Patrones de activación y mi pareja: ¿carismático o disoluto?

Por Rosana Peris Pichastor

Nos referiremos a las parejas para desarrollar este título, pero podría servirnos cualquier fenómeno que pueda representarse el individuo; anticipando además que el desenlace y las acciones consecuentes dependerán de la representación mental que tengamos de la relación de pareja. Y señalar también que, aunque la dimensión conductual no está exenta de valor, aquí nos centraremos en hacer una propuesta del perfil y estructura de las representaciones mentales (información organizada sobre algo).

En esta dirección, al igual que ocurre con otros fenómenos sociales, la visión que un individuo tiene de la “relación de pareja” es fruto de los diferentes procesos ontogénicos de socialización. Siendo a través de las prácticas culturales (familia, grupos de iguales, centros de trabajo, etc.) como la persona incorpora el conjunto de creencias y valores de lo que entiende como “relación de pareja”. Estos a prioris funcionan a modo de heurísticos prescribiendo comportamientos referidos a dicha relación. Al ser modos de aprehender la realidad suponen el desarrollo de un proceso de conocimiento vía representación, que conlleva un cómo y un quién elabora el contenido de esas representaciones significativas.

Como proponíamos al referirnos a otros procesos sociales, las representaciones de la relación de pareja presentarían un sostén individual, aunque en este proceso significador la persona es un sujeto “socio-constructor”. Y es social porque la propia naturaleza del sujeto lo es y porque, además, es innegable la relevancia de la función significadora de la cultura que, envolviendo las prácticas y formatos de interacción social de pareja, determina los diferentes significados a aprehender por la persona.

Así, las representaciones mentales de la pareja serían creencias y valores, y por tanto concepciones a priori, que actúan a través de un proceso atribucional de búsqueda de significado. Al ser socioconstruidas, incorporamos los significados sobre la pareja ligados a la transmisión generacional y también el contenido de las teorías científicas al uso. Además, estos significados convencionales se van configurando en visiones alternativas del fenómeno, de las cuales asumimos algunas como propias.

Con lo señalado hasta el momento podemos proponer que las personas construimos representaciones individuales de la relación de pareja de carácter episódico que llegan a alcanzar carácter semántico, con un contenido convencional, organizado y coherente, y que funcionan con gran flexibilidad para adecuarse a las demandas contextuales y personales de quien las sustenta.

Sin embargo, cabría afinar más y proponer un perfil de las mismas que nos sitúe ante qué clase de representación de conocimiento es más adecuado para su descripción. En esta dirección, proponemos que la información se organiza a modo de “representaciones dinámicas de conocimiento” y por tanto asumiremos una perspectiva conexionista para explicar cómo se estructura esa representación en la memoria.

Así, a partir del modelo de los Trazos Múltiples de Hitzman (1986) y utilizando el concepto de memoria primaria y secundaria de William James (1890), podemos aventurar que cada hecho de relación de pareja experimentado por el sujeto se transforma en “un trazo o propiedades primitivas de memoria”. Estos “Trazos de pareja” son propiedades primitivas que recogen los aspectos sensoriales, emocionales y relaciones elementales abstractas de cada experiencia vivida. Cuando el sujeto experimenta de nuevo una situación similar, lejos de incorporarla al trazo de pareja existente, vuelve a convertirla en un trazo diferente. Aquí es importante señalar que la experiencia se almacena sin significado abstracto; éste emerge en el momento de la recuperación de   la información.

De este modo, en el proceso de recuperación, una interacción con la pareja es una representación activa en la memoria primaria que se propaga en paralelo a los trazos de la memoria secundaria. La activación se produce por la semejanza de los trazos de la memoria secundaria con la representación activa de la memoria primaria. Sin embargo, en este proceso de propagación pueden activarse solo trazos semejantes al estímulo (patrón reiterativo) o pueden también activarse trazos que no se asemejan al estímulo, incorporando información de otras experiencias. El resultado de este patrón particular de activación es la representación de qué está ocurriendo en aquella situación, cuya intensidad será el resultado del número de trazos activados y el grado de semejanza de los trazos con la experiencia. El contenido semántico, que se configura en el momento de la recuperación, será el “patrón de activación” que resulta de los trazos de relación de pareja activados en la memoria secundaria. Es importante destacar que la mayoría de las veces, por la gran fuerza de las conexiones entre los trazos activados y la densidad de los mismos, los patrones se recuperan casi como un esquema que filtra la percepción de la interacción.

