Celos


Etimología y ubicación nosográfica de los celos.-

Aunque todos parecemos estar seguros de saber de qué estamos hablando cuando hablamos de los celos, esta evidencia de sobreentendidos se desvanecerá al visitar el diccionario, allí nos encontraremos con una primera sorpresa: la palabra celos no existe en el diccionario, al menos en el de Maria Moliner como sustantivo.

Existe la voz, el adjetivo celoso/a y el substantivo: celo, el afán con que una persona se ocupa en mantener algo que le pertenece. En otra acepción, celo es el periodo de tiempo en el que la hembra de una especie dada es disponible sexualmente, periodo que suele coincidir con la ovulación periódica. Existen palabras relacionadas como recelo: aquella actitud de temor o desconfianza ante cierta cosa que se sospecha que puede ocultar algún peligro o inconveniente, que parece vincular a los celos con una emoción relativa a la desconfianza o a la sospecha.

En este sentido, los celos son un sentimiento que no parece tener una única acepción e interpretación, sino un cluster de sentimientos, emociones y conductas relacionadas con un temor y quizá sea esta la razón por la que también en psiquiatría se encuentra desubicado, limitándose a una sola categoría clínica como emoción central: las celotipias delirantes de la paranoia o los trastornos delirantes. Sólo forzando la nosología podríamos teorizar los celos como una obsesión – una idea intrusiva-, más allá de eso no existe otra ubicación posible para los celos y los celosos. Ni existe otra referencia en los sucesivos DSMs a esta patología tan frecuente, reconocible y ubicua.

La razón de este enmascaramiento nosográfico es, tal vez, el hecho de que resulta difícil tratar una línea divisoria clara entre lo que consideramos celos normales de los patológicos. Pero este argumento es un poco débil porque también la pena puede ser normal y sin embargo existen múltiples ubicaciones nosográficas para la depresión: una forma de pena exagerada, incomprensible o extemporánea.

Esta desubicación de los celos lleva aparejada una nueva omisión, la incapacidad para el clínico de etiquetar aquellos celos que sin llegar a ser delirantes son lo suficientemente tormentosos o atormentadores para el paciente como para ser incluidos en una categoría nueva. Las celotipias no delirantes simplemente no existen en psiquiatría, a pesar de que forman parte de un buen numero de pacientes que solo a través de otro tipo de diagnóstico pueden entrar en contacto con la psiquiatría de forma profesional y ser de hecho filiados y tratados. Esta imposibilidad de etiquetado supone la casi imposibilidad académica de realizar estudios controlados con los celosos y no hay que olvidar que una de las ventajas que se le atribuyó a los manuales operativos de Psiquiatría, (esos consensos de opinión), era la posibilidad de formalizar y uniformizar la investigación. Será por eso que en la literatura existen tan pocas referencias a los celos, prácticamente ninguna si descontamos las celotipias delirantes propias de la paranoia o del alcoholismo.

Celos y propiedad amenazada.-

De la descripción del Maria Moliner ya podemos intuir que los celos o mejor el celo tiene que ver con la propiedad privada, con el sentido de posesión. El mismo vínculo que una persona puede tener con su ganado, sus tierras, su dinero o su territorio. Como diferencia con la envidia se puede concluir que los celos son o representan el temor a perder algo que se posee, mientras que la envidia (o codicia) es el deseo de poseer algo de lo que se carece. Celos y envidia – sin embargo- comparten un territorio, un terreno común que muchas veces se yuxtapone y en otras converge en una actitud, hipervigilante, temerosa, hostil o hipercrítica de imposible ubicación nosográfica. Muchos autores suponen que ambos sentimientos no son innatos: celos y envidia son posibilidades de carácter que proceden de un territorio común que podríamos llamar para entendernos, paranoidismo.

Celos y psicoanálisis

Los celos son efectivamente un temor, no se trata de una idea o de una abstracción, se trata de un dolor. Freud distinguía dos clases de celos.

1.- Los celos infantiles, fraternales que surgen como consecuencia de la competencia entre hermanos por los cuidados de la madre. Aunque Freud supuso que estos celos eran normales no hay que olvidar el legado de Cain, el primer homicida por celos de este tipo. La característica de estos celos es que no tienen nada que ver con la sexualidad, se pueden sentir celos del trabajo de una persona, de nuestros hijos, en tanto que nos separan o desplazan de una atención preferente en relación con el objeto de amor, también de nuestro hermano en tanto obstáculo para una relación de privacidad con alguno de nuestros progenitores.

