Enfermedad mental y poder (V)
“Ama a tu prójimo como a ti mismo”
Nuevo testamento
Reivindicación
El origen etimológico de la palabra “reivindicación” no deja lugar a dudas: se trata de una revancha, de una venganza. La reivindicación es una vuelta de tuerca más allá de la queja, ya no es algo que se demanda o se suplica sino algo que se exige o se reclama, pues es un débito que el reivindicador se atribuye como derecho, como pago por algo anterior -real o imaginario- que quedó pendiente.
Las consultas médicas y también el mundo del trabajo son frecuentes escenarios de reclamaciones y de reinvindicaciones dirigidas a un cambio de estatus o de reconocimiento de un mérito o de un malestar, seguramente ambos mundos: la empresa y la medicina se encuentran atravesadas por esa misma intencionalidad de revancha, en un caso porque es en el trabajo donde ocurren las decepciones más importantes con el valor, el reconocimiento o el poder personal y directo y es en la consulta del médico donde se legitiman aquellas derrotas casi siempre en nombre de la enfermedad o la minusvalía y que llevan implícitos correlatos económicos: satisfacciones en forma de bajas laborales y a veces de indemnizaciones Un punto de encuentro donde el sistema judicial, las clasificaciones internacionales de enfermedades mentales y el mundo laboral se dan la mano en perpetuar la irresponsabilidad individual casi siempre acompañada de un “premio de consuelo” en forma de pensión de invalidez.
Un premio que no llega a satisfacer a nadie, porque si fuera cierto que el “enfermo” persigue claramente solo una pensión, después de conseguirla dejaría de quejarse y la experiencia nos enseña precisamente lo contrario, es después de haber conseguido el premio de la pensión cuando el paciente ya ha quedado alienado para siempre a través de su prebenda y ya no puede dejar de quejarse, aunque quizá cambie de queja o la refine. Porque el reivindicador verdadero no busca exactamente una pensión sino una restitución.
Es verdad que el derecho no fue inventado para restituir valores abstractos sino pérdidas concretas en el campo de los derechos individuales frente al Estado. El derecho no tiene una orientación psicológica y de ahí las diferencias de criterio entre la verdad psicológica y la verdad jurídica.
¿Qué clase de restitución es la que busca el reivindicador o el querulante ordinario?
Busca a través del litigio que se le de la razón, aquella que cree que en otro lugar se le ha negado, se le ha sustraído o se le ha escamoteado. La restitución que busca es dejar las cosas en el statu quo anterior al del inicio de todo el proceso, recuperar su autoconcepto, que perdió seguramente después de sentirse atropellado injustamente. Conceptos de moda como el “mobing” dan cobertura legal a este tipo de sentimientos victimarios. (Me refiero naturalmente a las invenciones o la mendacidad querulante)
El reivindicador es un superviviente, un perdedor en la competencia agonística, aquella que se confronta directamente con el poder, el reivindicador es seguramente alguien que ya ensayó con anteriordad la seducción, el sometimiento codicioso y la queja victimaria sin resultado y que ahora quizá después del paso de los años y de haber perdido contractualidad o credibilidad social debido al uso indebido y frecuente de aquellas estrategias tiene que recurrir a una nueva que imponga sus opiniones a los demás. Pues de eso se trata en cualquier reivindicación: de imponerse sin confrontarse sino deslizándose desde una posición de víctima hasta la de un perseguidor encubierto.
Algo que no sólo sucede con los individuos sino con los idiomas minoritarios y las sexualidades periféricas. Tanto el catalán como los homosexuales han pasado de ser perseguidos a perseguidores. De resistir a imponerse, en eso que se llama inmersión lingüistica en un sitio o visibilidad social en el otro y que no es sino la imposición de las excepciones a las mayorías, una venganza, un ajuste de cuentas, una violencia en este caso políitica. Las manifestaciones, las asociaciones y en muchos casos las ONG son el refugio ideal para este tipo de personas.
Curiosamente a esta fiesta se la llama, “dia del orgullo gay”, ¿orgullo?¿no es el orgullo la pasión paranoica por excelencia?
De manera que en la práctica es dificil discriminar las reivindicaciones histéricas de las paranoides pues ambas quedan ancladas en el barro narcicista, en ese pantanal donde la grandiosidad y el excesivo orgullo oscurecen el principio de realidad y generan nuevas irrealidades en el juicio de las personas, algunas de ellas sin llegar a delirar francamente poseen tal grado de fijeza y sobrevaloración de sus opiniones que más bien parecieran psicóticos que simples neuróticos con una exagerada opinión de sí mismos o de su causa.
Aquel que reivindica algo se cree en posesión de la verdad, algo que comparte con el paranoico: la certeza, sin ningún asomo de duda. Más que una creencia el reivindicador es un descreído, se sitúa más allá de la creencia, es un fanático de su propia causa.
Pero no hay que confundir la reivindicación con la rebeldía. La rebeldía es la condición de lo nuevo, el motor de cualquier cambio social o individual. La rebeldía es un “no” y la reivindicación es un “si” que se vende más o menos caro, un “si” condicional, un si para sí mismo, para un punto de vista usualmente sobre algún suceso individual. La rebeldía -el pensamiento lateral- es la condición de la creatividad y es mas una estrategia transgresora que confrontadora o vindicativa, como lo es la insumisión a las reglas injustas que la sociedad o que cualquiera nos dicta. En este post hablé de la personalidad creadora y sus solapamientos con los trastornos afectivos.
El tema de cuanta obediencia y cuanta rebelión son necesarias y justas en nuestras sociedades no es en absoluto un tema baladí y hay que recordar que es uno de esos grandes temas sobre el que han reflexionado grandes hombres como Cicerón, republicano convencido que tuvo que vivir la peor época de la Republica romana: durante la guerra civil entre Pompeyo, Cesar y Marco Antonio, su posición se decantó al final por este ultimo, pero a pesar de ser perdonado por el propio Cesar por esta elección entre la menos mala de las opciones, fue asesinado por partidarios de Marco Antonio en el exilio. Fue precisamente su condición de exiliado lo que inspiró a Cicerón sus grandes reflexiones acerca de la lealtad a sus ideas y del conflicto que representaba para cualquier republicano el apoyar la tiranía que Cesar quería imponer y en nombre de la salvaguarda de la propia República, no obstante Cicerón se pregunta ¿es moral guerrear contra Cesar aun yendo contra tus propios conciudadanos, contra tu propia patria? Un dilema difícil de resolver, no sólo para él sino incluso para nosotros aquí y ahora ¿hay que llevar a la guerra y a la miseria un país para desprenderse de un dictador? ¿Cuanta violencia es legítima, justa y moralmente aceptable y en qué casos?
Sólo los marxistas (y los integristas religiosos) tienen una respuesta clara y universal para este dilema: “ninguna tiranía es aceptable y es legítimo combatirla con todos los medios” o “hay que ser beligerante con la injusticia en todos los casos, en todos los ámbitos y con todas las armas a nuestro alcance” . Esta idea anterior podría formar parte de cualquier credo tiránico de esos que se presentan como liberadores del hombre, y han sido de hecho ideas como las anteriores las que han sostenido todas las asonadas históricas y la instauración de regímenes muy parecidos a los que decían combatir.
Y esta es la gran paradoja humana: la rebeldía es necesaria pero después de un cierto grado se transforma en otra tiranía. La reivindicación justa es aceptable pero sus logros pueden ser injustos en otro lugar, creando asimetrías y disfunciones.
El equilibrio entre obediencia y rebelión es un delicado estado que solo en lo mental da como resultado grandes crisis personales mientras que en lo político genera cataclismos y experimentos peligrosos de ida y vuelta. Del mismo modo reivindicación y rebeldía son dos conceptos muy parecidos y que a veces aparecen solapados que llevan con frecuencia -llevados a su extremo- a un orden de cosas muy parecido al que intentan combatir.
En lo individual la reivindicación histérica se enfrenta también a este tipo de contradicciones que incumben a lo político y que hacen que la reflexiones de Ciceron aparezcan como filsofía de los dilemas individuales por más que fueran formuladas como dilemas éticos y políticos. La reivindicación histérica suele aparecer con dos tipos de resortes: unos de matiz beligerante -de los que ya he hablado- y otros de naturaleza abnegada.
La abnegación es la otra cara de la reivindicación y en ocasiones le sucede secuencialmente: primero me sacrifico y luego exijo. Para los católicos la abnegación es la condición del amor. Pero la abnegación ya posee en su definición: ab-negación algo que habla de una renuncia, de un sacrificio, de una negación. ¿Qué es lo que se niega en una relación abnegada? ¿A qué se renuncia? ¿Qué se sacrifica? Nada mas y nada menos que la propia pasión, necesidad, interés o deseo. El abnegado se embalsama a sí mismo para dedicarse a las necesidades de los demás. Naturalmente este ideal cristiano en el que creen muchas personas y plagiado de las relaciones madre-hijo, no es más que un ideal: nadie puede amar a otro más que a sí mismo.
Exceptuando este tipo de “altruismo” que es breve y con costos adicionales para la madre hay que aclarar enseguida que el amor maternal no es algo incondicional ni perpetuo, se halla en permanente negociación y nada tiene de abnegado y sí mucho de pulsión de poder ¿existe algún ámbito de poder femenino más claro que en la maternidad?. El resto de “altruismos” responden más a una necesidad de negarse a sí mismo como ser deseante que a la necesidad de entregarse a los demás sin condiciones.
Sin embargo las reivindicaciones altruistas tienen buena prensa, asi determinadas asociaciones y ONGs cuentan con fondos públicos para su gestión y extraen sus vocaciones de aquellos que han profesionalizado su “altruismo y abnegación” que a veces deja ver su opción interesada. Sin negar la labor humanitaria que muchas veces se realiza en algunos ámbitos donde el Estado tiene dificultades para llegar hay que decir ahora que la incidencia en el mundo de la caridad y la abnegación es muy limitada si la comparamos con el desarrollo económico y la generación de riqueza en un entorno de estabilidad política.
La caridad se ha demostrado ineficaz frente al subdesarrollo y la pobreza, esto es indudable. Pero también hay que señalar que individualmente ejercer cierta forma de caridad brinda al individuo la posibilidad de “sentirse mejor persona que lo que realmente es (o cree ser)” y esto también es indudable y probablemente es la causa de que existan constantemente vocaciones de abnegación, siempre más frecuentes en aquellas personas que a través de ella logren un cierto ajuste entre sus necesidades negadas y las necesidades que pretenden aplacar en otros.
Volviendo al nivel interpersonal hay que señalar que todo abnegado es alguien que pronto o tarde pasará factura por su sacrificio. Lo que le da un doble poder, el poder de la reivindicación -a veces justa- y el poder de la abnegación siempre bien valorada.
Y lo que demuestra y retrata sus verdaderas intenciones: o bien cobrarse una deuda o bien sepultar un deseo propio.
