Por qué las mujeres se deprimen y los hombres se drogan


En sus estudios con primates Chance en 1970 observó que existían dos clases de mecanismos competitivos, los agonísticos que se establecen en situaciones muy jerarquizadas que se llevan a cabo mediante la amenaza o intimidación, un modo competitivo que sería millones de años más antiguo que la competencia hedonística: aquella que se establece a través de la seducción o el atractivo y que evolucionó probablemente desde situaciones donde la competencia agonística había sido desactivada o no era necesaria. Más tarde Price (Price 1992) elaboraría su teoría de la rivalidad social a partir de estas observaciones, en la que se basó también Brown (Brown et alt 1986) en su conocida teoría sobre el origen social de la depresión
Ambas estrategias tienen el mismo objetivo: obtener un mayor rango social y disponer de un mayor número de hembras con las que copular, lo que asegura una mayor supervivencia y un mayor numero de descendientes, mientras la primera obtiene estos bienes desde la lucha y la defensa de la supremacía en el clan, la segunda admite ciertos matices que proceden del atractivo o del liderazgo que otros seguirán sin que medie imposición alguna por parte del dominante
En el siguiente esquema vemos como el eje vertical va desde la posición de dominancia hasta la posición de sumisión dependiente del rango y en el eje horizontal encontramos un claro ajuste social en la izquierda y el aislamiento social en la derecha así como las estrategias conductuales que presiden cada uno de los distintos cuadrantes: en la derecha, huida (flight) , una pulsión que activa los instintos de defensa que tienen que ver con el miedo y más abajo el escape social (withdrawal) que estaría relacionado con una conducta de desapego, introversión o esquizoidia. En la izquierda y en el centro el atractivo como foco conductual desde el que arranca en el plano horizontal la pulsión gregaria y más abajo en el eje del rango la conducta de docilidad o apaciguamiento (yielding), una situación donde se ubican los perdedores de la competencia agonística, mientras en la derecha podemos ubicar a los perdedores de la competencia hedonística. Ni que decir tiene que los que están debajo albergan autoconceptos y autoestimas más bajos que los que están arriba y que los que están a la derecha, presentan mayores disfunciones del tipo de la impulsividad y del juicio de la realidad que los que están a la izquierda.
Chance observó que en el modo agonístico, el número de individuos dominantes y subordinados se mantenía constante merced a oscilación critica y que determinados individuos se escindían del grupo para evitar los ataques de los individuos dominantes. Este tipo de conducta que Chance denominó “escape revertido” era típico de los conflictos agonísticos jerárquicos, que contrasta con la libertad individual de quedar aparte dentro del propio grupo o dejarlo de vez en cuando, cosa que es posible esperar en el modo de competencia hedonístico.
El modo agonístico prevalece cuando el potencial para la rivalidad está presente pero inhibido, como resultado, los individuos permanecen en un estado de tensión psicológica, aunque la agresión física queda de este modo preservada.
Parece apropiado incluir la competencia agonística como el paradigma de agresión ritualizada entre machos (Moyer 1976) En este sentido se ha considerado que los trastornos depresivos vienen filogenéticamente derivados de programas seleccionados de rango y de apego, un conflicto que es posible observar mayormente entre los hombres, lo cual nos lleva a preguntarnos entonces ¿por qué es más frecuente la depresión en las mujeres?
Es evidente que existen respuestas biológicas y sociales a esta pregunta. Desde el punto de vista evolutivo es posible especular que hecho el balance entre ventajas y desventajas reproductivas y de supervivencia, los machos saldrían muy mal parados en sus puntajes evolutivos con respecto a la depresión que siempre aparece en la edad reproductiva. Efectivamente, la depresión disminuiría el éxito reproductivo de los machos más intensamente que en las hembras , dado que la reproducción necesita mas determinación, energía e iniciativa en el macho que en la hembra. En consecuencia los machos depresivos se reproducirán menos que las hembras depresivas (Stevens y Price 2000). En otras palabras la presión selectiva para la depresión está limitada por el efecto de la depresión en la reproducción, lo que explicaría que la depresión fuera más común en las mujeres que en los hombres.
El mismo argumento sirve para explicar la otra cara de la moneda: ¿por qué los hombres consumen más substancias tóxicas, comenzando por un mayor consumo de alcohol que las mujeres?. Existen evidencias de que el consumo de substancias no ejerce en los hombres un menoscabo en su atractivo o rango, así como tampoco influye en su éxito reproductivo. Aun más existen evidencias de que determinados machos pueden ser elegidos a partir de sus hándicaps físicos (Zahavi 1995) o psíquicos.