2.- Los celos sexuales son para Freud siempre patológicos, en tanto el desplazamiento proyectado de una conflictiva interior se hace sobre otra persona, generalmente la pareja. Una conflictividad que Freud atribuyó a la homosexualidad inconsciente y cuyo origen se hallaría en una inversión del sexo del sujeto:

1) Yo le amo, (se reprime)

2) Ella le ama (se proyecta, aunque después de la inversión pronominal)

Naturalmente, la hipótesis de Freud no ha sido nunca confirmada (o refutada) desde fuera del psicoanálisis. Sin descartar que en algunos casos la “homosexualidad latente o inconsciente” pueda explicar determinadas conductas celosas, es evidente que no vale de forma universal para explicar toda clase de celos.

De hecho habría incluso que separar las percepciones distorsionadas por la proyección de las propiamente paranoides. En este sentido es posible que los celos de un homosexual cumplan esta característica de inversión y proyección, pero no toda proyección es paranoide, ni tiene que ver con la homosexualidad latente o manifiesta.

El otro en mi

Otra de las características de los celos es la intensa alienación del que los sufre. Si eliminamos a los celos delirantes que siempre suponen una certeza de infidelidad, los celos pueden entenderse como el tormento que procede de una instancia que siempre se siente ajena al sí-mismo.

En mi opinión esta es una de las diferencias fundamentales entre los celos delirantes y las celotipias no delirantes, la vivencia de extrañamiento. Esta alienación fue formulada por Jung de un modo más completo que Freud. Para Jung los celos o cualquier vivencia de extrañamiento eran consideradas como las formas sutiles de manifestación de la Sombra, es decir el negativo de la personalidad. Para Jung el inconsciente no estaba formado tan solo por lo reprimido, sino -y en esto consiste lo original de su formulación- en lo irrealizable, en aquella parte de la personalidad que se reprime en tanto en cuanto su concienciación entraría en conflicto con la Persona, es decir con la máscara social que preside nuestras relaciones con la realidad. Una de las cualidades más interesantes de la Sombra es que contiene en forma de espejo las potencialidades opuestas de la persona, en este sentido podemos afirmar que la Sombra es siempre de sexo contrario a la Persona y traduce las instancias que han sido reprimidas por la conveniencia pero que pugna por emerger a cada instante debido a sus conflictos con la Persona.

En este momento de la argumentación me gustaría hacer una pregunta que pudiera redireccionar mi divagación. ¿Son iguales los celos de los hombres que los de las mujeres?

Me haría falta ahora una definición mejor de los celos y para ello no tengo más remedio que contemplar las innumerables variedades de interpretaciones que se han hecho desde diversos campos, desde la antropología, hasta la psicologia cognitiva.

Para mi, lo más importante de la pregunta anterior son quizá las preguntas que sugiere, preguntas a la que responderé con antelación ¿De quién se tienen celos, cuando se tienen celos?

La ambigüedad

Una de las características de los celos es la ambigüedad. En un triángulo amoroso, donde por ejemplo hubieran dos hombres y una mujer, y uno de ellos (de los hombres) estuviera celoso, ¿de quien estaría celoso?¿ del otro hombre o de la mujer? Traten ustedes de completar una frase para indicar los celos de este hombre y caerán en la cuenta de que resulta complicado de describir o articular con las herramientas de nuestro lenguaje. Se dirá con cierta celeridad que el hombre celoso, quiere mantener su exclusividad sobre la mujer, pero este argumento no nos aclara acerca de quién es el objeto de los celos, si la mujer que se supone en exclusiva o del hombre rival que amenaza con substraer a la mujer.

Los celos como disuasión

En este sentido podemos afirmar – desde el punto de vista de la supervivencia de esta emoción arcaica- que una de las funciones de los celos es precisamente el asegurar una cierta exclusividad en la relación de pareja, pero son precisamente a través de los celos como muchas personas llegan a agredir e incluso a asesinar a sus parejas, que son por otra parte el bien a preservar. Podemos intuir en esta afirmación, pues, una contradicción, claro que se podrá decir que se trata de un caso extremo, pero indaguen ustedes en la biografía de un celoso y encontrarán numeras conductas de tortura psicológica, agresiones y toda clase de sevicias en la manera de relacionarse con sus parejas. No hace falta ver qué ocurre en la gran patología para advertir que el celoso llega a torturar psicológicamente a sus parejas, restringiendo siempre su libertad, aun en los casos más leves o neuróticos implantando en ellas su propio tormento interior.