Por su parte, en el proceso de activación de los trazos influyen tanto las demandas ambientales como las necesidades del sujeto y por ello, ante situaciones semejantes si se producen cambios motivacionales, éste puede representarse la experiencia de modo diferente. Esto explicaría que en la escena de una fiesta en la que hay hombres interesantes con los que flirteo, y mi pareja hace lo propio, significaré la velada como divertida y fructífera. Sin embargo, si en la fiesta no hay hombres que llamen mi atención (o yo no les intereso a ellos), interpretaré que la noche ha sido terrible y mi pareja un crápula irrespetuoso, etc. La figura siguiente reflejaría la base estructural y el proceso de activación del patrón:

Por tanto, podemos suponer que las representaciones (patrones de activación) presentan un carácter transitorio. Su estructura se definiría por una extensa red de trazos episódicos de propiedades primitivas (sensaciones, emociones y relaciones elementales abstractas) de cada experiencia vivida. Ante una nueva situación, el procesamiento de la información se realiza por medio de un “proceso de resonancia” que distribuye la información en paralelo, activando los trazos correspondientes. La representación de relación de pareja que resulte será el promedio de la intensidad y significado del patrón activado, las características de la tarea, la motivación del sujeto y las demandadas ambientales. Habitualmente, y ante una situación dada, los patrones de activación son reiterativos, desencadenando patrones conductuales sistémicos.

Sin embargo, es innegable que los humanos aprendemos y evolucionamos vía modificación de la representación (ampliación de conciencia, cambio dos para los sistémicos, etc.). Así, el aprendizaje y cambio representacional no se produce por modificaciones estructurales. Los nuevos trazos no corrigen los anteriores, sino que amplían la base de experiencias sobre la que se configuraran nuevas representaciones. Esta ampliación permite sintetizar “patrones de activación” diferentes y más elaborados, que explicarían el cambio de representaciones. De este modo, la activación de trazos vía propiedades compartidas con la representación activa se propaga también hasta otros trazos con propiedades no semejantes que hacen que se incorpore a la representación nueva información (aprendizaje asociativo).

En consecuencia, y a modo de ejemplo, estos patrones de activación más elaborados darían como resultado que la semántica de la 2ª situación descrita anteriormente cambie: mi  pareja no es un crápula sinvergüenza, sino que la velada se ha presentado desnivelada para ambos. Hay mujeres interesantes para él y no hay hombres interesantes para mí, pero no  hay “cabrón” o “cabrona”.

Por tanto, más que responder a la pregunta, podríamos disolverla señalando que las personas en una interacción son disolutos y carismáticos, y que la saliencia de uno u otro dependerá del “patrón de conexiones” que se active ante una estimulación, y cuyo significado, lejos de estar previamente almacenado, se elabora (dependiendo del ambiente y/o la motivación) en el momento de recuperar la información, produciéndose la transformación representacional por sumatorio o producto de las activaciones.

5 pensamientos en “Patrones de activación y mi pareja: ¿carismático o disoluto?

  1. “Cuando el sujeto experimenta de nuevo una situación similar, lejos de incorporarla al trazo de pareja existente, vuelve a convertirla en un trazo diferente.”
    “Esta ampliación permite sintetizar “patrones de activación” diferentes y más elaborados, que explicarían el cambio de representaciones.”
    Magnífica exposición, Rosana. Las citas anteriores me llamaron mucho la atención porque son como una pieza de puzzle que completa el enigma de cómo una interrelación no se re-edita sino que se meta-edita.
    “Los nuevos trazos no corrigen los anteriores, sino que amplían la base de experiencias sobre la que se configuraran nuevas representaciones.”
    Creo (creo) que la segunda parte de esta proposición (“…sobre la que se configurarán nuevas representaciones”) es lo que quise decir el otro día nosedónde (FB?): el entorno transforma la experiencia, y ésta nuestro entorno (etc. etc.). La experiencia ampliada modifica nuestras siguientes percepciones/representaciones, sí.
    Bravo bravísimo.

  2. A mi me parece muy acertada la apreciación de Rosana. Creo que hay una regla general válida para la cuestión tratada, y es la de “liberarse de todas las representaciones mentales”, que no son más que formas de almacenamiento empaquetado en clústers que ahorran recursos de procesamiento, pero a costa de la imprecisión de un vacuo prejuicio, que es perjudicial en tanto que no es reprocesado a la luz de la experiencia directa e inefable, sino a través de representaciones de otras representaciones ya procesadas que, como agua estancada, contaminan cualquier experiencia conviertiéndola en juicio. Hemos de observar que todo juicio es en realidad prejuicio.

  3. Un poco tarde para contestar, pero entre ponencias de cooperación y murgas gaditanas he estado enredada en otros espacios ;-). Ana, coincido contigo en que la relación se “meta-edita” y esto ocurre solo cuando hay cambio. Yo diría que la relación es una dialéctica entre la re-edición (entropía) y meta-edición (negentropía) y que perdura mientras predomina la meta-edición (aprendizaje y transformación). Cuando se polariza en la re-edición… caput! (aunque pueden seguir muerta de por vida).

    Agustín, en cuanto a lo que dices de que convertimos las experiencias en juicios, no puedo estar más de acuerdo. Tenemos un ego soberbio que se autoproclama juez, por derecho autoatribuido, re-editando la relación en el plano de la complementariedad (jerarquía: juez y acusado). No obstante, este mismo ego es a la vez espontáneo (que curioso que el antónimo de soberbio sea espontáneo) y es desde la espontaneidad que la relación entra en el plano de la simetría y permite la meta-edición de la experiencia directa y, por tanto, transformadora. Aunque me temo que mucho re-edita y poco meta-edita.

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