Enfermedad mental y poder (IV)
La queja
Hay una amplia tradición histórica en las relaciones de los médicos con la histeria, una de las razones es que las histéricas se quejan usualmente de dolencias que terminan en las consultas de los médicos y se sabe que las enfermedades histéricas son enfermedades que remedan a las enfermedades somáticas, las verdaderas y que por decirlo asi plagian sus “mejores” síntomas, aquellos más dramáticos o extravagantes, sobre todo aquellos que se pueden mostrar.
Usualmente se trata de sintomas neurológicos, paresias, mutismos, cegueras, parestesias dolorosas, parálisis, ataques convulsivos, o desmayos que no responden a ninguna patologia somática y que no siguen tampoco las rutas anatómicas de la inervación, son sintomas cambiantes y proteiformes y sobre todo son síntomas destinados a convocar el interés de alguien. Se trata de la histeria de conversión bien conocida por los médicos y psiquiatras de todo el mundo y que se halla en franco retroceso por razones dificiles de explicar en un post de este tipo. Paralelamente hay otra forma clínica de histeria -descrita por Briquet- y que lleva su nombre tal y como se escribió en este post y que ahora lleva por titulo oficial “el trastorno por somatización” que implica además una cierta “profesionalización” en la demanda, una conducta que se conoce con el nombre de “conducta de enfermedad”, otrora victimización.
Ambas formas de histeria tienen en común la queja, es decir algo que está más allá del daño objetivo y que adquiere la forma de una demanda médica, de una demanda de remedio. Se trata de algo que se le pide al médico, una demanda dirigida a un saber, al poder médico.
Se trata a veces de una demanda exagerada, histriónica y otras veces indiferente pero que siempre delata una impotencia, una incapacidad, un déficit o una falta, un “no puedo” o un “no tengo”.
Pero con el tiempo las quejas se han sofisticado y han cambiado de formas y modos hasta tal punto de que para un médico residente puede resultar imposible discriminar las quejas de los enfermos verdaderos de las quejas de aquellos que simulan -que no fingen- estarlo. Porque en realidad la queja histérica no es una simple mentira sino una simulación, para entender las diferencias entre ambas cuestiones propongo al lector una visita a este post. En esta web hay múltiples ejemplos sobre las diferencias entre ficción, simulacro y realidad.
O a este otro donde se explican las dos formas “de saber algo” que tiene el cerebro humano.
Y que se puede resumir en esta frase:
Toda simulación es verdadera (Eclesiastés) . Lo que es lo mismo que decir que nuestro cerebro procesa del mismo modo lo real y lo simulado.
Lo que añade un nuevo misterio a la histeria puesto que no podemos cerrar el asunto diciendo que una enfermedad histérica es un simple falseamiento de pruebas, signos y sintomas médicos, más que eso la histeria es un enigma, un enigma que se presenta sin conciencia de ello a alguien que posee el poder de desvelarlo, en este caso el médico que hasta hace recientemente muy poco tiempo eran todos del sexo masculino: dos poderes en uno. Dicho de otra forma, la queja histérica plantea un enigma que una mujer suele presentar a un hombre que ostenta cierta forma de poder para demostrar que su poder es en realidad un simulacro de poder y a través de un simulacro de síntoma.
Es algo que se sabe desde que Mesmer descubrió o mejor dicho supuso que el poder de curación de sus artilugios imantados no estaba en sus imanes sino en sí mismo. El se atribuyó fatuamente el poder de curar males histéricos y pagó cara su osadía. Fueron otros, Liébault y Bernheim los que teorizaron sobre la sugestión, el placebo humano, que poco a poco fue aprendido a manejarse a voluntad como instrumento de curación. Hubo que saber más de los métodos mesméricos (que el propio Mesmer ignoraba) y fue así como se puso a punto una técnica para hacer a los individuos sensibles abordables a la misma, me refiero a la hipnosis.
Pero la hipnosis sólo podía curar aquellos males de procedencia histérica y por poco tiempo, los efectos de la sugestibilidad eran precarios y los enfermos volvían de nuevo con sus síntomas u otros distintos. Breuer fue el primero que cayó en la cuenta de que tratando los sintomas histéricos uno a uno y buscando su origen podia disolverlos, pero los síntomas cambiaban de morfología, de aparato y de gravedad, las enfermas volvian a recaer, no era pues a través de la elucidación hipnótica de su origen como podian hacerse desaparecer los síntomas histéricos para siempre. Para aquellos que quieran profundizar sobre la busqueda de Breuer visiten este sitio donde pueden explorar las vicisitudes de Anna O. la celebre paciente tanto de Breuer como de Freud y que inauguró la concepción moderna de la histeria.
Lo que Freud acabo descubriendo es que las pacientes recaían para volver a estar con él, un hallazgo que era demasiado para Breuer. A este hallazgo Freud le llamó neurosis de transferencia y lo que descubrió es que más allá de su origen lo que interesaba desvelar era su significado, su sentido. Desde entonces las relaciones del médico con sus histéricas ya no volvieron a ser iguales. No hubo más remedio que introducir el concepto de relación terapéutica en las relaciones entre ambos sobre todo en aquellas relaciones donde se hablaba de intimidades, un concepto elemental para cualquier psicólogo o psiquiatra actual. La terapia coloquial o talking cure tal y como la bautizó la propia Anna O. introdujo en la medicina un nuevo concepto en las relaciones entre médicos y paciente, la relación personal, algo que inevitablemente iba a disminuir la autoridad del médico tal y como se concebía en aquel entonces, algo inapelable e indiscutible. Y que un paciente no es sólo un ente pasivo receptor de recetas o de exploraciones sino una persona que alberga propósitos y planes que a veces se oponen al sentido común, en suma que el paciente es un ser deseante como el propio médico.
Anna O (Berta Papenheim en la realidad) nunca llegó a curarse del todo en parte porque se hizo adicta a la morfina que le recetaron para tratar sus neuralgias pero venció en su apuesta personal de lograr visibilidad social. Sin saberlo y quizá sin proponérselo conscientemente cambió con sus quejas histéricas el rumbo de la medicina y el destino de los vínculos medico-paciente. Desde entonces cualquier médico sabe que hay un saber en el paciente, un saber que a veces desborda el propio saber del médico y que vale la pena escuchar. Desde entonces también cualquier psicólogo o psiquiatra sabe que vive de sus orejas, que ese órgano es su instrumento de trabajo.
Pero la peripecia de Anna O. y los posteriores hallazgos de Freud acerca de la transferencia no pueden hacernos perder de vista los propósitos que se encuentran ocultos en la histeria, el propósito de vencer en esa confrontación que supone el encuentro entre una persona que sufre y no sabe por qué sufre y el poder de un médico que rastrea el consciente o el inconsciente de su paciente en busca de alguna clave que de sentido a aquel sufrimiento. La histeria no representa una ignorancia sobre el por qué del sufrimiento sino que más allá de eso es un no querer saber, la esencia de la represión, un mecanismo de defensa descubierto por Freud y que se encuentra en la raíz del sufrimiento histérico. Puedes saber más sobre la ignorancia leyendo este post.
No podemos olvidar la cualidad del enigma que plantea la histeria, un enigma acerca de uno mismo, algo cercano al mito de la Esfinge aquel monstruo mitológico que planteaba preguntas enigmáticas a los héroes como Edipo y que sólo desaparecía -moría- cuando alguien resolvía el acertijo. Así sucede en la histeria, los síntomas desaparecen del mismo modo en que aparecieron, a veces -en los casos leves- con la sugestión, con la propia escucha o a través de la atención que se propicia desde una oreja ávida. Pero la histeria esconde otros juegos mas fuertes y sólo aquellas formas que se apoyan en la seducción parecen sensibles a las maniobras sugestivas, otras -por el contrario- se enquistan en una guerra larvada donde el desafío, la confrontación directa o la decepción se instalan cronificando el síntoma o haciéndose refractario e inabordable: una forma de vivir instalada en el sufrimiento.
Naturalmente se puede tener mucho poder desde la invalidez, desde la impotencia o desde la enfermedad.
Toda enfermedad mental tiene un beneficio primario vinculado a la propia enfermedad, en este caso el beneficio del sufrimiento histérico estaría relacionado con lo que se oculta tras el síntoma, el beneficio es no saber lo que se quiso saber. Pero las enfermedades tienen otros beneficios, que conocemos con el nombre de secundarios, se trata de las prebendas, la compasión y simpatía que acumulan, las pensiones y las exenciones que provocan en un sistema asistencial como el nuestro basado en el paternalismo y en la irresponsabilidad individual y las personas instaladas en la irresponsabilidad vuelven a orientar su deseo en relación a la culpa, algo que por sí mismo provoca enfermedades y que paradójicamente y a pesar de la laicización de nuestra sociedad sigue instalada en el inconsciente humano. Estar enfermo no es en absoluto una posición de debilidad, desde una silla de ruedas se puede controlar el ambiente próximo tal vez mejor que andando. La percepción de control que puede llegarse a obtener desde una posición de debilidad es claramente superior en algunas personas al poder que obtendrían estando sanos y activos,
Estar enfermo, como ser viejo, pequeño o desamparado es una posición de poder en sí mismo, algo que puede observarse mejor si descendemos dos escalones mas en esa escalera de desafíos que plantean las enfermedades mentales. En este caso se trata de dos estrategias más duras y potentes pero también mas comprometidas y riesgosas, me refiero a la reivindicación y a la coacción.
Será en el próximo post.
El mono obeso
Jose Enrique Campillo Alvarez es un médico y fisiólogo español que recientemente ha escrito un libro de divulgación acerca de la alimentación en un contexto evolutivo. Esta es la web del autor.
En “El mono obeso” examina los cambios genéticos, fenotípicos y ambientales que se han producido tanto en nuestros linajes precursores “Homo ergaster” como en los propiamente históricos: aparición de la agricultura, revolución industrial y revolución tecnológica y los relaciona con los cambios adaptativos que nuestros cuerpos han tenido que adoptar para sobrevivir a las glaciaciones, escapar del bosque y adentrarse en la sabana, el impacto de la bipedestación y el nomadismo tanto en la alimentación como en las mutaciones genéticas que hicieron del género homo, una especie perfectamente adaptada a entornos con recursos limitados y dispersos y del nomadismo la principal estrategia para escapar de entornos depauperados en busca de fuentes de alimentación alternativas.
Como es bien sabido, la obesidad solo es conocida en nuestra especie y tambien en los animales que conviven con nosotros, esta es le pregunta que guía el excelente libro de Campillo, ¿a qué se debe que la epidemia principal desde el punto de vista sanitario en entornos de opulencia sean las enfermedades cardiovasculares derivadas de la obesidad?
Esta es una de esas preguntas que no pueden responderse sin un enfoque evolutivo, es decir sin retroceder en el tiempo y viendo en qué entornos nuestra especie surgió y a qué condiciones se adaptó para luego inferir en qué han cambiado aquellas condiciones para explicar las enfermedades de los ciudadanos actuales. La obesidad como es sabido está relacionada con lo que se conoce con el nombre de síndrome metabólico, que es una combinación de hipertensión, diabetes y arteriosclerosis, enfermedades coronarias y otras. Todas tienen un precursor común: el sobrepeso u obesidad.