Los celos han sido interpretados por los antropólogos como una forma de disuasión. En efecto, si la pareja es una institución social a conservar, los merodeadores y los intrusos que amenazan con destruir esa unidad formal que la pareja representa deben ser alejados.

La sexualidad humana necesita de un cierto control y reglamentación. Ninguna sociedad hubiera podido sobrevivir en condiciones de una ordalía continua. Para Bataille, estos límites se imponen a partir de una instancia prohibitiva prehumana y transcultural que induce a mantener las comunidades en estados productivos y laboriosos. Así en “El erotismo” afirma:” “cuando se transgrede estos limites se siguen verdaderos desordenes comunitarios”

Para Bataille los límites que deben preservarse se refieren al reparto de mujeres como un bien social a preservar. En este sentido los celos como disuasión del que hablan los antropólogos resultan comprensibles desde una optimización de la estabilidad social transmitida por la costumbre e interiorizada por los sujetos individuales que componen esa cultura determinada, generalmente comunidades agrícolas asentadas, no nomádicas, el lugar donde – supuso Engels – la propiedad nació y pudo ser a su vez legada, más allá de la muerte individual.

En este sentido hay que concluir que los celos representarían una conducta arcaica demostrativa que vendría a poner limites a los merodeadores y podría interpretarse como un cortocircuito para evitar que la agresión llegara a mayores. Naturalmente esta interpretación, un poco en línea etológica explicaría los celos de los hombres primitivos de aquellas comunidades, pero no nos aporta nada de los celos femeninos, ni de los celos que aun se tejen en las sociedades complejas, donde aunque la exclusividad de la pareja ha pasado a ser un lujo, (en el que muchos creen, aun) basta con observar como ha cambiado el mundo con la incorporación de la mujer al mundo del trabajo para caer en la cuenta de que la exclusividad ha terminado.

Claro que aun se mantiene la ilusión en la posibilidad de una exclusividad sexual de por vida, o al menos mientras la pareja monógama se aviene a seguir siendo pareja, hasta que cambia por otra. La monogamia sucesiva parece que se ha adaptado bien a ese ideal intocable en el imaginario que es la exclusividad de por vida (vida como vida para el hombre o vida de la pareja para la mujer liberada), un ideal adosado a nuestra concepción del amor romántico aun vigente.

Amor y celos

Los celos se han relacionado con el amor casi siempre como un ingrediente que añade algo de picante a los escarceos de los enamorados y como una prueba de la legitimidad y veracidad del propio proceso de enamoramiento y galanteo. Pero….”lo que cuando éramos novios era delicioso, de casados es un tormento” como declara un paciente anónimo que parece no ser consciente de que los celos para que se produzcan precisan de la legitimación de alguien.

Un hallazgo de la teoría sistémica interesante es el carácter legitimador de los celos respecto al amor: si alguien es capaz de sentir que los celos son un ingrediente inevitable del amor, está condenado a sufrirlos impositivamente de por vida, porque ya ha comunicado a la pareja celosa que sus celos operan como un relé en sus expresiones amorosas interpersonales. La cascada celotípica que pueda acaecer a partir de ese momento estará condicionada por múltiples factores, entre ellos ese cluster biológico que heredamos de nuestros ancestros los monos y que tiene como objetivo defender la territorialidad, pero también de ese metamensaje que comunica “tienes celos porque me amas” o, “es precisamente por los celos, por lo que sé que me amas” Del mismo modo que todas las anorexias comienzan por una dieta, los celosos comienzan su escalada delirante con una legitimación. Una legitimación que procede del ideal de amor romántico que aun puebla nuestras cabezas postmodernas.

