¿Qué es un discurso?:El poder de la palabra

Agosto 28, 2007 at 6:07 pm (medicina, mente, psicoanalisis, psicologia, sociedad)

Discurso no es lo que hablamos, ni lo que pensamos o lo que hacemos o callamos. El discurso existe aun en ausencia de palabras, cuando callamos o cuando decimos lo contrario de lo que queremos decir. La noción de discurso es necesaria para entender que lo que decimos no es realmente lo que queremos decir y que casi nadie consigue ser entendido a partir de las palabras, pues existe una grieta entre palabra y lenguaje, del mismo modo que existe una grieta entre habla y pensamiento. El discurso es una matriz, una malla que nos apresa como si fuéramos pececillos y de la que no podemos escapar salvo de una manera: rompiendo la red. Eso es lo que hacen precisamente algunos peces indomables y también los psicóticos agujerean la malla que queda asi incapaz de atrapar significantes y condenada a suceder una significación a otra, condenada a un desplazamiento infinito de las significaciones.

De no ser por los psicoticos ¿qué sabriamos del lenguaje?

Es bien cierto que gracias a la existencia de la psicosis podemos entrever que hay detrás de ese supremo amo que es el lenguaje y sus reglas semánticas y sintácticas. Haga usted mismo la prueba y cuando hable con alguien observe lo que sucede: lo que sucede es que uno está atendiendo no solamente a lo que dice sino también a lo que el otro puede interpretar de lo que decimos, en determinadas circunstancias -como una entrevista de trabajo- esa interpretación que hace el otro suele ser vital para sus intereses. También sucede que usted oye a su interlocutor y le entiende (si ambos hablan el mismo idioma), pero en el backstage, sucede algo más, usted está intentando discriminar que es lo que el otro le quiere decir y que no está verbalizando. En una conversación banal entre dos personas, hay pues cuatro ángulos de interpretación:

  • Lo que usted dice, usted y su interlocutor oyen
  • Lo que usted no dice, pero el interlocutor interpreta y usted desconoce
  • Lo que el otro dice y usted y él oyen.
  • Lo que el otro no dice pero usted interpreta y él desconoce (aunque usted no lo sabe)

Hay algo que habla más allá del Yo, los poetas como Rimbaud ya eran conscientes de este fenómeno que verbalizaron en el conocido axioma: “Yo es un otro”. Se trata de un fenómeno universal que no puede resolverse con la sinceridad, puesto que la sinceridad sólo haría acontecer una ilusión: la de haber comprendido finalmente al otro, cosa que enmudece al otro quien a partir de ese momento emprenderá una cruzada para plantear nuevos enigmas de si mismo: nadie soporta haber sido entendido de una sola vez. o para siempre.

Lo que caracteriza las relaciones humanas es el malentendido que siempre deja abierta la puerta del deseo y revierte el enigma que cada cual tiene con respecto de si mismo, la comprensión es una actitud ingenua y catastrófica para la integridad del otro, se trata de una actitud letal para la subjetividad, reivindique usted su derecho a ser mal comprendido porque es el primer derecho que le negarán sus enemigos, esos son los que mejor le comprenden, también pretenderán comprenderle sus allegados, sobre todo desde que la comprensión ha sido elevada al altar de la postmodernidad, así los padres se muestran muy comprensivos con sus hijos y les invitan de este modo a depender eternamente de ellos, los padres de hoy son tan comprensivos que hasta se olvidaron de ser padres y se convierten así en cómplices jubilados de los caprichos de sus hijos.

El discurso con su gramática generativa propia habla desde un lugar y en un idioma que el Yo desconoce, algunas personas viven y mueren sin saber que tienen un discurso que habla más allá de ellos: el discurso de la ciencia, el discurso de la locura o el discurso de la medicina hablan en boca de científicos, locos o médicos, pero estos no saben que a través de su boca escapan palabras que no son propias sino de otro, ignoran su alienación, no saben que está hablando lo Otro.

