Felicidad y estados felicitarios (II)

La experiencia personal no es un continuo sino un transcurso presidido por la discontinuidad.

Es por eso que solemos tener noticias bien precoces sobre la infelicidad.

Discontinuidad en las pérdidas, en los duelos, en los descensos del rango percibido. La vida nos obliga a rupturas biográficas, cambios de domicilio, de amistades, de vida, de pareja, profesión u ocupación. Exilios, discriminaciones, humillaciones, traiciones, abandonos.

Nuestra vida está presidida por la discontinuidad o lo que es lo mismo por contactos puntuales con la infelicidad. Discontinuidad no es una simple adversidad sino eso que divide nuestra vida en un antes y un después: una ruptura biográfica.

Y paradójicamente no podriamos conceptualizar la felicidad sin la infelicidad, el dolor o el displacer. Y tampoco sin la voluptuosidad del placer.

Al contrario de lo que sucede con la idea de felicidad todos estamos expuestos a las condiciones inhumanas de la infelicidad y por tanto del displacer y el dolor. Tenemos la experiencia de infelicidad simultáneamente con experiencias aisladas de placer y es por eso que podemos llegar a construir ese constructo que llamamos felicidad.

La felicidad sería imposible de imaginar sin estos dos ingredientes fundamentales: dolor y placer. Pero más allá de eso, la felicidad no es reducible ni al placer ni al dolor. Es algo más.

Tampoco es reducible a la sonrisa (como la imagen que preside este post) o a la risa como proponen algunas terapias ingenuo-alternativas, ni siquiera a los consejos que se exponen en una larga literatura de la felicidad, esa que se conoce con el nombre de literatura de autoayuda. La felicidad no se deja apresar fácilmente por instrucciones a seguir, ni por emociones a provocar. No, la felicidad es un intangible y no una agencia de viajes ni una manual de preceptos o ejercicios.

Y responde a una de esas paradojas que presiden lo humano. Somos un simio que al mismo tiempo que persigue la felicidad propia no puede dejar de abstraer una felicidad universal.

Y no es un concepto fisiológico sino filosófico.

Estamos pues condenados a habitar ese intersticio: vivir en ese lugar donde podemos gozar de una experiencia felicitaria subjetiva mientras imaginamos que en otro lugar existe otra felicidad mayor y trascendente: se trata del motor que impulsa el deseo hacia una constante búsqueda -infructuosa casi siempre- si nos la planteamos como un descubrir algo que siempre estuvo alli esperando a que lo encontráramos. La felicidad no nace, se hace.

Lo cierto es que los estados felicitarios individuales no parecen tener conexión alguna con la felicidad como concepto o clase. Para un cocainómano es la cocaína la felicidad y para un comilón es la comida, para un fan del Madrid es Cristiano Ronaldo metiéndole goles al Barça y para un fan de la escalada un nuevo reto en forma de montaña.

Lo malo que tienen estos placeres individuales es que proporcionan una experiencia de felicidad limitada, un placer que se desvanece en cuanto termina la acción de la droga o la emoción ligada al hecho felicitario. Y que inducen nuevas búsquedas, nuevas dosis de lo mismo a pesar de que cada dia la tolerancia placentera disminuya y sean necesarias dosis mucho más potentes de estos afrodisiacos quimicos o emocionales.

Y que a medida que repetimos la experiencia placentera nos lleva frente a la evidencia de que nuestra paleta de posibilidades placenteras se reduce, es lo que se llama saliencia y que ya conté en el post anterior. Se trata de que nuestro sistema de placer se especializa en una recompensa determinada y se hace follower solitario de la misma. El placer opera pues abriendo y más tarde reduciendo la paleta de posibilidades de la felicidad.

Significa que nadie podría llegar a ser feliz o ni siquiera plantearse qué es la felicidad o aspirar a ella sin experiencias voluptuosas previas. Y al mismo tiempo nadie puede llegar a ser feliz si es prisionero de una cualquiera o en exclusiva de esas experiencias placenteras.

La felicidad requiere pues variedad en los modos de complacerse y sufrir.

Variedad es pues la primera condición, la segunda es sin duda la intensidad del placer o del dolor, lo que se traduce en términos de necesidad. Ninguna persona apresada por las necesidades más perentorias para la supervivencia puede llegar a ser o a imaginar una felicidad distinta al cese de sus privaciones o malestares. Tal y como podemos observar en la pirámide de Maslow, la felicidad aparece como concepto siempre después de comer, no hay felicidad con un estómago vacio o con necesidades vitales urgentes. La felicidad en este sentido es una experiencia cumbre, una experiencia de autorealización.

Existen muchas versiones sobre la felicidad, que proceden de distintas filosofías y épocas, pero para no ser demasiado exhaustivo en esta exposición remitiré al lector interesado al reciente libro de Gustavo Bueno “El mito de la felicidad” donde el lector podrá explorar las concepciones que desde el pensamiento perenne nos han legado las diferentes mentalidades que la filosofía universal ha ido catalogando.

Personalmente me inclino a creer que la felicidad es un estado de ánimo más relacionado con lo metafísico o lo ontológico que con lo fisiológico, que tiene que ver con dos concepciones bien distintas sobre lo humano. La primera es el concepto de eudemonium de los estoicos y la práctica de la virtud. La virtud ejercida como práctica de la razón y relacionada con el viejo concepto de eutimia de Demócrito: nada en exceso.

La felicidad no es la simple ausencia de dolor, enfermedad o displacer tal y como suponian algunos griegos ni una tétrada de caminos como los que Aristóteles -a modo de un guru de la new age- planteó en Etica a Nicomaco sino la práctica de la virtud por si misma.

La segunda posición que he elegido es la que planteaban los gnósticos. No se trata de una virtud descarnada y sin alma, reducida a seguir preceptos de forma ciega, sino de una virtud que obtenga su recompensa en el conocimiento: la fe y la gnosis deben ir de la mano para alcanzar la salvación, es decir la felicidad según los canones cristianos que ya de entrada descartan el que pueda ser encontrada en esta vida.

De esta opinión fue santo Tomas de Aquino, y tenia algo de razón puesto que el tema de fondo, es decir el vinculo entre la felicidad y los estado felicitarios sigue sin haber sido discriminado. No sabemos qué es la felicidad sabiendo de forma muy precisa lo que nos hace felices de forma intermitente.

Para mi la clave de este dilema está precisamente en el caracter atemporal de la felicidad en contra del carácter temporal y desbordante del placer.

Tal y como podemos contemplar en este gráfico inspirado en el concepto de tiempo segun Zubiri, la memoria no sirve solo para recordar sino para anticipar el futuro. El ángulo se cierra -se desborda- en la posibilidad de recordar pero está abierto de forma infinita en el extremo de las posibilidades de anticipación-imaginación que proceden del cortex de nuestro lóbulo pre-frontal Y es en el ahora donde confluyen ambas tendencias inherentes a nuestra memoria. Es sólo ahora cuando podemos ser felices.

Lo cual implica que la felicidad es no solo atemporal, sino también un fenómeno acausal y sobre todo: no es algo que se descubre sino algo que se tiene instante a instante y que se renueva gracias a la memoria que mantenemos sobre el placer y el dolor que hemos gozado en distintos momentos de nuestra vida y que podemos reeditar a través de la atención y la intención.

La felicidad es aquello que nos sucede entre estado felicitario y estado felicitario, aquello que acontece entre dolor y dolor y no es transcurso sino instantaneidad. es pues inutil ir a buscarla porque está ahi, aqui.