De manera que en nuestra concepción del amor romántico es inevitable que anide la idea de que los celos son una consecuencia y aun una demostración del amor. Lo mismo sucede con la dependencia. El amor puede considerarse como una forma de dependencia extrema, naturalmente en forma simbólica. El ser humano sólo tiene una oportunidad de establecer relaciones de extrema dependencia y sucede mientras es un bebe desvalido (o un adulto incapaz). Nada que ver con la dependencia que acaece en el amor sexual adulto, donde la reedición de aquella primera dependencia no es sino un simulacro de la misma. El miedo al amor procede de esa pérdida que se supone está adosada al amor, sin caer en la cuenta de que el amor, como los celos, no es un hecho sino un constructo social cuya definición, expectativas y patología relacionada sufre continuas modificaciones según las relaciones que – entre sí- tejen los ciudadanos de una época determinada. Pocas veces hemos llegado a entender que el amor romántico, en el que aun creemos, con sus lacras e hitos sublimes proceden del siglo XIX, cuando eran necesarias enormes cantidades de mano de obra para las fabricas suburbanas. Las parejas que se reclutaron para aquella misión debían elegirse mutuamente y tener un cierto sesgo de marginalidad a fin de establecerse lejos de sus núcleos originales de población. Aquella emigración de parias enamorados acabó por constituir el caldo de cultivo del ideal de amor. Un ideal que fue progresivamente mimetizado por las clases más favorecidas, abrumada por el matrimonio por interés, que ya sólo se mantiene entre la realeza.

Amor romántico

Dice el poeta Khalil Jibram :

“Amaos pero no hagaís del amor un vínculo

Efectivamente el amor no debe ser un vínculo sino un don. Si siguiéramos este aforismo los celos desaparecerían de la faz de la tierra, en tanto que, los celos no son sino una cosificación del otro, una cosificación que se hace en nombre de un derecho de propiedad sobre “algo” que se supone nos pertenece. Este parece ser el paradigma con el que se enfrentan los sociedades postindustriales y cuya internalización ha de dar por los suelos con la lacra que Shakespaere describió, como “el monstruo de ojos verdes”. Por que nadie es posesión de nadie, y –aun peor- ningún hombre o mujer puede ser poseído, tan sólo bordeado desde la incompletud que Bataille llamaba el “orden de la discontinuidad” entre los seres humanos.

El amor romántico acabó por echar raíces no sólo entre los parias proletarios, sino en todas las capas sociales como un ideal a alcanzar. Estar enamorado, enamorarse, pasó a formar parte de las expectativas habituales tanto del individuo común como de los príncipes, consecuencia que ha llegado a poner en peligro a la institución monárquica ya de por sí obsoleta y en franco retroceso en toda Europa, donde aún se mantiene el matrimonio de conveniencia, por tradición y desinterés político de los ciudadanos.

Los sesenta: la revolución sexual

Gracias a los avances de la técnica, la píldora anticonceptiva y la secularización de la sociedad civil, desde los años sesenta, ya no es sólo sencillo enamorarse, un lujo al alcance de cualquiera, sino también mantener relaciones sexuales con más de una pareja de por vida. La revolución sexual abrió el abanico de oportunidades aportando la última de las consecuencias para que el amor romántico sufriera una nueva derrota en las mentes individuales o al menos una seria amenaza. Si enamorarse era y es fácil, mantener relaciones sexuales es, ya factible para casi todo el mundo, exceptuando a aquellas personas periféricas o marginales a causa de su apariencia. Lo que no hizo sino contradecir de una manera irreversible nuestro ideal de exclusividad de por vida.

Los hombres fueron educados con la convicción de que era posible y deseable el acceso universal y las mujeres “modernas” crecieron con un cierto complejo de culpa de no ser lo suficientemente “abiertas” a los temas sexuales. Una vez conseguido el derecho al orgasmo, que pasó de ser un tabú a convertirse en una prescripción médica, el punto en el que hoy estamos es: “Una vez conseguido el derecho al orgasmo, ¿qué hacer para renunciar al mismo?

A la mitología del amor romántico se le adosó la mitología del amor libre que acabó desplazando desde la prohibición religiosa o moral hacia la prescripción sanitaria. Pero las cosas no son tan sencillas como parecen sino tan complejas como son. Ni siquiera el comunismo terminó de resolver el tema de las diferencias personales entre los miembros que hacen que unos sean más atractivos que otros y por ello más solicitados, incluso en un mundo libre de mercados. Algo así debería andar pensando Marx cuando en sus escritos afirma:

Oponer a la propiedad privada la propiedad general, puede expresarse también en la forma animal que busca oponer al matrimonio, la comunidad de las mujeres. Este es un comunismo tosco e irreflexivo. La envidia general constituida en poder no es sino la forma escondida en que la codicia se establece o se satisface de otra manera.