La consecuencia inmediata de un discurso es una alienación respecto al cuerpo o respecto a la continuidad del propio Yo. Por ejemplo:

Una señora de cierta edad acude al entierro de una de conocida, durante el ultimo mes ha asistido al entierro de varias amistades y se siente mal, presenta taquicardia, sudores, insomnio y una preocupación vaga sin ideas claras. Va al medico asustada por su taquicardia y el médico le realiza un electrocardiograma que es anodino. Al cabo de unos dias vuelve con la misma sintomatología y el médico vuelve a hacerle otro electrocardiograma y le encarga unos análisis, el medico sospecha que es un cuadro banal de ansiedad sin más. pero la enferma no mejora sobre todo desde que el médico a la vista de los análisis de dice que tiene un poco de anemia y que convendría que la viera un especialista. ¿Un especialista de qué? eso no importa, lo que interesa es que el paciente siga en el sistema, no perderlo de vista por si acaso.

Podrá decirse que este es un caso claro de medicina defensiva y es cierto, pero también es cierto que el discurso médico impone una regla: nadie puede ser dado de alta, pues no tenemos la completa seguridad de que ese enfermo no tenga una patologia mas grave que la que aparenta.

Es cierto, el paciente que sólo presentó de inicio un ligero cuadro de ansiedad al final se ha convertido en un hipocondriaco que está atemorizado por morirse, pero que ha añadido algo más a ese temor: su convencimiento de que está realmente enfermo pero que el médico ha sido incapaz de verlo.

El médico se encuentra atrapado en la red del discurso médico del mismo modo que el enfermo . ¿Qué hacer?

Las intervenciones médicas deben de tener un principio y un fin, debe existir una plomada que haga de sistema de seguridad para que la red de pescar peces no se convierta en una red a la deriva. Toda significación lleva a otra significación y un enigma resuelto es otro enigma planteado, ambos se encadenan en una estúpida sucesión de pruebas, análisis y electrocardiogramas que alienan al sujeto que ya no es agente de su dolor, de su duelo que tuvo derecho a sentir sin necesidad de medicalizar eternamente su sufrimiento.

Como cualquier sufrimiento puede ser categorizado es posible esperar que existan sufrimientos somatizados, nuestra función como médicos es señalar mediante la palabra el hecho en si: no para comunicar ni entender o ponernos en lugar del paciente sino para interpretar su dolor en clave de algo que escapó a su cadena de significantes, un dolor al que el Yo es ajeno. “Usted se encuentra triste por la muerte de sus conocidos” es una plomada, es una palabra. Las palabras tienen el poder de detener la cascada del lenguaje, de detener la significación y por tanto la escalada hipocondríaca.

¿Por qué los médicos hemos perdido el poder de las palabras?

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La invención de la locura

Agosto 20, 2007 at 8:13 pm (cerebro, medicina, mente, personalidad, psicoanalisis, psicologia, psiquiatría, sociedad)

Del diccionario de la lengua española:

alienación.

(Del lat. alienatĭo, -ōnis).

1. f. Acción y efecto de alienar.

2. f. Proceso mediante el cual el individuo o una colectividad transforman su conciencia hasta hacerla contradictoria con lo que debía esperarse de su condición.

3. f. Resultado de ese proceso.

4. f. Med. Trastorno intelectual, tanto temporal o accidental como permanente.

5. f. Psicol. Estado mental caracterizado por una pérdida del sentimiento de la propia identidad.

La locura es un invento y no un descubrimiento: no es que los locos no estuvieran ya allí antes de cualquier forma de conceptualización sino que esta misma conceptualización moldea las formas de la locura, de la extravagancia o de la alienación. Lo que es nuevo pues no es la locura sino el término “enfermedad mental”. Antes de eso, se usó durante algunos años -los más productivos de la psiquiatria- el término alienación mental que al menos no presuponia patologia alguna. Durante el siglo XIX los psiquiatras no existiamos sólo los alienistas hasta que un médico alienista de la Salpetriére llamado Falret inventó el término que ha llegado hasta nuestros dias, “enfermedad mental” en lugar de “alienación”.

locura.