Campillo analiza en su libro las peripecias a las que nuestra especie se ha visto forzada por las circunstancias climáticas y los entornos alimentarios y geograficos para hacernos entender las mutaciones genéticas que desarrollamos en aquellos entornos y que en la actualidad parecen pesar como una losa en nuestro estilo de vida actual.
Lo que en el paleolítico supuso una ventaja ahora es un problema y voy a referirme a la insulinoresistencia que es al parecer de Campillo la clave para entender las desadaptaciones que necesariamente tenemos que enfrentar hoy y que pueden resumirse en estos hechos que caracterizan nuestro estilo de vida actual:
- Un estilo de vida sedentario
- Una sobrealimentación basada sobre todo en hidratos de carbono (azucares) de digestión rápida.
- Excesos de sodio (Na) y disbalances con el potasio (K) ingerido.
- Sobrecarga de ácidos grasos de cadena larga.
Sin embargo no debemos caer en la falsa idea de que la obesidad está provocada solo por estilos de vida concretos. Lo cierto es que el problema de fondo es que nuestra especie desarrolló en apocas arcaicas una adaptación genética fundamental para ahorrar glucosa. A esta adaptación se la conoce con el nombre de insulinoresistencia. Como es sabido la insulina es una hormona segregada por el pancreas que sirve para metabolizar la glucosa, hacerla llegar a las células y hacerla digerible para estas sobre todo para el cerebro, el gran consumidor de glucosa y que es además un órgano que solo puede alimentarse de ella. Si tenemos en cuenta el gran crecimiento del cerebro en nuestra especie y que solo puede alimentarse de glucosa, habremos de concluir en que gran parte de los aportes de glucosa de nuestra dieta se derivan para el consumo energético de tan exigente órgano.
Pero además los niveles de glucosa de la sangre deben permanecer dentro de un rango estable, de lo contrario nos desmayaríamos o perderíamos el conocimiento en cualquier esfuerzo, el resto de órganos por el contrario pueden extraer su energía de otras fuentes, por ejemplo los músculos pueden utilizar los ácidos grasos además de la glucosa como combustible.
Nuestra especie procede de una estirpe de monos que abandonaron la selva y se adentraron en la sabana: desde el punto de vista alimentario este cambio fue radical, un hito en la evolución humana y que modificó la segura alimentación frugívora por la incertidumbre de la sabana. Es casi seguro que el mono de la sabana tuvo que complementar su dieta con carroña, es decir con proteinas animales y es seguro tambien que esa combinación produjo cambios estructurales en los cerebros de nuestros antecesores. Ya no necesitaban un aparato digestivo tan largo, lo que redundó en una mayor posibilidad de crecimiento del cerebro. Si a eso unimos la variedad litoral de la dieta: mariscos y pescado ricos en acidos grasos entenderemos otra clave de la evolución, esa sobreabundancia de grasas resultaba necesaria para formar el parénquima de ese delicado órgano que llamamos cerebro. Las claves para entender como el cerebro de nuestra especie alcanzó tanta complejidad proceden de tres hechos fundamentales:
- La bipedestación que permitió a nuestro cerebro una revascularización mucho más compleja que la de los simios y cambios en el craneo y en la fonación.
- El hallazgo del carroñeo supuso de hecho el aprovechamiento del tuétano y de las médulas oseas (ricas en ácidos grasos) pero también de los primeros instrumentos creados para fracturar los huesos, es muy probable que la lateralización de nuestro cerebro proceda de aquella práctica.
- La dieta variada que llevó incluida el acortamiento del tubo digestivo diseñado para procesar duros vegetales.
La introducción de las proteinas animales en nuestros ancestros nos cambio el cerebro pero tambien produjo cambios genéticos que han llegado hasta nosotros.
Estos cambios genéticos tuvieron lugar para ahorrar glucosa dado que la mayor parte de la alimentación llegó con el tiempo a ser proteínica. El ultimo espaldarazo a esta modificación se produjo durante las glaciaciones dado que durante largos periodos de tiempo la alimentación de nuestros ancestros tuvo que ser necesariamente animal.
Y la mejor forma de ahorrar glucosa fue hacernos resistentes a nuestra propia insulina, es decir reducir los receptores que se encargan de hacer posible que la insulina entre en contacto con la glucosa. De este modo -gracias a la insulinoresistencia- los humanos pudimos hacer dietas pobres en hidratos de carbono durante milenios y soportar la ausencia de hierbas, frutas, raíces que los bloques de hielo habían sepultado en toda Europa.
La insulinoresistencia provocó además cambios morfológicos: nos hizo ahorradores de grasa, que tuvimos que guardar en “cajones” alejados de lugares donde no molestaran demasiado, asi la evolución eligió en los hombres el vientre y en las mujeres las caderas y las piernas. Desde alli esos paquetes grasos destinados a usarse en tiempo de hambrunas representaban verdaderos seguros de vida para sus portadores y asi por selección natural la insulinoresistencia se convirtió en un rasgo predominante en nuestra especie. Nosotros los humanos actuales -con una poblacion mundial del 70% de insulinoresistentes-estamos bien diseñados para ahorrar recursos y para enfrentarnos a la privación pero ¿qué sucede cuando esa misma población se somete a una alimentación opulenta?
Todo cambió con la introducción de la agricultura y la domesticación de los cereales: la principal fuente de hidratos de carbono de nuestra especie hasta hace recientemente poco. No es de extrañar que a Demeter, la inventora de la agricultura se la tenga como una diosa bienhechora de la humanidad. Hay parte de razón en esto pero también hay que decir que lo que el hombre ganó en comodidad lo perdió en salud y en riesgos para la salud, el mundo ya no volvió a ser el mismo desde la introducción de la agricultura, como no volvió a ser el mismo después de la revolución industrial y me estoy refiriendo solo a la alimentación.
Lo que sucede cuando comemos demasiado son niveles altos de insulina durante toda la vida, año tras año, debido a una sobreabundancia de hidratos de carbono de rápida asimilación y proteínas que acaban convirtiéndose en grasas que se guardan para la próxima hambruna. Nuestros genotipos ahorradores no pueden hacer otra cosa que reservar los excesos que no pueden ser consumidos en su baja actividad física y depositarlos en los adipocitos de la grasa subcutánea y en otros lugares no tan neutrales (las arterias), se trata de la conocida arteriosclerosis que deposita grasa en la luz de las arterias y las obstruye a largo plazo.
Nuestro destino alimentario
En resumen un libro para leer, distraído y fácilmente comprensible para el publico en general que abre además otras preguntas de interés para la psiquiatría ¿tiene algo que ver la insulinoresistencia con la bulimia purgativa, con el hambre excesiva o con el trastorno por atracón?
Pero eso tendrá que esperar mejor ocasión.
Enfermedad mental y poder (III)
Hasta este momento he hablado en esta miniserie que he titulado “Enfermedad mental y poder” de algunos aspectos que relacionan las pulsiones eróticas y las pulsiones de poder, he hablado también del emparejamiento eterno de ambas y en el post anterior me extendí sobre todo en relacionar el sufrimiento mental con este déficit de empoderamiento que suele acompañar a aquellos que manifiestan trastornos mentales, también aprovecho ahora para volver a nombrar un concepto que me parece esencial para la salud mental y es el de empoderamiento, un término que hasta ahora se ha utilizado en relación con el desarrollo económico y social de paises empobrecidos y también por los grupos feministas en relación a los cambios en los modelos de mujer pero que carece de raigambre o tradición en lo que respecta a la psicología. (Ver empoderamiento en inglés y la concepción del budismo tibetano)
El empoderamiento -en su versión psicológica- es la adquisición de un poder suficiente para autogobernarse y dirigir la propia vida, tomar las decisiones de manera autónoma y -en el plano subjetivo- percibirse como alguien libre, alguien que sigue los designios de su propia voluntad. Esa es la definición que dí a esta palabra aplicada al individuo, algo que se opone a la palabra alienación: el individuo empoderado es lo opuesto al individuo alienado. Utilizaré el termino alienación en su sentido político y filosófico: el alienado es aquel en cuyas manos no se encuentra la dirección de su destino . La alienación que puede llegar a la sutilidad de lo más subjetivo de la persona: la sensación de que uno no tiene en sus manos los mandos de su propia vida.
En el sentido filosófico marxista el alienado no es un esclavo, sino un esclavo que no sabe que está siendo esclavizado y que de cualquier manera no encuentra en si mismo la voluntad de escapar a esa esclavitud.
En este post me voy a ocupar de distintas estrategias, aquellas que siguen determinados individuos a fin de conseguir poder. Bien entendido que existen tres formas de disminuir la distancia de poder entre unos individuos y otros.
- una forma es aumentar el poder propio sobre el otro, arrebatándoselo (competir) o compartiéndolo a través de alianzas (seducir).
- otra manera es socavar el poder del otro sobre uno mismo.
- la tercera no está relacionada con lo interpersonal, se trata de una estrategia dirigida a aumentar la sensación de control subjetivo sobre los acontecimientos y el devenir.
En términos generales es posible afirmar que la ganancia de poder de una forma u otra supone una ganancia de control subjetivo, por esta razón el poder y el control están relacionados y no pueden separarse el uno del otro.
Definiré el control como el autodominio o el dominio de las conductas ajenas a partir de una determinada estrategia conductual, es algo que el individuo hace en el plano fenoménico, controlar supone siempre una acción observable, también en los individuos hipercontrolados podemos observar este fenómeno usualmente en forma de restricción afectiva o de parsimonia. De lo que se trata en el control – en su versión psicológica- es de disminuir la libertad de un sistema y hacerlo predecible. Dicho de otra manera: el control es la misma cosa que el dominio, si bien muchas veces este aspecto de dominio queda oscurecido por la propia estrategia destinada a obtener control sobre la incertidumbre que se presenta en forma de desapego o desinterés.
Me voy a referir a las conocidas estrategias histéricas, bien descritas y conocidas por terapeutas, psiquiatras, psicólogos y psicoanalistas con independencia de sus referencias teóricas, tanto a las que pretenden aumentar directamente el poder propio como las que se encargan de socavar el poder ajeno.
Modalidades histéricas.-
De estas estratetgias descritas bien reconocibles, el lector no deberá pensarlas desde el lado de la patología a pesar de llevar la etiqueta de histéricas, obsesivas u otras. El lector deberá entender que si las agrupo bajo un determinado epígrafe es porque determinadas estrategias forman parte del repertorio habitual de determinados caracteres. Algunas de ellas, son incluso normales, si por normal entendemos una práctica habitual, sin embargo lo que describiré sera la esencia de cada una de las estrategias y su relación con la ganancia de poder en una relación cualquiera o bien la ganancia de control sobre una circunstancia determinada.