O sea que de libertad sexual nada de nada. Como afirma Bataille la comunidad de mujeres como bienes sociales que son, debe ser protegida de la envidia o la codicia de los hombres, este parece ser el truco.

Pero mientras tanto, ¿qué pasó con las mujeres?

Los celos femeninos

Sucedió que las mujeres a través de los movimientos feministas acabaron por hacer suyo el modelo (la lacra) posesiva masculina y por imitación terminaron por renunciar a su identidad más profunda, alimenticia y dadora y receptora de bienes entrando a formar parte de la competitividad masculina en igualdad de condiciones. Ultimamente, existe una cierta rectificación formal que conocemos con el nombre de “feminismo de la diferencia” que de ningún modo representa un viraje en esa algarabía de modelos fundidos y refundidos en nuestro imaginario común que yuxtapone:

  1. El amor romántico como modelo ideal a alcanzar, es decir una pareja exclusiva de por vida.
  2. En medio de una sociedad sin tabúes donde todo (cualquier oportunidad de goce es legítima) está permitido y cualquier mujer es de hecho accesible.
  3. En una sociedad donde la mujer ha desertado de su rol protector para la prole y del hogar que ha pasado de ser de un nido de amor a un lugar de paso (Gergen).
  4. Sin una moral colectiva que se oponga al deseo individual, el sujeto no tiene más remedio que dirimir en su interior las consecuencias de este conflicto echando mano de sus mecanismos individuales de resolución de conflictos. El dilema ha pasado de ser un problema social de control de individuos a un tormento intrapsíquico donde los celos son sólo una de las posibilidades de expresión.

Psicología de los celos

Desde el punto de vista psicológico individual los celos correlacionan con dos factores: uno es la dependencia ya mencionada y otro es la inseguridad o el temor. Cuando se dan los dos juntos en un mismo individuo podemos llegar a afirmar que estamos frente a un celoso/a en potencia. En mi opinión existen aun dos factores individuales que predicen de manera notable un carácter celoso y son: la historia de miedos infantiles y la vivencia de inadecuación.

Los celos son un temor, un temor que toma el relevo en innumerables miedos y fobias infantiles ya caducados que pueden o no tener alguna relación con la vivencia de inadecuación. Esta vivencia de inadecuación es, en gran parte, también un constructo social dado que su consideración subjetiva va desplazándose de un lugar a otro en función de la consideración social que tomen determinadas diferencias individuales. Sin embargo y tal como han señalado desde Marx a Margaret Mead estas diferencias individuales no desparecerán nunca, ni por tanto las preferencias, aunque muden en función de los dictados de la moda, lo que equivale a decir que siempre habrá personas con más éxito que otras y que esas otras estarán expuestas a sentir celos infantiles, envidia, celos sexuales o todos a la vez.

La fealdad o la minusvalía física que en otros tiempos reclutaran entre sus miembros a aquellos individuos con sentimientos inadecuados más intensos, hoy han sido desplazados por la mitología de la delgadez. Lo que explícita de manera muy gráfica como van modificándose los sufrimientos individuales y también las razones para sentirse inadecuado en un mundo donde los valores están ejemplificados en constantes mutaciones acerca de lo deseable o lo rechazable en nuestro aspecto físico.

La mayor parte de la población femenina celosa está hoy oscurecida por diagnósticos relacionados con los desordenes alimentarios o afectivos. Los psiquiatras han constatado el hecho de que los celos masculinos suelen etiquetarse casi siempre como fenómenos psicóticos extremos y acaban siendo tratados con neurolépticos, mientras que los celos femeninos se consideran casi siempre como neuróticos y acaban asimilándose a los desordenes afectivos o histéricos, recibiendo en consecuencia más antidepresivos o ansiolíticos que los hombres.

Este dato nos inclina a intentar responder a la pregunta que más atrás me hacía respecto a las diferencias de los celos masculinos y los celos femeninos.

Pero antes de contestar a esta pregunta incidiré sobre la fantasía concreta que hombres y mujeres tienen acerca de la fidelidad o de la infidelidad.