(De loco).

1. f. Privación del juicio o del uso de la razón.

2. f. Acción inconsiderada o gran desacierto.

3. f. Acción que, por su carácter anómalo, causa sorpresa.

4. f. Exaltación del ánimo o de los ánimos, producida por algún afecto u otro incentivo.

con ~.

1. loc. adv. Muchísimo, extremadamente.

de ~.

1. loc. adj. Extraordinario, fuera de lo común

No se trata de términos intercambiables o mucho menos baladís, no es una cuestión academica el distinguirlos porque evidentemente no es lo mismo estar loco o alienado que estar enfermo. Cuando digo enfermo mental debe entenderse que esta palabra “enfermedad” remeda o se parece a las enfermedades del cuerpo, es decir a las enfermedades somáticas y ese es el paradigma actual: las enfermedades mentales son como las enfermedades del cuerpo, es decir tienen causas desconocidas pero seguramente articuladas en la materia cerebral aunque hasta la fecha nadie sabe a qué patologia cerebral remiten estas enfermedades. Lo que Falret inventó es una nueva conceptualización que cambiaría el rumbo de la alienación mental, Falret equiparó las “enfermedades mentales” con las otras con las verdaderas, con las anginas o las hemorroides. El órgano afectado es evidentemente el cerebro aunque no crean que este descubrimiento es algo lineal y directo, ¿por qué no del corazón como decía Aristoteles?

Y fue una desgracia por un lado -al restar responsabilidad al loco- y un acierto por el otro al asegurar su asistencia, pero en cuaquier caso fue una arbitrariedad. Bien es cierto que la alienación ya existia como la electricidad también preexistió a la bombilla, pero es seguro que el invento de Edison contribuyó a domesticar y a cambiar nuestro concepto de la misma, una energia que hasta entonces se manifestaba de cualquier modo y sin eficacia o utilidad para el hombre. Del mismo modo la conversión de la alienación en “maladie” tuvo una serie de consecuencias prácticas que aun arrastramos, me refiero a cierta falacia que hace que entendamos que las enfermedades mentales son enfermedades del cerebro, especies naturales que están ahi precisamente para que un sabio las descubra, algo que nadie cuestiona y que ha pasado a formar parte de las verdades creenciales que todo el mundo abraza ciegamente. Nada más opuesto a la realidad: las enfermedades mentales ni son entidades naturales ni están ahi pasivamente esperando a alguien que las fotografíe, se crean en contacto entre el ambiente y el individuo y no podemos olvidar que un individuo es sobre todo un ser hablante, esto nos diferencia de los animales y esto nos aliena a todos en relación con el lenguaje.

Nada de naturales, son siempre culturales y no son reducibles a un trastorno neurobiológico, antes al contrario las enfermedades mentales son sobre todo accidentes de la subjetividad y sobre todo conceptualizaciones teóricas, constructos que unos hacen – los alienistas- para intentar clasificar lo inclasificable: la subjetividad humana. Los enfermos por el contrario son esas personas que se encargan de demostrar que nuestras clasificaciones son todas ellas incompletas o simplemente falsas.

Ya lo dijo Foucault en su tesis: “Historia de la locura en la época clásica”, (aqui puedes bajartelo gratis), en un momento determinado de la historia el término razón se opone al término locura. Nadie sabe por qué se pusieron frente a frente estos dos conceptos y se endosaron a la medicina y no por ejemplo bondad-crimen, pero lo cierto es que desde que el poder decidió esconder a los que carecían de razón en aquellos asilos que han permanecido abiertos hasta hace recientemente muy poco tiempo, la grieta dialéctica entre aquellos que razonan y aquellos que están locos no ha hecho más que agrandarse silenciando las evidencias de que el loco razona perfectamente en determinadas ocasiones y que los razonantes hacen cosas locas y aun monstruosas. De manera que aquella dialéctica se ha mostrado de lo más inoperante para dilucidar qué es y qué no es enfermedad y aun qué cosas tienen tratamiento y qué cosas no lo tienen.