Me referiré a estas cuatro estrategias:
- La seducción
- La queja
- La coacción
- La reivindicación
La seducción
¿Qué pretende esta mujer, ocultar o mostrar?
A los que hayan leido un post mio titulado “Por qué las mujeres se deprimen y los hombres se drogan” ya habrán visto que los psicólogos evolutivos llevan muchos años intentando relacionar la patología humana actual con una serie de conductas sociales destinadas a obtener rango o estatus, que es la manera en que los psicólogos evolucionistas, los etólogos y los primatólogos nombran a lo que nosotros llamamos poder. Price, el psicólogo que estudió las distintas modalidades de estrategias relativas a la ganancia y mantenimiento de poder para relacionarlas con la depresión subrayó un grupo de ellas a las que llamó seductoras y que estaban basadas en el atractivo personal , las llamó rivalidad hedonística para diferenciarlas de aquellas otras formas de rivalidad que se basaban en la intimidación, la amenaza o la confrontación directa y que llamó rivalidad agonística.
Dicho de una manera comprensible: los individuos tiene dos formas de salirse con la suya, una mediante la seducción y otra por la fuerza.
Lo sorprendente de esta teoría es que Price por primera vez llamó a las cosas por su nombre: la seducción no es sólo una forma de conseguir amor -que es la forma arcangélica como se la imaginan algunos- sino una forma de competir y de obtener “pagos” adicionales, prebendas o exenciones. Aquel que seduce intenta conseguir aquellos dones que están en otro lado, usualmente en lo alto de la escala del rango y lo hace para asegurarse un estatus parecido al que lo ostenta por méritos propios.
Aunque nosotros los humanos estamos acostumbrados a convivir con jerarquias y por tanto con intentos de seducción de abajo arriba y de arriba a abajo, y aunque todos estariamos de acuerdo en preferir a un director dialogante que un director autoritario al final ellos son los que tienen el poder y no el subordinado que en el mejor de los casos sólo puede expresar su opinión.
Pero el subordinado puede hacer otras cosas y de hecho las hará: una de ellas es tratar de influir en las decisiones del poder a través de la seducción o la sumisión (yielding), puede tratar de hacerse imprescindible, el hombre o mujer de confianza de su jefe, en un plano más mundano puede incluso hacerse su amante.
Este tipo de subordinados pronto contarán con todas las antipatías de sus compañeros que nunca le perdonarán ser el “pelota”, pronto será acusado de ello por todos y estará en todas las conversaciones pues todos compiten por el favor de ese jefe, y hay alguien que ha apostado más fuerte dejando a los demás excluidos.
Y ese plus de energía que ha invertido esta persona en hacerse imprescindible para su jefe tiene a su vez un peaje que pagar porque su dedicación ha dividido la empresa en dos: el y su jefe y los demás. La rivalidad agonística con sus compañeros está pues asegurada.
Erich Fromm, escribió “El arte de amar”
Pero ni siquiera el amor escapa de esta disonancia que propicia la seducción, pues ¿qué pretende el enamorado sino llegar a poseer en exclusividad a su objeto amado?. Lo que comienza siendo algo inmaculado , el amor, acaba siendo una conquista militar, un amor-para-si. Algunos pensadores como Fromm nos llamaron la atención sobre nuestro desconocimiento de las leyes que gobiernan en el amor y que nada tienen que ver con esa idealización emotivista con que nos lo imaginamos. Fromm nos habló del amor tal y como se presenta en la realidad social y psicológica humana; el amor ideal sacrificado y abnegado simplemente no existe, el amor-como-renuncia es un ideal romántico y si existe es muy sospechoso psicológicamente cuando no francamente patológico. Ningún amor puede ser más intenso que la autoestima o el auto-amor.
Es precisamente el lado oscuro del amor el que vamos a encontrarnos en la patología, las secuelas de una seducción exitosa son pronto o tarde la decepción. Una decepción que lleva a la mortificación, al ajuste de cuentas, al reproche, a las escenas demostrativas de desamor, a los celos y a la codicia comparativa. Este tipo de estrategias destinadas en realidad a socavar el poder del otro a disminuirlo en su atractivo o su valor son las estrategias que conocemos en la patología con el nombre de histéricas. Pero para que puedan llevarse a cabo es necesario el amor del otro, puesto que sin amor no puede haber escalada de reproches. Sin amor la histeria no puede darse: precisa pues de testigos abnegados o enamorados, pacientes y bienhechores, personas entregadas en la pira del sacrificio que el otro miembro diseñó para socavar su poder, usualmente el poder masculino, pues es en las histéricas donde podemos observar más frecuentemente esta estrategia de crítica, descalificación y desvalorización constantes.
Lo que comenzó prometiendo mucho acaba siendo una tortura, el parasitismo de la histérica es tal que sólo mediante la ruptura del juego puede terminar la escalada de mortificaciones que impone a sus parejas, sobre todo a las sexuales. Pero después de la ruptura se iniciará de nuevo otro episodio con otra persona donde se repetirá la misma escenografia y quizá el mismo resultado.
Como podemos observar en el caso de la histeria se reproducen en tres tiempos las maneras en las que se cuestiona el poder del otro:
- primero se le seduce induciéndole a una relación especial, una relación de exclusividad.
- después se le socava o se le mortifica a fin de disminuir su poder.
- por último se trata por todos los medios de que la relación se termine aunque inyectando ese deseo en el otro. La histérica busca ser abandonada, ¿pero para qué?
Para reproducir este mismo patrón de seducción, mortificación y pérdida. La histérica -como en realidad tdoas las relaciones patologicas- persigue el amor, con independencia que la persona que lo suscita. la histérica está enamorada del amor, el objeto es secundario. De esta misma opinión es D. Juan, algo que ya describí en este post, el formato que toma la histeria en el sexo masculino: la colección de mujeres seducidas como si fueran trofeos que exhibir.
¿Y qué hacen las histéricas cuando ya no pueden seducir, es decir cuando han perdido atractivo?
Entonces se especializan en estas otras estrategias: la queja y la reivindicación, algunas de ellas incluso combinan las tres simultáneamente pero el destino de la histérica a largo plazo es o vivir quejándose o vivir reivinidicando, algo que veremos en el próximo post.
Enfermedad mental y poder (II)
Los que hayan leido el post anterior ya habrán comprendido que el amor y el poder son dos eternos compañeros de viaje que se dedican a amargarse la vida el uno al otro cuando no precisan de un tercero que tercie en la disputas eternas que mantienen ambos. Señalé tambien en ese post algo que está en el origen de esa desavenencia estructural y me referí a que las personas que nos aman son las mismas personas que nos dominan y que en el mejor de los casos nos empoderan, es decir nos disciplinan para que mas adelante seamos capaces de gestionar nuestra propia vida.
Nada de esto sucede en los enfermos mentales.
Los enfermos mentales -y no solo ellos- son personas que son incapaces de gestionar su propia vida de una manera adaptativa, en su grado más extremo -en las psicosis crónicas- son incapaces de ganar dinero y de gastarlo de una forma sensata, no conocen las reglas elementales de la sociabilidad, no se lavan , no se alimentan, no se cuidan y deben ser tutelados por alguien que se haga cargo de ellos. Es posible afirmar que los enfermos mentales graves son aquellas personas que tienen déficits o deficiencias severas en el autocuidado, se trata de personas que necesitan que alguien “les tome a su cargo”. El riesgo que tienen de morirse de cualquier cosa abandonados a su suerte es el doble del que tenemos las personas normales.
Es posible afirmar que en ellos existen deficiencias en eso que hemos llamado empoderamiento y cuyo resultado adaptativo es la autodirección, la capacidad de gobernarse uno mismo sin precisar de tutelas o de cuidados especiales. Eso es la normalidad e implica cierto grado de empoderamiento. La persona normal es aquella que ha logrado establecer ciertos pactos entre la pulsión de poder y las pulsiones eróticas, ha llegado a un cierto equilibrio en ese reparto.
Por el contrario los enfermos mentales son personas que suelen escindir los contenidos eróticos de los de poder, algo que ya señaló aquel psiquiatra de culto llamado Ronald Laing, el inventor de aquel movimiento denominado antipsiquiatria que presidió el debate psiquiátrico en los sesenta y setenta y cuya doctrina impregnó a toda una generación: la que llevó a cabo la desinstitucionalización de los enfermos mentales con el cierre de aquellas instituciones clásicas y siniestras conocidas con el nombre de manicomios.
Esta escisión de la mente de la que Laing habló en su “Yo dividido“, no era una novedad teórica, el propio Bleuler, inventor de la palabra “esquizofrenia” ya bautizó de esta manera a esta enfermedad sustituyendo a la kraepeliniana “demencia precoz” porque quiso enfatizar la división de la mente (esquizo) en lugar de su evolución hacia el déficit o la demencia.
¿Pero qué significa “división, escisión o esquizo”? ¿Qué consecuencias tiene esta división sobre la mente? ¿Y por qué se produce tal escisión?
Lo que entendemos hoy por escisión mental es una forma primitiva de defensa psíquica que trata de separar los contenidos amorosos que proceden de la madre “buena” de los contenidos de agresión que proceden de la madre “mala”. El paciente tendría una dificultad innata o adquirida a la hora de mantener agregadas ambas condiciones y esta dificultad se manifestaría en una especie de fragmentación o debilidad de la mente para hacer síntesis entre ambas pulsiones y en adelante de cualquier otra. Se supone que eso es lo que hacemos las personas normales: manejarnos con la ambivalencia que nos generan nuestros objetos significativos mezclando ambas tendencias en el turmix del deseo y dando una respuesta integradora. “O le amo o le odio”, es lo normal en la lógica de contradicción que preside nuestro intelecto. También puedo “amarle hoy y odiarlo mañana”, pero “odiarlo y amarlo” al mismo tiempo es bastante enloquecedor. Es probablemente eso lo que les sucede a los pacientes mentales más graves sobre todo a los esquizofrénicos.
Laing que era un psiquiatra radical pensaba que el amor estaba envenenado por el odio en su raíz. Estaba persuadido -quizá a través de su propia experiencia personal- que en el amor están las semillas de la destrucción, de la tortura psíquica que los padres inflingen a sus hijos y que llevaba a algunos de ellos a partirse en dos: una parte delegada del dominio de los padres y otra el Yo verdadero que permanecía en estado embrionario, sin despertar, crecer y madurar. Laing creía que la esquizofrenia era una enfermedad inducida por los padres en el ejercicio de su poder contra sus hijos, de lo que se trataba era de liberar esa parte dormida que había en los enfermos y de darles soporte para que se manifestara, algo así como una reeducación.
La hipótesis de la “madre esquizofrenógena” añadió más culpa a los hogares con hijos esquizofrénicos y no fue refrendada nunca por la comunidad psiquiátrica internacional, las ideas de Laing fueron desterradas ya en la década de los 80 y hoy ya nadie sostiene dicha teoría a pesar de que en el pensamiento de Laing hay -mezcladas con sus ideas y propuestas radicales- algunas gotas de verdad.