Gilbert sostiene que el apego ansioso que Bowlby describiera predispone a una sensibilización del sistema opioide que a la larga puede conducir a conductas adictivas del tipo del abuso de sustancias, drogas o alcohol, donde es posible adivinar como el individuo se mueve en las relaciones de rivalidad entre machos en la línea horizontal adoptando el modelo hedonístico y revirtiendo su agresión hacia sus padres, esposa o sus hijos, mientras va desplazándose cada vez más hacia la derecha cuando está sobrio a través de mecanismos de retirada social y donde sólo el tóxico parece capaz de desplazarle hacia una cierta integración social en su grupo ; paulatinamente la baja autoestima o depresión de derrota se instalan entre los periodos críticos. Un movimiento oscilatorio que podría explicar la tozuda y conocida negación y falta de insight que parece evolucionar simultáneamente con el grado de deterioro físico y psíquico del drogodependiente, que apela a la dominancia y a la lucha (fight) junto a su huida del modelo del yielding característico de las mujeres que no tienen – a diferencia de los hombres- demasiados escrúpulos en mostrarse débiles o necesitadas.
Si es cierto que los conflictos agonísticos acerca del rango están implicados tanto en la depresión como en el consumo de tóxicos (Gilbert 1989), es cierto también que la conducta agonística puede ser empleada por los machos para dominar a las hembras, así como también formar parte de los conflictos de rivalidad entre hembras (Abed 1998). Efectivamente, en los conflictos maritales es más frecuentemente el macho quien domina a la mujer, por lo que esta se encuentra forzada a activar las subrutinas del yielding o apaciguamiento o del helplessness o desamparo y a sufrir sus consecuencias emocionales.
Sin contar la rivalidad del postparto que las hembras tienen que dilucidar con sus crías, la mujer está sometida además a una depresión por deprivación (de sexo, oportunidades o actividades sociales) y es por tanto mayormente vulnerable a las pérdidas, o a las amenazas de perdida de sus figuras de apego, mientras que los machos son más sensibles a las depresiones de derrota (Stevens y Price 2000)
Naturalmente, la teoría del rango (Price 1967) no debe interpretarse en el sentido social más convencional del término, sino en la percepción subjetiva del rango, es decir del lugar que un individuo ocupa en una virtual escala social, los lugares a los que aspira pero a los que sabe nunca podrá acceder y sobre todo los descensos percibidos en relación con conflictos competitivos en esa escala. De no ser así, sólo tendrían depresiones los pobres o los parias y sabemos que las depresiones están representadas en todas las clases sociales, que no se corresponden simétricamente a la percepción individual que los individuos suponen que ocupan en dicha jerarquía, sobre todo en los conflictos que derivan de haber perdido en la confrontación en las relaciones agonísticas que expulsan al individuo hacia abajo en la jerarquía social.
En este sentido la depresión tendría un valor adaptativo sugerente en tanto que puede servir para retirar energías de empresas o actividades sin rendimiento (Nesse 1999) a la vez que devolvería al perdedor un cierto control sobre su situación y su ambiente. Se ha insistido mucho sobre todo desde posiciones psicoanalíticas y con mayor énfasis en las sistémicas acerca del enorme poder paradójico que puede acumular una persona enferma (Price & Gardner, 1995). En relación con la depresión es evidente que podría corresponderse con estos mensajes:
– Uno hacia los dominantes en la jerarquía, algo así como “ no compito con vosotros porque estoy enfermo”
– Otro hacia los iguales o los pares “ no compito con ellos porque estoy enfermo”.Un control sobre el ambiente que es posible completar con la suposición de que la activación del yielding por si sólo no puede mantener una situación crónica de enfermedad. Es necesario además que el individuo convierta su trastorno del humor en una secuencia comunicativa adquirida mediante el trasiego pragmático del síntoma y el entorno (Berrios 1995), del modo más eficaz para sus fines que puede incluir la disforia ( una cierta hostilidad manifiesta) o la ansiedad (el apego ansioso). Es necesario además que alguien – el psiquiatra- opere la necesaria abreacción, mediante el proceso del diagnóstico que comunicacionalmente hablando no es sino una forma de negociación y cuyo objetivo es en todos los casos lograr detener la espiral o la cascada sintomática que harían el proceso irreversible.

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