Por ejemplo, como vivimos en un estado asistencial y la responsabilidad individual se ha restringido hasta limites insopechados hay quien plantea tratamientos para los delincuentes sexuales e incluso les llama enfermos, en esta noticia de hoy podeis ver como la mentalidad asistencial oculta hipocritamente la necesidad de una condena de por vida. Yo me pregunto por qué la gente llama enfermos a los delincuentes sexuales, por qué no llamarlos por su nombre: criminales y darles el “tratamiento” que merecen, el encierro proporcional a su crimen, la reparación bienhechora que desde el derecho se conoce desde tiempos de Cicerón. ¿Qué necesidad tenemos de aumentar la nómina de las enfermedades mentales? ¿Es que cualquier conducta que se oponga a la razón va a ser considerada enferma? ¿Tendremos que ser los médicos los que “castremos” a los delincuentes?.

Para tratar a alguien es preciso que ese alguien tenga una enfermedad, un pathos, y lo que esas personas exhiben es un trastorno ético, una patologia de la responsabilidad que ha ido creciendo a partir de los “beneficios secundarios” que cualquier conducta antisocial halla en nuestro entorno acostumbrado a pensar cualquier transgresión en términos de patología y por tanto susceptible de un tratamiento médico. O lo que es lo mismo como algo no imputable al individuo mismo.

A aquellos que quieran profundizar en este tema les recomiendo el libro de Jose Maria Alvarez, “La invención de las enfermedades mentales”, un libro erudito y esclarecedor.

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Narciso

Agosto 15, 2007 at 5:37 pm (antropologia, mente, mitologia, narrativa, personalidad, psiquiatría)

pianomujer.jpgAntes de Narciso hubo el autoerotismo, la autosuficiencia erótica alrededor de esos botones y esos ojales que son los orificios: boca, ano, ojos, uretra, oídos y fosas nasales. Allí quedó aprisionada la primera sensación placentera de la que tenemos recuerdo aunque no conciencia. Un resto del Edén al que algunos vuelven atemorizados por las leyes del lenguaje que vivencian como algo aterrador, algo que desmembra el cuerpo y lo pone patas arriba.
Algunos se niegan a nacer, otros a sonreir, algunos a hablar, otros a crecer y los más a envejecer. La historia ontológica del hombre es la crónica de una negativa, de una oposición a algo, una transgresión, una cancelación o una caducidad, hay algo en el lenguaje que resulta insoportable y ese algo es el otro.
Por eso Narciso se pone en lugar del otro inventando una nueva agencia de si mismo, una nueva posición, una nueva tópica, el Ego en oposición al Yo, es el Ego de Narciso el que se opone al Yo, el que le permite refugiarse en un mundo dirigido hacia la autocontemplación, hacia el egocentrismo, vuelto hacia dentro como un guante del revés. Pues en el centro del otro se sitúa precisamente Narciso desengañando a todos aquellos que le convocan al goce fálico. Todas las ninfas del bosque, de las fuentes y de las cavernas serán decepcionadas y rechazadas a pesar de sus encantos, también ellos los sátiros serán evitados pues Narciso no es en esencia homoerótico sino tan solo narcisista, devoto de sí mismo. Y aun no se ha decidido por uno u otro sexo pues él mismo no está sexuado, se mantiene en la ambigüedad que le presta precisamente para ellas ese encanto de lo no accesible pues es la inaccesibilidad el misterio que las ninfas tratan de atrapar a través del coito. O los sátiros a través de la negación de la castración. Ellos y ellas se sitúan como híbridos que son entre los hombres y los dioses y se encuentran a salvo de las leyes del lenguaje pero no permitirán una ofensa de esa naturaleza, para ello cuentan con la inestimable ayuda de la diosa Afrodita diosa del Amor y de la belleza que no consentirá este tipo de desaires en un mortal. El pecado de ellas es mirar lo que no deben como Psiqué o Persefone, como Euridice, el pecado de ellos es desconocer o disimular que el falo está en ellos y que el destino del falo es penetrar la materia hueca de aquellas que no lo poseen y ser asi uno solo como Salmacia y Hermafrodito.
Y mortal es Narciso aunque él no lo sabe y como mortal debe asumir las leyes no escritas de la sexuación que irremediablemente dividen al hombre entre lo que es y lo que le falta, entre lo que es y lo que desaria ser, entre lo que es y lo que el otro piensa que es. Esta disociación esencial, la Spaltung original y condición del hombre hablante no puede silenciarse o borrarse, no puede renegarse de ella al menos sin efectos secundarios.