La primera verdad es que en los familiares de primer grado de los esquizofrénicos existe lo que hoy conocemos con el nombre de trastorno esquizotípico, una especie de esquizofrenia menor que no se detecta fácilmente y que sólo puede ser revelada por la mirada de un experto. Si bien la hipótesis de la madre esquizofrenógena nunca se demostró lo cierto es que tampoco se excluyó del todo dejando a cada profesional la responsabilidad de entender mejor la enfermedad de cada caso individual según su propio criterio de entender la crianza. Asi Bowlby habló de un apego inseguro o de un apego ambivalente como observaciones de sus trabajos con niños para explicar esa misteriosa disociación. Naturalmente la psiquiatria oficial considera a Bowlby una especie de guru al mismo tiempo que se desdice de la “madre esquizofrenógena” y se concentran en la genética y en la neurobiologia moleculares.
Lo cierto es que si los padres de los esquizofrénicos comparten algunos rasgos genéticos con sus hijos enfermos, -algo que es indudable- resulta difícil trazar una linea divisoria clara entre el concepto “madre esquizofrenógena” y los trastornos del taxón esquizotípico que al parecer se encuentra distribuido de forma familiar.
Otra gota de verdad en el pensamiento de Laing es que esa escisión del Yo existe en otros modelos explicativos del enfermar mental sobre todo en aquellos de origen psicoanalitico. Y no hablo solamente en los esquizofrénicos sino en los enfermos mentales más leves, aquellos que llamamos neuróticos y aun en las personas normales y es la responsable de esos vaivenes de idealización-devaluación que presiden nuestros intercambios con los demás y que se saldan con enemistades, conflictos con el poder, decepciones personales, disregulación del humor, angustia o desamor. Es posible decir que la mayor parte de conflictos que tenemos con los demás proceden de un cierto defecto de empoderamiento personal, es decir a un déficit para orientarse en la vida siendo dirigidos por esa fuerza interior que dota a nuestros actos de sentido y de propósitos y que deben ser legitimados desde el orden social: el deseo de poder y sus fracasos tiene sus correlatos bien conocidos, la codicia, la envidia, los celos y la rebeldía.
Y es algo que sucede a veces yendo de la mano de amor, pues el amor no nos redime de los conflictos con el poder sino que a veces es el escenario-como sucede en la histeria-, la condición para que esos conflictos se manifiesten. De manera que las ideas-fuerza de Laing son falsas porque atribuyeron al amor en si mismo la cualidad de conflicto siendo como es el poder de dónde procede este conflicto cuando se enreda con el amor o con las pulsiones libidinales genéricamente hablando. Sin embargo acertó en su diagnóstico de ese defecto de empoderamiento en relación con los pacientes mentales graves relacionándolo con la escisión.
Y son frecuentes los enredos del poder con el amor y lo son por una razón fundamental: mientras las pulsiones libidinales se reprimen cuando entran en conflicto con instancias morales las pulsiones de poder no siguen los mismos destinos que aquella, el deseo de poder no se reprime sino que se deniega, es decir el individuo tiende a mantener separados amor y poder durante toda su vida, como si una cosa excluyera a la otra ignorando que amor y poder van siempre de la mano y que es precisamente en las relaciones amorosas donde obtiene su mayor legitimación como pulsión oculta y siempre disfrazada o disimulada.
Gran parte de los sintomas psiquiátricos y el malestar y el sufrimiento mental proceden tanto de la disconformidad y la falta de empoderamiento como de las estrategias que uno diseña para arrebatar, ningunear, minimizar o mortificar el poder del otro.
Algo de lo que hablaré en el proximo post, de esas estrategias duales que conocemos como pasión y rebelión frente al poder.
A aquellos que quieran profundizar en la vida y obra de Ronald Laing les recomiendo el libro que uno de sus 10 hijos Adrian, escribió recientemente sobre la vida de su padre. Se trata de un ajuste de cuentas despiadado contra él, una de las formas que tiene el poder de alzarse contra sí mismo convirtiéndose paradójicamente en otra clase de poder que conocemos como venganza.
En este articulo hay un buen resumen del libro.
Hasta Nietzsche escribió sobre la escisión:
“El buen autor, el que de veras se compromete con su causa, quiere que aparezca otro y lo eclipse sosteniendo la misma causa de modo más claro y resolviendo exhaustivamente los problemas contenidos en ella. La muchacha que ama desea descubrir, en la infidelidad del amado, la devota fidelidad de su propio amor. El soldado desea caer en el campo de batalla por su patria victoriosa: pues en la victoria de su patria triunfan al mismo tiempo sus más altos deseos. La madre da al hijo lo que se quita a sí misma, el sueño, la mejor comida, en algunos casos la salud y los bienes. ¿Pero son, todos éstos, estados altruistas? ¿Son, estas acciones de la moral milagros, en tanto que son, según expresión de Schopenhauer, imposibles y con todo reales? ¿No es evidente que en todos estos casos el hombre ama algo propio, un pensamiento, una aspiración, una criatura, más que otra cosa propia, es decir, que escinde su ser y sacrifica una parte de éste a la otra? ¿Acaso sucede algo esencialmente distinto cuando un testarudo dice: Prefiero que me maten a ceder un palmo ante este hombre? En todos estos casos existe la inclinación hacia algo (deseo, instinto, aspiración); secundarla con todas las consecuencias, no es, en ningún caso altruista. En la moral el hombre se trata a sí mismo, no como individuum, sino como dividuum“.
Enfermedad mental y poder (I)
Es sorprendente que ni la psiquiatría ni la psicología clínicas se hayan ocupado de llevar a cabo una cartografía del poder desde el punto de vista psicopatológico, han tenido que ser otros los que se ocupen de repensar el tema desde la filosofía, la sociología o la política, el propio Foucault sin ir más lejos escribió sobre el asunto.
Si descontamos a algunos terapeutas familiares de orientación sistémica los terapeutas en general conceden poca importancia a los enredos del poder y a sus manifestaciones clinicas si las comparamos por ejemplo con la sexualidad. En cualquier texto actual de psiquiatría no existen referencias a los nudos que entreteje el poder con la conducta o motivación humanas y no existe en los manuales operativos de diagnóstico psiquiátrico referencia alguna al deseo de poder en relación con la psicopatología, aunque si existe un epígrafe entero dedicado a “Trastornos sexuales” y otro a las “Parafilias”.
¿Se trata de un olvido o de una negación? ¿Es que el deseo de poder o los enredos con el mismo carecen de importancia alguna en lo humano y en las relaciones humanas?
Naturalmente se trata de una negación, una forma de disimulo que tiene que ver con la mala prensa de la palabra “poder” en la que siempre pensamos en su acepción más negativa: “la mala distribución del poder entre las personas”, algo que seguramente entra en contradicción con nuestros ideales democráticos y que de alguna manera entra también en contradicción con otro deseo muy actual: el deseo de empoderamiento. Efectivamente, el hombre moderno es sobre todo un hombre que pretende ser dueño de su vida, tener el control de la misma en sus manos y tomar sus propias decisiones. Es precisamente este hombre moderno que aspira a la autodirección, al autogobierno y al autodominio el que no quiere saber nada del poder al que detesta y denuncia en las manipulaciones del mismo cuando proceden de otro, los psiquiatras por lo visto tampoco quieren saber, todos pasan sobre el asunto como de puntillas haciéndole ascos.
Es por eso que aun sabemos poco del poder si lo comparamos por ejemplo con la sexualidad, su compañera eterna de viaje en lo humano.
Este conflicto con la idea del poder tierne sus antecedentes históricos en las disputas que el maestro Freud tuvo ya en su dia con Alfred Adler, el unico psicoanalista que defendió la nietztschiana idea de que la voluntad de poder era casi o tan importante como las pulsiones sexuales, lo que le valió el ser anatemizado del movimiento psicoanalítico y su ruptura definitiva con Freud.
Para Freud el deseo de poder era algo relacionado con los instintos del Yo y no tenia nada que ver con las visicitudes de la libido, la energia sexual que gobernaba el deseo humano. Freud pensaba que el poder era algo similar a lo que los biólogos llaman “instinto de conservación” y que hoy ha sido sustituido por el concepto sociobiológico del fitness: la aptitud genérica para la supervivencia y la reproducción. Hay algo en ese concepto del fitness que acerca lo sexual al deseo de poder como si ambos: poder y sexo fueran hermanos gemelos y vinieran al mundo enredados por un cordon umbilical común.
Y es verdad, no hay deseo sin poder, ni hay poder sin sexualidad.
O lo que es lo mismo no hay sexualidad sin poder.
En esta pelicula de Buñuel podemos perseguir esta idea, el enlace entre poder y sexo que aparece encarnado en las relaciones sado-masoquistas a través de Severine que se prostituye en sus horas libres a pesar de no necesitar el dinero que gana como prostituta en un burdel.
Una de las razones que se esgrimen para entender el deseo de poder como algo ajeno pero que nos viene entrelazado con las pulsiones libidinales es la evidencia de que el niño es cuidado, acogido y amado por las mismas personas que lo disciplinan, le restringen y le dominan. Este aspecto de la crianza ha sido muy descuidado por los psicólogos de orientación dinámica y sólo Melanie Klein a través de aquel constructo tan mal delimitado y peor explicado, una supuesta escisión de origen llevada a cabo por el niño y que todos recordamos en el adagio “madre buena y madre mala” llegaron a acercarse a esta realidad, un conflicto dialéctico que el niño resuelve probablemente fundiendo ambas imágenes en una sola. En efecto, los niños no tienen más remedio que al vincularse con sus madres (y más tarde con sus padres) que aceptar que una misma persona es portadora de amor, cariño, afecto y protección como de normas, ausencias, exigencias y restricciones. Un conflicto que de no resolverse arrastrarán a la escuela -otro laboratorio para observar de cerca la gratitud y el rencor- y a las relaciones con sus iguales.
Los psicoanalistas siempre hablaron de la ambivalencia como secuela de este conflicto, es decir una especie de doble visión de nuestras imagos (recuerdos) de nuestros padres, “le amo en cuanto me provee y le odio ( o le temo) en cuanto me domina”, pero la cosa va más allá de lo que Melanie Klein pensaba, porque tambien es posible esta fórmula, “le amo porque me domina”. Es cierto, no hay nada más ambivalente que nuestra relación con el poder, por eso obedecemos y a veces nos rebelamos con razón o sin ella porque el poder del otro es siempre una referencia que opera como un atractor de afinidades y de odios, pero más allá de eso adoramos al poder, a veces de forma secreta pero siempre de forma contradictoria con nuestros deseos que suelen dirigirse hacia la autosuficiencia. No se trata de un fenómeno solamente individual, basta observar la trama de complicidades que se esconden detrás de un régimen político autoritario. Ningun dictador seria posible sin esa especie de veneración colectiva que tenemos los humanos frente al poder, esa mania por obedecer empezando por los soldados de un ejército y terminando por la obediencia a un lider sectario, político o familiar.