Hoy los hombres – por lo general- están persuadidos de que cualquier mujer es accesible sexualmente para ellos al haberse derribado los tabúes sociales y en ausencia de una casta de mujeres “consagradas”, es decir no accesibles. Las mujeres por el contrario están persuadidas de que la perdida de belleza, juventud o encanto personal las somete a una exclusión del deseo de los hombres con independencia de que tengan una pareja estable o sean realmente amadas o aceptadas por sus compañeros, se trata de un mandato supraindividual.

Para las mujeres la fidelidad es un valor, mientras que para los hombres es el aburrimiento sexual la principal causa de “infidelidad sexual”. Dicho de otra forma: la pareja humana es un nido de conflictos precisamente por las expectativas que nacen en la desigualdad biológica y psicológica de los sexos.

El objeto de los celos por parte de un hombre es siempre su pareja, mientras que para una mujer el objeto de sus celos son siempre las otras mujeres, lo que introduce un elemento de asimetría entre el imaginario de unos y otras y esclarece el papel de rivalidad entre los varones, una competencia territorial que incluye el cuerpo y la mente de su pareja y cuyo relé es la disuasión demostrativa. En las mujeres esta rivalidad es una rivalidad de prestaciones, una rivalidad comparativa que se intenta manejar mediante el relé de la posesividad.

Dicho de otra manera los celos de los hombres se manifiestan de una forma psicopática de intentar controlar la conducta ajena a través de la agresión, la violencia doméstica o la generación de un ambiente de terror a fin de controlar la conducta sexual de la pareja, mientras que los celos de la mujer recaen una y otra vez en el cuerpo como una forma de modificar, moldear o transformar el propio cuerpo, como vemos en las formas mas graves de anorexia o bulimia.

Con ello no quiero decir que los celos femeninos no puedan estar presentes en otras formas psicopatológicas, sino que encuentran en estos desordenes un refugio seguro y legitimo donde “colgar” este malestar que no es sino una contradicción cultural, una más.

Si el amor y los celos no son sino conductas basadas en expectativas diseñadas por la cultura es posible que estos desórdenes puedan ser considerados como trastornos étnicos, en el sentido de Demaret o Devereux :

    1. Son fácilmente mimetizables
    2. Responden a contradicciones en los modelos de comportamiento interpersonal en una cultura dada.
    3. La sociedad responde ante ellos de una forma ambigua, alentando por una parte la respuesta que se espera (en este caso del celoso) y legitimando las consecuencias de los mismos (baste como ejemplo la forma en que se dirimían los litigios de celos en comunidades como Sicilia).

Se ha señalado que en algunas lenguas africanas la palabra celos es sinónimo de la palabra poligamia (Shapera, 1939), por la facilidad con que las esposas múltiples de un varón ejercían su derecho a quejarse de celos cuando su compañía en el tálamo conyugal era desplazada por una esposa más joven que pasaba a ser depositaria de las atenciones del esposo polígamo.

¿Desaparecían los celos entre las mujeres si se alcanzara un estatuto de igualdad económica con el hombre?

Es comprensible que las mujeres de un harén se sintieran “celosas” unas de otras, pero la situación no parece mejorar con la monogamia, aunque es cierto que los celos están pasando de moda como un mecanismo inútil que ya no sirve para mantener la exclusividad de una relación de por vida, pero también es cierto que las mujeres que comparten vida marital con un solo hombre pueden sentirse aliviadas de sus deberes conyugales con la llegada de esposas mas jóvenes al tálamo nupcial y que en determinados casos, una nueva esposa es una compañera con la que compartir afanes, sobre todo en las sociedades primitivas y agrícolas, donde las mujeres desempeñan un importante rol en la producción de bienes alimentarios.

Lo cierto es que muy probablemente los celos son hoy un “genoma lag” es decir una conducta demostrativa que ha perdido su función de control sobre el territorio o sobre la progenie, más allá de eso, los hombres si quieren mantenerse sanos y longevos tienen que multiplicar sus escarceos sexuales con más de una mujer y las mujeres tendrán que renunciar a sus ideales románticos y multiplicar sus encuentros con hombres jóvenes y fuertes si quieren conseguir rejuvenecer. Cómo compatibilizar esta receta taoísta tan antigua como la humanidad con nuestros ideales industriales y románticos y sobre todo con la seguridad que el matrimonio monógamo ofrece a la mujer es un enigma que no me comprometo ahora a resolver.

