Enfermedad mental y poder (IV)
La queja
Hay una amplia tradición histórica en las relaciones de los médicos con la histeria, una de las razones es que las histéricas se quejan usualmente de dolencias que terminan en las consultas de los médicos y se sabe que las enfermedades histéricas son enfermedades que remedan a las enfermedades somáticas, las verdaderas y que por decirlo asi plagian sus “mejores” síntomas, aquellos más dramáticos o extravagantes, sobre todo aquellos que se pueden mostrar.
Usualmente se trata de sintomas neurológicos, paresias, mutismos, cegueras, parestesias dolorosas, parálisis, ataques convulsivos, o desmayos que no responden a ninguna patologia somática y que no siguen tampoco las rutas anatómicas de la inervación, son sintomas cambiantes y proteiformes y sobre todo son síntomas destinados a convocar el interés de alguien. Se trata de la histeria de conversión bien conocida por los médicos y psiquiatras de todo el mundo y que se halla en franco retroceso por razones dificiles de explicar en un post de este tipo. Paralelamente hay otra forma clínica de histeria -descrita por Briquet- y que lleva su nombre tal y como se escribió en este post y que ahora lleva por titulo oficial “el trastorno por somatización” que implica además una cierta “profesionalización” en la demanda, una conducta que se conoce con el nombre de “conducta de enfermedad”, otrora victimización.
Ambas formas de histeria tienen en común la queja, es decir algo que está más allá del daño objetivo y que adquiere la forma de una demanda médica, de una demanda de remedio. Se trata de algo que se le pide al médico, una demanda dirigida a un saber, al poder médico.
Se trata a veces de una demanda exagerada, histriónica y otras veces indiferente pero que siempre delata una impotencia, una incapacidad, un déficit o una falta, un “no puedo” o un “no tengo”.
Pero con el tiempo las quejas se han sofisticado y han cambiado de formas y modos hasta tal punto de que para un médico residente puede resultar imposible discriminar las quejas de los enfermos verdaderos de las quejas de aquellos que simulan -que no fingen- estarlo. Porque en realidad la queja histérica no es una simple mentira sino una simulación, para entender las diferencias entre ambas cuestiones propongo al lector una visita a este post. En esta web hay múltiples ejemplos sobre las diferencias entre ficción, simulacro y realidad.
O a este otro donde se explican las dos formas “de saber algo” que tiene el cerebro humano.
Y que se puede resumir en esta frase:
Toda simulación es verdadera (Eclesiastés) . Lo que es lo mismo que decir que nuestro cerebro procesa del mismo modo lo real y lo simulado.
Lo que añade un nuevo misterio a la histeria puesto que no podemos cerrar el asunto diciendo que una enfermedad histérica es un simple falseamiento de pruebas, signos y sintomas médicos, más que eso la histeria es un enigma, un enigma que se presenta sin conciencia de ello a alguien que posee el poder de desvelarlo, en este caso el médico que hasta hace recientemente muy poco tiempo eran todos del sexo masculino: dos poderes en uno. Dicho de otra forma, la queja histérica plantea un enigma que una mujer suele presentar a un hombre que ostenta cierta forma de poder para demostrar que su poder es en realidad un simulacro de poder y a través de un simulacro de síntoma.
Es algo que se sabe desde que Mesmer descubrió o mejor dicho supuso que el poder de curación de sus artilugios imantados no estaba en sus imanes sino en sí mismo. El se atribuyó fatuamente el poder de curar males histéricos y pagó cara su osadía. Fueron otros, Liébault y Bernheim los que teorizaron sobre la sugestión, el placebo humano, que poco a poco fue aprendido a manejarse a voluntad como instrumento de curación. Hubo que saber más de los métodos mesméricos (que el propio Mesmer ignoraba) y fue así como se puso a punto una técnica para hacer a los individuos sensibles abordables a la misma, me refiero a la hipnosis.
Pero la hipnosis sólo podía curar aquellos males de procedencia histérica y por poco tiempo, los efectos de la sugestibilidad eran precarios y los enfermos volvían de nuevo con sus síntomas u otros distintos. Breuer fue el primero que cayó en la cuenta de que tratando los sintomas histéricos uno a uno y buscando su origen podia disolverlos, pero los síntomas cambiaban de morfología, de aparato y de gravedad, las enfermas volvian a recaer, no era pues a través de la elucidación hipnótica de su origen como podian hacerse desaparecer los síntomas histéricos para siempre. Para aquellos que quieran profundizar sobre la busqueda de Breuer visiten este sitio donde pueden explorar las vicisitudes de Anna O. la celebre paciente tanto de Breuer como de Freud y que inauguró la concepción moderna de la histeria.