Nuestra relación con el poder es realmente viscosa y sexualizada a veces embrutecida, es el caso del sicario, del que se aviene al delito con tal de agradar a su amo. Hasta tal punto es grande nuestra devoción por el poder que cuando nos inventamos a un Dios lo dotamos de un apellido: “Todopoderoso”, efectivamente ¿qué sentido tendría inventar a un Dios sin ningún poder? ¿Qué sentido tiene adorar al débil?
Y esta es – a mi juicio- la clave de la cuestión: amamos al poderoso porque el amor mantiene relaciones de vecindad con el poder.
Amamos al poder por nuestra condición de déficit, por nuestra condición de desvalimiento, de ignorancia y de desamparo primigenio. Amamos al poder -encarnado en el otro- porque somos humanos y porque para empoderarse hace falta antes encontrar a un dador de poder sin el cual no alcanzariamos ni de lejos ese efecto normalizador y ético del poder normal: ocuparse de uno mismo.
Y por la misma razón somos capaces de identificarnos con el débil, con aquel que comparte nuestro propio desamparo real o imaginado, si somos capaces de sentir compasión por los débiles o por los niños no es más que por el deseo propio de ser amados y protegidos en condiciones similares de desvalimiento -una empatia natural-, pero al elegir cómo ser amado, uno elige la fortaleza del que ostenta más poder que nosotros mismos. La mayor parte de las personas que dedican su vida a los débiles se procuran la compañía del ser más poderosos de todos, Dios, sin Dios es muy difícil llevar a cabo la tarea de amar a los débiles y siempre será psicológicamente hablando una actividad sospechosa.
En este contexto hay que encuadrar esta pregunta ¿Por qué los bebés se enlazan o vinculan con sus madres?
No todos lo hacen, algunos “deciden” no hacerlo como sucede con los niños autistas, pero los que lo hacen lo hacen por necesidad, es decir por eso que Spinoza llamaba “conatum“, los biólogos “instinto de supervivencia”, los analistas “pulsión” y los sociobiólogos nombrados más arriba fitness. Algo relacionado con la voluntad de sobrevivir, algo que más allá de eso no sabemos explicar bien pues no conocemos a fondo los vericuetos de ese “instinto de vida”. Algunos psiquiatras como Bowlby inventaron una nueva palabra para esta manía de vinculo de los bebés -presente en todos los mamíferos y en algunos tipos de aves-, le llamaron apego. Llamar apego esta necesidad tiene su gracia poque acapara en un sustantivo dos cuestiones. Así como la palabra fitness enlaza la sexualidad con el poder, la palabra apego enlaza la necesidad con el amor. O dicho de otro modo, el apego es el amor que surge de la necesidad de sobrevivir.
Asi que la palabra apego hunde sus raices en el amor sin nombrarlo, ni lo prejuzga ni lo excluye pero enfatiza sobre todo la necesidad del bebé de enlazarse a alguien que lo sustente, sea quien sea y como sea, ese bebé no tiene mas remedio que apegarse, es decir amar a esa persona que de alguna manera pondrá sus condiciones durante la crianza a esa inversión. El bebé no sabe que es precisamente ese apego el que lo va a convertir en un rehén de su propia madre, no sabe que con su madre va también un torturador, un dictador que le obligará pronto o tarde a enlazar amor y poder en una misma estructura mental.
Tampoco sabemos como se las apaña la libido (el amor) para neutralizar los efectos del resentimiento y del odio que surgirá necesariamente en esa relación. Lo que si sabemos es que amor y poder son entrañables compañeros que andan de la mano de por vida tiñendo y destiñendo las relaciones humanas, entre padres e hijos, en la pareja, en los grupos sociales, entre paises y etnias o entre religiones y si lo medimos a través de sus correlatos conductuales: la guerra: entre sexos, entre generaciones, entre etnias, culturas y religiones tendremos que concluir que algo debemos estar haciendo mal al trazar eso que mas arriba llamé una cartografia del poder.
Este post adelanta una hipótesis respecto a la causa de ese malestar.
Es la negación del deseo de poder o la disconformidad con nuestra experiencia de poder o las estrategias para nivelar ese poder del otro lo que enturbia y envilece lo humano.
Sin prescindir de él o sin renegar del mismo hemos de concluir lo siguiente:
- El poder y el amor están necesariamente unidos.
- El empoderamiento es necesario para autogobernar la propia vida.
- Determinadas estrategias para adquirir poder o mermar el poder del otro son enfermizas.
- El poder está injustamente distribuido en el nivel social y es necesario una actitud personal de rebelión que lo cuestione permanentemente.
- Determinados repartos de poder como los que hacen recaer más poder en los padres que en los hijos son funcionales y forman parte de esa dádiva de poder que va desde los que enseñan hacia los que aprenden.
Para terminar este post y dado que he nombrado un último punto que apunta directamente al sistema educativo me gustaria poner aqui un video de Pink Floyd que ilustra perfectamente nuestra ambivalencia con el poder. Se trata de la conocida “Another brick in the wall” (Otro ladrillo en el muro), un tema mitico de rebelión escolar donde unos niños zombies aparecen en fila india cantando un himno que toda una generación compartimos y que nos recuerda que las instituciones educativas pueden ser tanto estructuras liberadoras como campos de concentración o fabricas de individuos clonados.
Un saber sobre la ignorancia
La ignorancia es muy atrevida
Dicho popular
En realidad la ignorancia es muy miedosa y por eso se comporta con temeridad, una forma de compensar una minusvalía. La ignorancia aparece como atrevida para disimularse a sí misma y aparecer como una plenitud en menoscabo de la verdad.
Los médicos la llamamos de muchas formas atendiendo siempre a esa cualidad de déficit que se intuye a veces en su emoción correlativa, la desesperación. La llamamos con una curiosa denominación: la nula o escasa conciencia de enfermedad, otros consideran que el enfermo aun no ha llegado a saber que está enfermo y que se encuentra en una especie de limbo o fase precontemplativa, pero ¿es posible estar enfermo y no saberlo?
Los que hayan leido el post anterior ya habrán comprendido que la “enfermedad mental” no es equiparable a la enfermedad fisica. Dificilmente un enfermo fisico puede ignorar su enfermedad a no ser que concurran patrones de ignorancia mentales. Es cierto, lo que caracteriza la enfermedad fisica es la “infirmitas“, la falta de firmeza, es por ello que el enfermo se sabe enfermo y acude al médico en busca de ayuda. Es su incapacidad, su dolor o la disfunción de algun órgano lo que le lleva directamente al Hospital. Sin embargo esto no suele suceder asi con los enfermos mentales, ¿por qué?
Pues porque los enfermos mentales lo ignoran todo sobre su propio malestar, no saben que beben demasiado o que deliran o que están inanes, o que han quedado a merced de un impulso intolerable. Los enfermos mentales son por definición ignorantes: ostentan un bizarro saber sobre si mismos o el mundo que se encuentra anclado en una ignorancia activa, acaparadora de recursos.
Naturalmente no me refiero a ese tipo de ignorancia que tiene que ver con la escasa instrucción o con esa especie de analfabetismo de quien nunca ha leido un libro o ha reflexionado sobre el mundo en el que vive , la ignorancia del enfermo mental no es sólo un no-saber sino que -más allá de eso- es un saber extraviado que se apoya sobre la base de sus propios prejuicios y la defensa numantina de su posición de salida que añade a la torpeza una cualidad de resistencia patética contra corriente.
Y es aqui donde la ignorancia exhibe precisamente su atrevimiento delatando su cualidad alienada, pues todo saber es por definición provisional y sometido a los vaivenes de los aprendizajes eternos a los que el hombre -Sisifo de la cultura- está condenado de por vida.
La ignorancia a la que me refiero es una pulsión antiepistemofílica tal y como la llamó Wilfred Bion, es decir no se trata de algo pasivo, de una renuncia o de un déficit innato sino de un posicionamiento tanático sobre el saber del otro. Un saber que siempre se vive con recelo y con temor pues lo que el paciente quiere en realidad es desconocer -una posición activa de no-saber- lo que conoce de sí mismo en algun otro lugar. El saber-del-otro es siempre un saber amenazante en tanto puede acudir a desvelar lo que el sujeto sospecha en algun oscuro lugar de su lucidez inconsciente, ese lugar donde todo se sabe. El paciente no quiere saber y es por eso que ignora la totalidad en esa forma de “negación de enfermedad” tan curiosa para lo que nos dedicamos a tratar enfermos mentales.
Curiosa y fascinante habilidad para ignorar aquello que los demás ven porque lo saben de otra manera. Aunque para entender bien la cualidad de esta ignorancia deberiamos antes de nada saber dos cosas sobre como discurre el proceso primario, es decir cómo sabe nuestro inconsciente y como guarda ese saber en su memoria.
Todo lo que sabemos inconscientemente, es decir todo lo que sabemos sin necesidad de estar todo el tiempo “sabiéndolo”en la conciencia y sometido a la critica racional de nuestro cerebro reciente (el frontal), se encuentra guardado en forma de patrones de acción fija (PAF), en nuestro cerebro subcortical, en lo que llamamos memoria procedimental y memoria declarativa tal y como apareció en este post. Nótese que el término PAF presupone un movimiento, una acción, un hacer algo, un saber sobre la conducta.
Sin embargo todo lo que allí se guarda no se encuentra archivado en cajones bien etiquetados sino sometido a ciertas leyes de ese archivo general que hemos llamado cerebro subcortical. Estas leyes son:
- Ley de atemporalidad
- Ley de no-contradicción
En el inconsciente ni existe el tiempo ni funciona el Sr Hegel, eso solamente sucede en nuestro cerebro racional, alli -en ese oscuro lugar que en otro lado he llamado infierno- nuestros deseos siempre se cumplen siguiendo el principio del placer y son además atemporales es decir siempre se encuentran renacidos como de sus propias cenizas como bien señala el mito del Ave Fenix, activos podriamos decir aunque muy alejados de la conciencia donde tienden a descargarse en forma de cognición o emoción, sueño o conducta.
Deben seguir -hasta llegar a la conciencia- un camino de transformación, un camino donde el deseo se encuentra legislado y sometido a controles remotos, sociales y personales. En esa transformación los deseos llegan a hacerse irreconocibles, hasta establecerse como fenotipo, en este caso estamos hablando de la ignorancia.
En términos simples significa que un deseo de venganza histórico inscrito en ese lugar permanecería activo durante toda la vida del individuo pues se guardó tal cual era, como un patrón de defensa (huida o lucha) y por tanto de gran interés para la supervivencia. Y es aqui donde podemos encontrar precisamente las raices de la ignorancia, ese deseo de no saber. Lo que el paciente no quiere saber es el enlace que existe entre aquel deseo de venganza remoto y su situación actual, algo que de alguna manera le remueve aquel saber insoportable sobre la venganza.
