lo vió morir, ha desaparecido que es aun peor, porque el muerto puede conjurarse pero ¿qué hacer con aquel que se muestra en su ausencia? ¿cómo colocarle la etiqueta de chivo expiatorio a aquello que ha perdido su forma animal?. Si, ha desaparecido,. y esta es nuestra culpa primoridal por muy escondida que se encuentre en las estanterias del supermercado. Y eso que Freud ya lo dijo, “La culpa es anterior a la falta”, pero nadie le creyó.
En su aspecto más profundo la negativa a consumir carne supone la negativa a matar y morir que forma parte de la ciclicidad inherente a la vida humana. Hasta los dioses cuando consumen carne o alimentos humanos se convierten en vulnerables: se encuentran sometidos a las mismas leyes fundacionales de lo humano, asumen la culpa primordial de aquellos que hemos aprendido a hacer desaparecer lo existente y quedan sometidos como nosotros al transcurso del tiempo ingresando en el reino de Cronos, el tiempo que hace desaparecer a los seres.
Es por ello que la culpa primordial no es en absoluto un hecho individual, antes al contrario se trata de una culpa ligada a la especie, a la esencia de lo humano, donde todos somos culpables, no importa el lugar que ocupemos en el rito de la matanza, desde el aguador, hasta el pastor, el matarife o el sacerdote que oficia la liturgia asesina sobre el toro, todos, todos, somos culpables incluyendo al toro. Se trata de una culpa pues compartida, una culpa distributiva, de la que solo pretenden salvarse aquellos que no participando del rito abrazan la religión órfica, aquella que dice “Abstenerse de matanzas”, se trata de un culto de abejas y bellotas que sólo a medias consigue esconder detrás de un velo, siempre existe un velo que oculta la divinidad, el designio divino. Pobres ingenuos: tampoco ese tipo de alimentación les hace inmunes a la culpa transgeneracional, arcaica que traspasa fronteras y libres albedrios, porque en realidad el libre albedrio se inventó más tarde y quizá tenga relación con el éxito de las religiones monoteistas al liberar al ser humano individual del eterno sacrificio con el que se relaciona con los dioses, con todos los dioses y los toros, fuente de proteinas tan necesarias. Simplificar su número fue un acierto y un ahorro en el consumo de energias para saber a qué dios se ofendió en cada momento, a cambio hubo de inventar una nueva vuelta de tuerca: el hijo de Dios hubo de volver a poner orden y ofrecerse el mismo en sacrificio para liberar a la humanidad, de ahi su éxito y tambien su funesta consecuencia: la culpa se instaló en el cerebro individual y allí sigue, es desde allí que la transportamos como un fardo que vamos pasando de cuerpo en cuerpo hasta encontrar al voluntario de nuestra estirpe que lo lleve “voluntariamente” encima, por eso escribimos poemas que son a la vez formas de exorcizar nuestra certeza más absoluta: desapareceremos. Y por eso la culpa no tiene fin, aunque puede ser transformada, para después ser de nuevo inventada de nuevo y reciclada. Los amores de Io y de Zeus precisan de seis generaciones para terminar amortizándose, ahi termina la maldición del toro, que aparecerá inevitablemente de nuevo a la menor oportunidad.
Hablo de lo humano, por eso la tarea de los hombres es negociar con esa culpa y encontrar soluciones politicas, porteadores del ánimo que se ofrezcan voluntarios y seguir adelante portando cada uno de nosotros el fardo como modernos Sisifos, si es posible transformados en jarra de agua, en Sisifos aguadores.

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