¿Qué es un discurso?:El poder de la palabra
Discurso no es lo que hablamos, ni lo que pensamos o lo que hacemos o callamos. El discurso existe aun en ausencia de palabras, cuando callamos o cuando decimos lo contrario de lo que queremos decir. La noción de discurso es necesaria para entender que lo que decimos no es realmente lo que queremos decir y que casi nadie consigue ser entendido a partir de las palabras, pues existe una grieta entre palabra y lenguaje, del mismo modo que existe una grieta entre habla y pensamiento. El discurso es una matriz, una malla que nos apresa como si fuéramos pececillos y de la que no podemos escapar salvo de una manera: rompiendo la red. Eso es lo que hacen precisamente algunos peces indomables y también los psicóticos agujerean la malla que queda asi incapaz de atrapar significantes y condenada a suceder una significación a otra, condenada a un desplazamiento infinito de las significaciones.
De no ser por los psicoticos ¿qué sabriamos del lenguaje?
Es bien cierto que gracias a la existencia de la psicosis podemos entrever que hay detrás de ese supremo amo que es el lenguaje y sus reglas semánticas y sintácticas. Haga usted mismo la prueba y cuando hable con alguien observe lo que sucede: lo que sucede es que uno está atendiendo no solamente a lo que dice sino también a lo que el otro puede interpretar de lo que decimos, en determinadas circunstancias -como una entrevista de trabajo- esa interpretación que hace el otro suele ser vital para sus intereses. También sucede que usted oye a su interlocutor y le entiende (si ambos hablan el mismo idioma), pero en el backstage, sucede algo más, usted está intentando discriminar que es lo que el otro le quiere decir y que no está verbalizando. En una conversación banal entre dos personas, hay pues cuatro ángulos de interpretación:
- Lo que usted dice, usted y su interlocutor oyen
- Lo que usted no dice, pero el interlocutor interpreta y usted desconoce
- Lo que el otro dice y usted y él oyen.
- Lo que el otro no dice pero usted interpreta y él desconoce (aunque usted no lo sabe)
Hay algo que habla más allá del Yo, los poetas como Rimbaud ya eran conscientes de este fenómeno que verbalizaron en el conocido axioma: “Yo es un otro”. Se trata de un fenómeno universal que no puede resolverse con la sinceridad, puesto que la sinceridad sólo haría acontecer una ilusión: la de haber comprendido finalmente al otro, cosa que enmudece al otro quien a partir de ese momento emprenderá una cruzada para plantear nuevos enigmas de si mismo: nadie soporta haber sido entendido de una sola vez. o para siempre.
Lo que caracteriza las relaciones humanas es el malentendido que siempre deja abierta la puerta del deseo y revierte el enigma que cada cual tiene con respecto de si mismo, la comprensión es una actitud ingenua y catastrófica para la integridad del otro, se trata de una actitud letal para la subjetividad, reivindique usted su derecho a ser mal comprendido porque es el primer derecho que le negarán sus enemigos, esos son los que mejor le comprenden, también pretenderán comprenderle sus allegados, sobre todo desde que la comprensión ha sido elevada al altar de la postmodernidad, así los padres se muestran muy comprensivos con sus hijos y les invitan de este modo a depender eternamente de ellos, los padres de hoy son tan comprensivos que hasta se olvidaron de ser padres y se convierten así en cómplices jubilados de los caprichos de sus hijos.
El discurso con su gramática generativa propia habla desde un lugar y en un idioma que el Yo desconoce, algunas personas viven y mueren sin saber que tienen un discurso que habla más allá de ellos: el discurso de la ciencia, el discurso de la locura o el discurso de la medicina hablan en boca de científicos, locos o médicos, pero estos no saben que a través de su boca escapan palabras que no son propias sino de otro, ignoran su alienación, no saben que está hablando lo Otro.
La consecuencia inmediata de un discurso es una alienación respecto al cuerpo o respecto a la continuidad del propio Yo. Por ejemplo:
Una señora de cierta edad acude al entierro de una de conocida, durante el ultimo mes ha asistido al entierro de varias amistades y se siente mal, presenta taquicardia, sudores, insomnio y una preocupación vaga sin ideas claras. Va al medico asustada por su taquicardia y el médico le realiza un electrocardiograma que es anodino. Al cabo de unos dias vuelve con la misma sintomatología y el médico vuelve a hacerle otro electrocardiograma y le encarga unos análisis, el medico sospecha que es un cuadro banal de ansiedad sin más. pero la enferma no mejora sobre todo desde que el médico a la vista de los análisis de dice que tiene un poco de anemia y que convendría que la viera un especialista. ¿Un especialista de qué? eso no importa, lo que interesa es que el paciente siga en el sistema, no perderlo de vista por si acaso.
Podrá decirse que este es un caso claro de medicina defensiva y es cierto, pero también es cierto que el discurso médico impone una regla: nadie puede ser dado de alta, pues no tenemos la completa seguridad de que ese enfermo no tenga una patologia mas grave que la que aparenta.
Es cierto, el paciente que sólo presentó de inicio un ligero cuadro de ansiedad al final se ha convertido en un hipocondriaco que está atemorizado por morirse, pero que ha añadido algo más a ese temor: su convencimiento de que está realmente enfermo pero que el médico ha sido incapaz de verlo.
El médico se encuentra atrapado en la red del discurso médico del mismo modo que el enfermo . ¿Qué hacer?
Las intervenciones médicas deben de tener un principio y un fin, debe existir una plomada que haga de sistema de seguridad para que la red de pescar peces no se convierta en una red a la deriva. Toda significación lleva a otra significación y un enigma resuelto es otro enigma planteado, ambos se encadenan en una estúpida sucesión de pruebas, análisis y electrocardiogramas que alienan al sujeto que ya no es agente de su dolor, de su duelo que tuvo derecho a sentir sin necesidad de medicalizar eternamente su sufrimiento.
Como cualquier sufrimiento puede ser categorizado es posible esperar que existan sufrimientos somatizados, nuestra función como médicos es señalar mediante la palabra el hecho en si: no para comunicar ni entender o ponernos en lugar del paciente sino para interpretar su dolor en clave de algo que escapó a su cadena de significantes, un dolor al que el Yo es ajeno. “Usted se encuentra triste por la muerte de sus conocidos” es una plomada, es una palabra. Las palabras tienen el poder de detener la cascada del lenguaje, de detener la significación y por tanto la escalada hipocondríaca.
¿Por qué los médicos hemos perdido el poder de las palabras?