Ahora bien ¿Qué tiene que ver la ignorancia con el deseo de venganza?¿Por qué aquel deseo de venganza precisa ignorarse en todo el trayecto de subida hasta la conciencia?
Porque el sujeto seguramente no ha sabido hacer otra cosa para transformarlo. Carente de capacidad de sublimación o de formaciones reactivas suficientes o de fortaleza para la represión el sujeto optó en un determinado momento por denegar ciertos saberes que por otra parte intuye en sí mismo.
Y más que intuirse a veces se ostentan en esa forma patológica de rasgo de la personalidad que llamamos perfeccionismo, una solución que a veces puede resultar incluso adaptativa en un mundo donde los altos rendimientos son bien valorados, pero que tiene la desventaja de que impide aprender, impide rectificar e impide saber sobre la propia ignorancia. En un cierto grado el perfeccionismo aunque agotador para el individuo puede ser deseable desde el punto de vista social.
Sin embargo el perfeccionismo patologico es un perfeccionismo que lejos de la excelencia invoca la pusilanimidad, la procrastinación y la destructividad. Pues el perfeccionismo solo puede subsistir mediante la abolición de cualquier deseo, exceptuando el deseo de si mismo, el deseo de perfección, y lo hace mediante el embalsamamiento del deseo propio o del otro, cercana a la estrategia del melancólico el obsesivo en este caso se diferencia de aquel en que el obsesivo teme llevar a cabo su venganza mientras que el melancólico es ya reo de la misma, como si la sentencia se hubiera llevado a cabo.
Es en este sentido que la ignorancia es un temor en un lugar y un atrevimiento, una osadia en otro, lo que hace que los perfeccionistas aparezcan a ojos de los demás como personas cargantes y autosuficientes soberbios, y que al mismo tiempo se delanten como ignorantes casi analfabetos a la hora de lidiar con emociones simples y banales. Es ese instalarse en la rutina la mejor forma de alejar la sorpresa y de exorcizar la novedad, verdaderos demonios de la perfección, pues es lo nuevo precisamente lo que puede poner en jaque a la ignorancia siempre atenta de que nada nuevo amenace ese saber del otro lado.
“Mis certezas proceden de mi ignorancia”. O “es tan dificil decir la verdad como ocultarla”, o “El primer paso de la ignorancia es la presunción de saber”, pertenecen a Gracian, que en su “Arte de la prudencia” nos brindó las recetas para sobrevivir en el mundo público. Ignorar y saber deben hallar su justa proporción.
Lo que viene a señalar de que la certeza es un constructo de que procede la ignorancia y que la ignorancia es un saber activo sobre la verdad que pretende desconocerse.
Enfermedades in-discretas
El arte de la medicina consiste en saber diagnosticar, es decir saber reconocer las enfermedades a través de los síntomas y signos que presenta el paciente. Sucede así porque las enfermedades médicas son distintas unas de otras, son entidades discretas, es decir “especies” que tienen su propia historia natural como si fueran plantas o animales, seres vivos. Las enfermedades tienen un origen o causa y se manifiestan siguiendo patrones universales y reconocibles -los síntomas y signos-, es por eso que los médicos podemos diagnosticarlas y sobre todo distinguirlas de aquellas otras que se les parecen.
Si usted acude a un servicio de urgencias por un dolor abdominal, el médico tratará de averiguar algo de ese dolor, cómo es, cuando empezó y los movimientos de su vientre en las ultimas horas, querrá saber qué ha comido y cuanto tiempo hace, le preguntará seguramente a qué atribuye usted ese dolor, y después le explorará el abdomen para saber como reacciona su pared abdominal a la presión, buscando el punto exacto dónde le duele y sobre todo cómo se comporta ese dolor ¿aumenta a la presión o aumenta al ceder en esa presión? El médico tratará de diagnosticar si ese dolor es una apendicitis aguda o una indigestión, tratará de establecer un diagnostico diferencial.
Y hará bien porque la actitud en uno u otro caso variará con respecto al diagnóstico: si es una apendicitis habrá que intervenir quirúrgicamente al paciente de urgencia y si es una indigestión no hay que hacer nada salvo esperar, en el primer caso -establecer un diagnóstico- le va la vida al paciente. De no hacer nada, la apendicitis se convertirá en peritonitis y el paciente terminará falleciendo. En el segundo caso irá mejorando paulatinamente. Establecer la diferencia entre ambas entidades es pues vital, de eso se ocupa la medicina.
Ahora bien, si existe un diagnóstico diferencial es porque la apendicitis y la indigestión son entidades discretas, es decir distintas entre sí, o se tiene una apendicitis o se tiene una indigestión, una excluye a la otra. No es posible que haya apendicitis e indigestión simultáneamente.
Sin embargo en psiquiatría las cosas no funcionan así: el “o esto o lo otro” médico parece haberse transformado en “esto y lo otro”. La conjunción “o” en lo mental se convierte en la conjunción “y”, un operador lógico que puede definirse de esta manera: en la mente una cosa y otra -aun su opuesta- pueden ser verdaderas al mismo tiempo, todo pareciera indicar que en lo mental no rige el principio de contradicción que gobierna en lo físico. En la mente se pueden tener dos, tres y hasta cuatro enfermedades a la vez. Es como si las enfermedades mentales no representaran entidades discretas sino indiscretas. Más que discontinuidades entre unas enfermedades y otras en el registro mental, las enfermedades, parecen estar hablando de una continuidad, es posible encontrar en un mismo paciente síntomas y signos de distintas enfermedades al mismo tiempo.
Es por eso que algunos autores críticos con el modelo médico de lo mental hayan hablado de que las enfermedades mentales no son un descubrimiento (como la apendicitis) sino una invención, es decir una forma de conceptualizar lo mental siguiendo el modelo médico aunque escotomizando esa gran verdad a la que hacía referencia más arriba: que las enfermedades mentales no se parecen en nada a la discreción-discontinuidad de las enfermedades médicas. En este sentido hablar de enfermedades mentales sería un exceso semántico, una forma de legitimar la alienación mental -el término clásico- al cuidado de la medicina.
Todo parece indicar que lo que entendemos como enfermedades mentales representa un consenso de expertos más que un hecho natural. Es cierto que determinados síntomas suelen presentarse agrupados, pero también es cierto que las enfermedades mentales son casi todas ellas atípicas y que las clasificaciones de las enfermedades mentales tipo DSM, son el resultado de una puesta en común a fin de homogeneizar los diagnósticos según criterios operativos pero no prejuzgan ni establecen -según un modelo teórico, que no existe- que eso que allí se describe sean enfermedades naturales como sucede con la apendicitis.
Más bien parece que esas enfermedades tal y como se manifiestan en las mentes individuales representen “modos de elección” o idiosincrasias del propio paciente respecto a los problemas humanos fundamentales con los que tenemos que lidiar durante toda la vida. Modos de elección (inconscientes casi siempre) o posicionamientos sobre los grandes temas del hombre, a veces disidencias y casi siempre presididas por la obstinación. Por nombrar algunos de estos grandes temas del hombre sin ánimo de ser exhaustivo:
- El problema de la sexuación. ¿Como articular la diferencia con la igualdad?
- El problema del poder ¿Como conseguir una mejor distribución del poder?
- ¿Qué hacer con la venganza y el resentimiento?
- ¿Qué hacer con la codicia, la envidia y los celos?
- El problema con el orden simbólico: ¿Qué es un padre?
Si es verdad que la mente se rige por un principio distinto a la contradicción, es evidente que los procesos mentales no pueden escapar a la simple regla del principio del placer. Efectivamente es muy posible que los sufrimientos mentales sean distintas estrategias que los humanos hemos codificado -algunas de forma estereotipada- y otras veces como inventos propios a fin de lidiar con estos conflictos comunes para los humanos. Es muy posible que las enfermedades mentales no respondan a simples averías neurobiológicas sino a los embrollos con que el deseo se enreda, enjaula o embrutece en su peregrinar desde su emergencia hasta su culminación y reciclaje.
Si esto fuera verdad lo que los psiquiatras observamos en nuestros pacientes no serian correlatos de algún desorden biológico sino un cluster de signos y síntomas de distinto origen, una especie de macedonia de frutas cuya composición resultaría difícil de identificar por el sabor. Lo que observaríamos en el fenotipo real seria un acumulo de mecanismos de defensa, deseos disfrazados de cualquier cosa, placeres difícilmente catalogables y adosados a displaceres bizarros, estrategias para conseguir poder, expiar la culpa o enfrentarse al vaciamiento de sentido de la vida que uno ha ido estableciendo poco a poco a través de otros mecanismos, los efectos secundarios de la derrota, del aislamiento o de la deaferentización social y los efectos de la sobreexigencia para limitarlos, invertirlos o dominarlos.
Hay algunas pruebas de que esto funciona realmente así y una de esas pruebas la constituye la histeria.
Una enfermedad siempre asimilada con lo pasional y que ha sido desalojada de las clasificaciones psiquiátricas internacionales y que mantiene una breve presencia nosográfica por sus restos. La histeria es un buen ejemplo de una enfermedad sin vínculo alguno con lo físico y que es además proteiforme, plástica, mutable y variopinta. La histeria representa la enfermedad mental por excelencia en tanto es a través de ella como podemos seguir el rastro a las ideologías médicas y psiquiátricas que ostentan el poder del discurso.
La histeria es precisamente una “enfermedad” que existe porque existen diferencias de poder entre los humanos, la primera y más importante de estas diferencias son las diferencias de poder entre hombres y mujeres, pero no solamente sino también entre padres e hijos y entre individuos de distinta clase o posición social. La histeria es la estrategia que trata de hacer desaparecer el discurso de la diferencia de poder y lo hace frecuentemente desde la oposición y descrédito de toda autoridad empezando por la médica. No es de extrañar pues que la histeria haya sido una enfermedad misteriosa que se atribuye a las mujeres y que se caracteriza por poner patas arriba todos los intentos de la medicina por descubrir sus misterios.
La histérica o histérico cuestionan con sus síntomas el saber médico, el saber tecnológico y representan con su reivindicación y su victimismo constantes un desafío para todos los que ejercemos la medicina. El desafío del histérico/a es de este tipo: “el coronel se fastidiará porque yo no comeré el rancho”. El histérico quiere vengarse del sistema, mortificar a la autoridad, burlarse del poder que soporta sobre sus espaldas y lo hace fastidiándose a si mismo si es necesario. La histeria es una forma de venganza, una estrategia inconsciente pero irreductible de oposición al poder que seguramente en el caso del histérico fue con él injusto en algún momento de su codificación del mundo y de las relaciones humanas.
Es venganza pero también seducción, oblatividad, abnegación y sacrificio, mascaradas con las que el deseo parece renegar de si mismo y ponerse al servicio del otro, para terminar convirtiéndose en su martirio.