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21 pensamientos en “Celos

  1. Yo una vez estuve intentando discernir esto, María Inés, y llegué a la conclusión de que la envidia es deseo de algo que no es exclusivo, mientras que los celos son hacia algo que o es para uno o para otro. Ejemplo: puede tenerse envidia del coche del vecino porque podríamos tener ese mismo coche y, aunque otros miles tengan ese modelo, eso no obstruye nuestro disfrute. En cambio el niño tiene celos del hermanito porque siente que este le “roba” el amor de su mami (en los celos sexuales imagino que el mecanismo es parecido: una mujer tiene celos de la amante del esposo porque cree no poder compartirlo).
    Mis felicitaciones, Rey. Buenísimo.

  2. PS: la liberación femenina es un ideal como de artificio, la mujer perdió sus papeles en los 60 (con la anti-baby como detonante, como opina usted) y de paso se los hizo perder al hombre de hoy, que ya no sabe por dónde va.
    Voto por la receta taoista y por los harenes. El feminismo no tiene razón de ser. Lectura recomendada, por cierto: “El discurso inaugural de la Papisa americana” (Ester Vidal).

  3. Como diferencia con la envidia se puede concluir que los celos son o representan el temor a perder algo que se posee, mientras que la envidia (o codicia) es el deseo de poseer algo de lo que se carece. Celos y envidia – sin embargo- comparten un territorio, un terreno común que muchas veces se yuxtapone y en otras converge en una actitud, hipervigilante, temerosa, hostil o hipercrítica de imposible ubicación nosográfica.

  4. Pensar que yo acudía al gym para rejuvenecer fortaleciendo mis músculos…. A partir de este post, concurriré al gym para rejuvenecer “fortaleciendo las relaciones” con mis jóvenes compañeros de musculación… Para ello, me propongo firmemente renunciar al amor romántico… ( Buaaaahhhhh !!!!!) Probaré la receta taoista…..

  5. Creo que los celos en realidad no representan el temor a perder lo que se posee tanto como el temor a perder “la competencia”…( Quien puede más o mejor que yo?)
    Quien siente celos, más que sentir herido su “amor romántico”, siente herido su “amor propio”.

  6. Basta Ana, siempre donde anda Paco, estas tu por detrás… Esto es algo entre él y yo… Un dialogo nuestro…. Vamos, que tu ya tienes tu blog… (tambien siento envidia porque es muy bueno)… Y la respuesta se la daré sólo a Paco que es mi u n i c o amigo en facebook.
    (Y a no pensar que son celos de amor)

  7. Pingback: Celos, ¿para que sirven?

  8. Pingback: La psicosis postparto « neurociencia-neurocultura

  9. El amor romàntico no existe, el hombre se casa con la mujer que lo exita temporalmente y con la que se siente en un ambiente maternal, cuando la rutina y la constancia llega, el hombre se aburre sexualmente de su esposa , pero continua con su dependencia “maternal” a la que llama amor, la mujer pretende ser exclusiva para el hombre, pero la triste realidad es que la mujer sigue siendo exactamente lo mismo que siempre ha sido, un utensilio familiar.

  10. los celos son muy comunes en todas las parejas. Las mujeres nos enfocamos mas en lo fisico -por que ella tiene mas cuerpo, por que esa amiga tuya tiene mas busto, porque tu otra amiga tiene mas cola- Las mujeres mas que nada domos celosas en todo momento -que estara pensando, con quien estara hablando, a kien esta mirando- Y cuando estamos celosas somos capaces de cualkier cosa. Hay otras (en mi caso) que nos guardamos todo, pero el dia que llenen el vado EXPLOTAMOS, nos descargamos diciendo TODO PERO TODO. Los hombres en general son celosos en el sentido sexual, es decir, se interesan mas kon kien te acostastes, ke kien hombre te parece lindo… we me canse de escribir les dejo mi msn por las dudas ke se yo
    soi.mdmorocha@hotmail.com
    mi face es Paolita walls

  11. Debo insistir en el gravisimo error cometido con relacion al psicoanalisis d elos celos, si bien se habla de la homosexualidad latente no siempre los celos son patologicos, en psicoanalisis Freudiano-Lacanano hay tres tipos de celos, normales, proyectados y delirantes, ojo…

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