narciso-caravaggio.jpg

La muerte de Narciso ahogado mientras contemplaba su propia imagen en el espejo de la laguna es precisamente el castigo proporcional y simbólico que los dioses perpetrarán en su contra, mientras Eco languidece melancólica y queda en nada, sin cuerpo material que sustente a una voz que se limita a repetir lo que los demás declaman, exhibiendo su falta de subjetividad, prisionera del rechazo, mártir de la separación, Narciso se ahoga cuando atraviesa su fantasma que no era un espejo sino el agua: el marco donde se contemplaba.

Desde entonces Narciso es una flor con una corola brillante y roja, los dioses le otorgaron el privilegio de ser contemplado por toda la eternidad. Le otorgaron el goce de la naturaleza después de que él renegara de la cultura, del ser-que-habla y que es hablado por el lenguaje.

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Clérambault el maestro

Agosto 4, 2007 at 4:57 pm (antropologia, cerebro, lenguaje, mente, psicologia, psiquiatría, sueños)

Este verano he aprovechado para leerme algunos incunables que tenia en lista de espera desde hacía años. La obra de Clérambault un psiquiatra parisino muy famoso maestro de Lacan y uno de los microfenomenólogos mas importantes que han habido en la historia del saber. Leyéndole en su obra -donde se ocupó de atrapar fenómenos sutiles del inicio de las psicosis- he entendido algo muy importante, su noción de automatismo mental: las experiencias tempranas del pensamiento de los sujetos normales y de los locos son muy parecidas, los dejà vu, el eco del pensamiento, la interrupción del pensamiento, la ideorrea, los olvidos, la sustitución son fenómenos que se dan tanto en el inicio de una psicosis como en las personas normales, en la fatiga, la intoxicación y en otras condiciones psicopatológicas.