Lo que Freud acabo descubriendo es que las pacientes recaían para volver a estar con él, un hallazgo que era demasiado para Breuer. A este hallazgo Freud le llamó neurosis de transferencia y lo que descubrió es que más allá de su origen lo que interesaba desvelar era su significado, su sentido. Desde entonces las relaciones del médico con sus histéricas ya no volvieron a ser iguales. No hubo más remedio que introducir el concepto de relación terapéutica en las relaciones entre ambos sobre todo en aquellas relaciones donde se hablaba de intimidades, un concepto elemental para cualquier psicólogo o psiquiatra actual. La terapia coloquial o talking cure tal y como la bautizó la propia Anna O. introdujo en la medicina un nuevo concepto en las relaciones entre médicos y paciente, la relación personal, algo que inevitablemente iba a disminuir la autoridad del médico tal y como se concebía en aquel entonces, algo inapelable e indiscutible. Y que un paciente no es sólo un ente pasivo receptor de recetas o de exploraciones sino una persona que alberga propósitos y planes que a veces se oponen al sentido común, en suma que el paciente es un ser deseante como el propio médico.
Anna O (Berta Papenheim en la realidad) nunca llegó a curarse del todo en parte porque se hizo adicta a la morfina que le recetaron para tratar sus neuralgias pero venció en su apuesta personal de lograr visibilidad social. Sin saberlo y quizá sin proponérselo conscientemente cambió con sus quejas histéricas el rumbo de la medicina y el destino de los vínculos medico-paciente. Desde entonces cualquier médico sabe que hay un saber en el paciente, un saber que a veces desborda el propio saber del médico y que vale la pena escuchar. Desde entonces también cualquier psicólogo o psiquiatra sabe que vive de sus orejas, que ese órgano es su instrumento de trabajo.
Pero la peripecia de Anna O. y los posteriores hallazgos de Freud acerca de la transferencia no pueden hacernos perder de vista los propósitos que se encuentran ocultos en la histeria, el propósito de vencer en esa confrontación que supone el encuentro entre una persona que sufre y no sabe por qué sufre y el poder de un médico que rastrea el consciente o el inconsciente de su paciente en busca de alguna clave que de sentido a aquel sufrimiento. La histeria no representa una ignorancia sobre el por qué del sufrimiento sino que más allá de eso es un no querer saber, la esencia de la represión, un mecanismo de defensa descubierto por Freud y que se encuentra en la raíz del sufrimiento histérico. Puedes saber más sobre la ignorancia leyendo este post.
No podemos olvidar la cualidad del enigma que plantea la histeria, un enigma acerca de uno mismo, algo cercano al mito de la Esfinge aquel monstruo mitológico que planteaba preguntas enigmáticas a los héroes como Edipo y que sólo desaparecía -moría- cuando alguien resolvía el acertijo. Así sucede en la histeria, los síntomas desaparecen del mismo modo en que aparecieron, a veces -en los casos leves- con la sugestión, con la propia escucha o a través de la atención que se propicia desde una oreja ávida. Pero la histeria esconde otros juegos mas fuertes y sólo aquellas formas que se apoyan en la seducción parecen sensibles a las maniobras sugestivas, otras -por el contrario- se enquistan en una guerra larvada donde el desafío, la confrontación directa o la decepción se instalan cronificando el síntoma o haciéndose refractario e inabordable: una forma de vivir instalada en el sufrimiento.
Naturalmente se puede tener mucho poder desde la invalidez, desde la impotencia o desde la enfermedad.
Toda enfermedad mental tiene un beneficio primario vinculado a la propia enfermedad, en este caso el beneficio del sufrimiento histérico estaría relacionado con lo que se oculta tras el síntoma, el beneficio es no saber lo que se quiso saber. Pero las enfermedades tienen otros beneficios, que conocemos con el nombre de secundarios, se trata de las prebendas, la compasión y simpatía que acumulan, las pensiones y las exenciones que provocan en un sistema asistencial como el nuestro basado en el paternalismo y en la irresponsabilidad individual y las personas instaladas en la irresponsabilidad vuelven a orientar su deseo en relación a la culpa, algo que por sí mismo provoca enfermedades y que paradójicamente y a pesar de la laicización de nuestra sociedad sigue instalada en el inconsciente humano. Estar enfermo no es en absoluto una posición de debilidad, desde una silla de ruedas se puede controlar el ambiente próximo tal vez mejor que andando. La percepción de control que puede llegarse a obtener desde una posición de debilidad es claramente superior en algunas personas al poder que obtendrían estando sanos y activos,
Estar enfermo, como ser viejo, pequeño o desamparado es una posición de poder en sí mismo, algo que puede observarse mejor si descendemos dos escalones mas en esa escalera de desafíos que plantean las enfermedades mentales. En este caso se trata de dos estrategias más duras y potentes pero también mas comprometidas y riesgosas, me refiero a la reivindicación y a la coacción.
Será en el próximo post.