Lo realmente curioso de la histeria es que los médicos (los psiquiatras) la hemos borrado de los consensos internacionales después de los grandes fracasos de la neurología y de la psiquiatría por encontrar sus bases anatómicas y neurofisiológicas. Nadie las encontró nunca, la venganza histérica de los médicos ha sido negar su existencia , así no es de extrañar que algunos autores como Slater hayan propuesto repetidamente su abolición.
Paralelamente a este ninguneo de los médicos que han troceado la histeria en grandes pedazos y la han repartido entre las distintas especialidades, los histéricos por su parte no dejan de crecer y de inventar nuevos padecimientos somáticos para desesperación de la medicina que no sabe qué hacer con ellos: es el caso de la fibromialgia, de las toxicomanias y de los multiples padecimientos psicosomáticos que pululan de consulta en consulta sin encontrar remedio para sus males y que la psiquiatría ha expulsado de su seno depositándola en otras instancias médicas.
Todo parece indicar que la histeria habita en los intersticios del poder, en los pasillos donde se cuecen las decisiones, cada vez que la psiquiatría reniega de un padecimiento de la palabra la histeria se refugia en otro lugar a veces buscando paradójicamente una ubicación lejana a la psiquiatría, huye de ella amargada y resentida buscando su legitimación médica en otra especialidad. Es por eso que existen las asociaciones “histéricas” pensadas para la reivindicación, pensadas para la venganza contra aquellos que no escucharon, que no quisieron oír o no quisieron ver.
La histeria es una enfermedad indiscreta e inoportuna que siempre vuelve de una forma o disfrazada de otra, es por eso que sabemos que no vivimos en el mejor de los mundos posibles.
Lo que ellos y ellas no saben es que la falta en el ser no podrá nunca ser restablecida y que los sintomas son una forma de dar cuenta de esta falta.
Ahora bien, un sintoma no necesariamente es algo insoportable ni tenemos por qué hacerlo insoportable, podemos pactar con él.
Pero para eso sería necesario terminar con los beneficios de estar-ser enfermo.
Y este es otro tema.
Placer y goce: las amistades peligrosas
Las amistades peligrosas es una novela escrita por Choderlos de Laclos en el siglo XVIII y una obra maestra del género epistolar. En ella el protagonista Valmont se escribe con la marquesa de Merteuil viuda, sofisticada y adinerada aristócrata pero maquiavélica y perversa mujer que reta e incita a Valmont a ese ir más allá libertino que caracteriza toda su correspondencia.
La novela, -bien conocida por el gran público a partir del estreno de una pelicula con su mismo nombre y protagonizada por Glenn Close, John Malkovich, Michelle Pfeiffer y Uma Thurman -narra las intrigas tramadas por Valmont y la marquesa -cuya relación se ignora aunque se supone que han sido amantes- a fin de seducir a una joven pura educada en un convento, Cecilia Volanges, una especie de Doña Inés tenoriana pero en versión francesa.
Decía Baudelaire que el supremo placer erótico era la convicción de estar haciendo el mal, lo que es otra manera de decir que hay algo en la sexualidad que va más allá del placer sexual puro y duro y que es precisamente ese plus de placer lo que hace falta regular, de eso se ocupan, la religión, la moral y el Estado .
Y de transgredir esa regulación se ocupa precisamente el sujeto individual. Hay algo pues en el deseo sexual que siempre se sitúa en un lugar de exceso, de subversión, de invención y de un ir más allá del simple placer: una rebeldía tan humana que nos resulta incluso familiar y a veces justa.
A ese ir más allá del placer le llamó Jacques Lacan, el goce, (la jouissance) y lo definió del siguiente modo: “placer es aquello que se añade a la vida y goce es aquello que se sustrae a la muerte”. El concepto de goce es algo facilmente reconocible en la conducta de nuestros semejantes y algo además imprescindible para entender el deseo humano, algo que va más allá del reflejo condicionado skinneriano y que situa a lo humano en una dimensión más poperiana que skinneriana, más epistémica que conductual.
Asi Velmont desea seducir a Cecilia Volanges, pero lo que le interesa de ella no es tanto su belleza sino su inocencia. Educada en la moral más rancia y convencional del momento Cecilia acapara en sí los dones que Valmont pretende socavar a través de sus engaños y su constancia en el acecho de la presa. De lo que se trata no es tanto de conseguir a Cecilia sino de retar su resistencia y someterla a la prueba del nueve de la seducción. Es la apuesta que Valmont y la marquesa mantienen y es algo que sólo puede llevar a cabo Valmont, puesto que la marquesa en virtud de su posición no puede acometer por sí misma tamaña heroicidad sin ponerse en entredicho aunque es precisamente ese el deseo que asoma en ella a través de la inducción constante que hace a Valmont acerca de esa posibilidad, asi es la marquesa la que induce, espolea y mantiene.
Y una vez conseguida de lo que se trata es de abandonarla pues el goce no está diseñado para acomodarse a una vida hogareña confortable y práctica, sino precisamente para eludir los compromisos del amor y escamotearle al deseo una cama doméstica aun siendo una cama confortable y acogedora. De eso va el deseo libertino, un deseo que se alimenta en ese recorrido del apetito, resistencia, engaño y consumación. Siempre es necesario el engaño puesto que el plan consiste en abandonar a la presa apenas rendida por amor y es precisamente esta rendición que se hace en nombre del amor lo que hace a la presa tan peligrosa y cuando se ha llegado a este punto lo que se impone es cambiar de victima y buscarse un nuevo reto, un más dificil todavia dejando a la anterior mancillada de por vida y enclaustrada en un convento.
Naturalmente ese arquetipo masculino de goce se encuentra en franco retroceso, no porque haya sido superado por los hombres modernos sino porque ya ninguna mujer resulta mancillada por un escarceo amoroso, todo lo más decepcionada. Es precisamente la actividad que los D. Juanes de hoy practican en un juego sin fin que ha perdido parte de sus condiciones trágicas, y que ha sustituido probablemente el convento por el suicidio o el gesto suicida de la victimizada. Para las mujeres -como en una maldición bíblica- sigue siendo la principal causa de sufrimiento mental y de tentativas de suicidio- me refiero al hecho de ser abandonada a pesar de que ya no exista lacra moral alguna en entregarse a un hombre y que la mayor parte de las veces se haga sin amor.
De manera que el deseo de Valmont es precisamente reiterar el mismo deseo, es el deseo del deseo, el deseo de estar siempre deseando algo dificil y complicado: monjas, doncellas, mujeres casadas de la alta sociedad y con recursos morales para resistirse, este es el goce de Valmont y el goce de D. Juan, otro de los arquetipos -este en versión española de Tirso de Molina- en este caso más democrático puesto que D. Juan no le hace ascos ni a las criadas ni a las campesinas. Queda claro que hay algo más en esta conducta que va va más allá de la consumación del placer, lo que señala en la dirección de que está por hacer una nosologia del goce, puesto que lo que nos interesa de las personas no es tanto como son -su manera de ser- de lo que se ocupan las caracterologias sino su forma de gozar, “dime como gozas y te diré quien eres”, en este sentido una nosología del goce o un mapeo del deseo nos daría a los psicólogos y psiquiatras actuales más datos de nuestros pacientes que eso que en algún lugar se ha llamado rasgo de personalidad, un constructo que aunque se considera cientificamente objetivo, en realidad es furtivo y dificil de atrapar.
Vale la pena recordar ahora otro de estos personajes inmortalizados, esta vez en la musica de Mozart, me refiero a D. Giovanni y a esta aria de la opera.
Como vemos en ese aria “Madamina, il catalogo è questo“, Leporello le enseña a una ex-amante de Don Giovanni, Donna Elvira, el catálogo donde están señaladas las conquistas de su señor: en Italia 640 mujeres, en Alemania 231, 100 en Francia y en Turquía 91, peeeeeeero… en España… en España son ya 1003… No hace distinción entre campesinas, criadas, condesas, baronesas, marquesas o princesas, mujeres de cualquier rango, cualquier tamaño o cualquier edad.
De lo que se trata es de engrosar la lista, es decir asegurarse que el deseo no para y que renace en cada nueva conquista eludiendo al mismo tiempo el amor y abandonando rapidamente a la seducida con objeto de no encariñarse con ella.
Lo cual nos lleva a una reflexión paralela: ¿por qué algunos hombres temen al amor?
El amor suele ser peligroso para los hombres por la misma razón que para las mujeres es la condición para que la rueda del deseo se despliegue. Trataré de hacerlo comprensible:
Los hombres no cambiamos de objeto, pasamos de la madre a la mujer sin solución de continuidad, en un momento determinado nos separamos de nuestra madre (fuente de amor y de dominio) y nos buscamos la vida con objetos sustitutivos, tambien mujeres como ella aunque diferentes en algunas cosas y similares en otras. Este tránsito tiene muchas dificultades, las vicisitudes del deseo masculino tropiezan una y otra vez en ese fantasma edipico: “esa es demasaido parecida a mi madre, esa se llama igual, aquella es demasiado dominante, esa otra seria mas amiga de ella que mia”, etc. La mayor parte de los hombres resuelven este dilema disociando a las mujeres, por una parte las idealizadas: la madre y de otraslas devaluadas “las putas” algo que se conoce como el complejo virgen-puta, es con ellas con quien fornican y solo con ellas, mantienen asi el universo de su deseo impermeable, hay madres y hay putas, “todas las mujeres son putas menos mi madre”, eso es lo que hacen la mayor parte de los hombres que conozco con distinta intensidad pero ese mecanismo por otra parte facilitado socialmente para que los varones no teman el sexo.
Las mujeres no necesitan devaluar o idealizar porque ellas abandonaron a su madre al comenzar su periplo edipico, la abandonaron por amor a su padre, por lealtad con la diferencia sexual y al deseo de tener un hijo con él. Por eso las mujeres no necesitan “putos”, pues no precisan disociar el mundo en putos y santos, es por eso que las mujeres no suelen disociar el sexo del amor y es por eso que las mujeres suelen tener más problemas con el sexo que con el amor que es siempre una reminiscencia de su amor por el padre. Y es por eso que los problemas que tienen las mujeres con el sexo se dan precisamente por el amor, tienen como condicion el amor, si no hay amor, no hay juego y el sexo y el deseo pueden establecerse, pero la dificultad está en que Eros y Afrodita vayan de la mano.
Asi hay diferencias respecto al sexo:
- En los hombres se da más el miedo al amor si hay sexo.
- En las mujeres más el miedo al sexo si hay amor.
Es por eso que existen Valmonts, paralelamente a la existencia de Cecilias.
Y más allá de eso porque existe una reglamentación social que trata de embalsamar el deseo individual haciéndolo imposible o regulándolo de tal modo que resulta irreconocible. Es por eso que Cecilia y Valmont juegan el mismo juego sin saber a qué juegan, un juego de subversión que pone el orden social patas arriba al mismo tiempo que sostiene al propio sistema sin cuestionarlo.