¿Quien no ha tenido en el curso de su pensamiento una interrupción, una sensación inefable de lo ya pensado, de lo ya dicho, ¿quien no ha pensado, de qué me suena este sitio?¿esta conversación, este interlocutor?
La diferencia extrema y radical entre lo psicótico y lo normal es el lugar- la topología – desde donde se intuye que se produce el fenómeno. Los locos piensan que estos fenómenos les son impuestos y además: que estos fenómenos les conciernen en persona, les señalan de un modo esencial, les aluden, son de otro que habla de él pero no son suyos y de ahí la extrañeza. Y entonces me he preguntado algo que al parecer ya se preguntó Lacan ¿por qué las personas normales no sentimos que nuestros pensamientos nos son impuestos? ¿por qué los sentimos como obra nuestra? Y esto lo digo por una razón ,usualmente las personas cuando te cuentan un sueño son muy poco conscientes de que ese sueño les pertenece, de que son autores de su guión. El que sueña en algo y lo cuenta cuando es confrontado con su sueño delata su alienación con respecto a él, como si alguien hubiera puesto ese sueño allí para que él lo soñara. En contraste con esto la mayor parte de la gente se cree dueño y señor de sus pensamientos y de sus ideas (aunque no tanto de lo que dice o hace), solo los locos parecen sentirse divididos con respecto a ellos y sienten que esa experiencia inefable procede de afuera, de lo real, que es impuesta y que le atañe. De ahí la perplejidad y el enigma que procura una experiencia así, ¿como explicarla? Según Clérambault cuando el delirio eclosiona la psicosis ya es antigua, lo que quiere decir que el delirio es una construcción para explicar la enigmática experiencia inefable que usualmente se vive bajo el gobierno de la perplejidad, de la confusión o del rapto. Psicosis y delirio son pues cosas distintas. El delirio es una creación explicativa de la experiencia mientras que la psicosis es un desgarramiento del discurso del Yo, del pensamiento muy parecido al que tenemos todos los días las personas normales que no estamos psicóticos. La pregunta entonces es ésta: ¿Qué diferencia la experiencia normal de la experiencia psicótica?
La falta de algo, hay un déficit en la cadena significante que hace que el psicótico se sienta aludido en persona por su experiencia, mientras que los sujetos normales simplemente no damos importancia a este fenómeno y lo olvidamos aun pudiéndole dar explicaciones más o menos racionales, lo cierto es que cuando yo me olvido de una palabra o siento que mi pensamiento ha sido interrumpido o sustituido por otra cosa no caigo en el vacío de la irrealidad sino que me olvido del asunto hasta que recuerde o mis ideas se ordenen. El psicótico hace algo con su experiencia distinto a lo que hacemos las personas normales, el psicótico hace algo más o algo menos, pero lo cierto es que su experiencia no es pareja a la mía, yo no me siento concernido por esa experiencia, lo que significa que en su cadena de significación hay una falla, algo que falta y que no puede hacer de dique a esa experiencia normal de dejar correr el asunto.
Según Lacan eso que falla en el psicótico es un significante esencial “El nombre del padre” que es el significante que inscribe al sujeto en la cultura. esto parece difícil de entender pero es muy sencillo e intuitivo: como somos seres hablantes (parlêtres) estamos muy alejados del instinto y de la naturaleza, los humanos somos sobre todo cultura, no tenemos instintos sino pulsiones , no tenemos necesidades sino deseos que no son otra cosa sino los instintos y las necesidades después de pasar por el filtro del lenguaje. Se dice con mucha frecuencia que el ser humano es un ser que se ha alejado de la naturaleza, de ese supuesto orden natural que gobierna todo el cosmos, pero esta es una idea falsa y casposa: nada hay tan antinatural como el ser humano, nada en él es natural, todo es social, cultural, verbal y parcial, el retorno a lo salvaje como ideal no es posible ni desable. Ni siquiera las enfermedades mentales son entidades naturales, no son plantas ni animales, no son especies, ni están en el cerebro individual, somos cultura, y sobre todo lenguaje y ellas son errores en la codificación de ese lenguaje.

Y lenguaje es eso que nos divide y que hace que no podamos dar al otro lo que necesita puesto que nosotros mismos estamos divididos y no somos ni tenemos lo que el otro nos atribuye, sólo podemos dar amor si sabemos que el amor es precisamente dar aquello que no tenemos. Cuando alguien da lo que no tiene hace crecer al otro, porque mantiene abierto su deseo, pero cuando uno da lo que le sobra inunda al otro y su amor se vuelve tóxico.
Y por eso hay enfermedades mentales que son precisamente la experiencia de ese amor que no pudo darse porque estaba disfrazado de exceso, la pulsión al contrario del instinto siempre es excesiva, la demanda inagotable, el deseo infinito, de eso se trata precisamente de dejar ir al sujeto hacia el infinito y de darle lo que necesita pero no lo que desea.

Porque ningún deseo puede colmarse ni siquiera el deseo de colmar el deseo de aquellos a quienes amamos.

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