Culpa, castigo, reparación


A raíz de la reciente publicación de esta noticia sobre la detención de un número indeterminado de pederastas que intercambiaban material pornográfico infantil en la red y de la que periódicamente dan cuenta los medios de comunicación me ha llamado la atención el siguiente párrafo:

“Y los expertos no han dudado en concluir que esta actividad se da sin ningún tipo de sentimiento de culpabilidad”

Pero ¿existe algún tipo de actividad perversa que se de con sentimiento de culpabilidad?
Lo que sucede es que hay actividades perversas que son ilegales como la pederastia pero hay otras que no son ilegales y que tienen que ver con las formas individuales, subjetivas del goce. Pero la legalidad o ilegalidad de una actividad perversa nada tiene que ver con la culpabilidad que es absolutamente individual.
Freud en 1923 publicó un articulo al que tituló “Sobre algunos casos de delincuentes por sentido de culpabilidad” donde por vez primera formuló la hipótesis de que determinados delincuentes delinquían por culpabilidad es decir buscando activamente el castigo para una falta imaginaria a través de un crimen o delito actual, lo prohibido actuaba como un atractor precisamente por esa promesa de castigo. Concluyó su análisis con la celebre sentencia. “La falta es anterior a la culpa”.
Pasaron los años y tuvo que ser Lacan el que volviera a desempolvar esta idea mientras escribía su tesis sobre una paciente paranoica a la que llamó Aimée, una paciente que había cometido un crimen con aspecto de pasional sobre una actriz famosa a la que no conocía y a la que Aimée admiraba. El tribunal que condenó a Aimée por su crimen al hallarla imputable la mandó a la cárcel y entonces sobrevino algo inesperado: la paciente después de un periodo de llantos, suplicas y crisis emocionales diversas se curó de su delirio, simplemente este se desvaneció hasta llevar a Aimée a un estado en el que continuamente se preguntaba ¿cómo era posible que ella hubiera hecho semejante cosa?
Aimée se extrañaba tanto de su crimen porque su admiración por la actriz en cuestión era tal que poco a poco tuvo que comprender que al asesinarla había dado muerte a sus propios ideales, esta comprensión fue la que provocó que el delirio ya no fuera necesario y simplemente desapareció.
Lacan que era discípulo del gran maestro Clérambault, uno de los alienistas más importantes de Paris y del mundo y que había destacado precisamente a través de sus trabajos sobre la paranoia no pudo ayudarle, Lacan tuvo que recorrer todo el saber psiquiátrico de la época para entender el delirio y la curación de Aimée sin encontrar ninguna descripción que concordara con su caso. En su tesis -que es una tesis sobre la paranoia- critica duramente a sus contemporáneos que vieron la paranoia como el destino final (degenerativo) de un continuum entre determinados rasgos paranoicos –constitucionales- y la enfermedad mental propiamente dicha. Entre estos rasgos preparanoicos, el orgullo, la desconfianza, la inadaptabilidad, el error cognitivo y la paranoia florida y clínica sólo había una separación lineal y cuantitativa que a través del tiempo y según las circunstancias unos individuos cruzaban y otros no. Este era el estado de cosas cuando Lacan inició su investigación sobre el caso Aimée: el pensamiento predominante era la idea de una constitución paranoica cuyo resultado final era la paranoia clínica, una idea fuertemente influida por las ideas degenerativas de Magnan. Pero Lacan se mostró disconforme con esta idea y desarrolló justamente la contraria: entre los rasgos paranoicos del carácter y la paranoia clínica existe una discontinuidad, una ruptura, una catástrofe psíquica, no hay relación lineal entre la constitución y la enfermedad.
Buscando soporte teórico para esta idea Lacan encontró a Freud y a su articulo de 1923. Fue entonces cuando entendió la dinámica del caso de Aimée: se trataba de una paranoia de autocastigo, Aimée se había apuñalado a sí misma en el cuerpo de su actriz preferida y admirada que representaba de ese modo su ideal del Yo, Aimée la había apuñalado precisamente para ser condenada por este amor.
Afortunadamente los jueces la encontraron imputable y digo afortunadamente porque hoy probablemente no hubiera seguido esta suerte y en vista de la benigna evolución clínica que siguió a este episodio de paso al acto y ulterior condena.
Hoy la doctrina jurídica que se ha impuesto en los países de nuestro entorno es la inimputabilidad de los crímenes paranoicos y la quasi inimputabilidad de casi todos los pacientes psiquiátricos por no hablar de las cortas condenas que se imponen desteñidas –reducidas en la práctica- casi siempre por “buena conducta” o “trabajos de redención” que rebajan las condenas hasta lo inaudito. Todo pareciera indicar que la idea de castigo es molesta en una sociedad democrática y permisiva como la nuestra y que nadie en su sano juicio puede discrepar con la idea de que todo criminal puede y debe ser reinsertado en la sociedad. En realidad la idea de reinserción universal es jurídicamente catastrófica porque tiene un “efecto de llamada” sobre criminales no psiquiátricos, – sin culpa y sin capacidad de cambio- y deja sin tratamiento –sin castigo- a aquellos que podrían beneficiarse inmediatamente de una condena tal y como le sucedió a Aimée.
Los pacientes psiquiátricos están hoy más desasistidos que nunca en esa marea de la redención y no imputabilidad pues nos deja sin el instrumento más potente para curar una paranoia de autocastigo, es decir el castigo como reparación de la culpa individual, hoy es suficiente que un juez disponga de un informe emitido por dos peritos cualificados acerca de la enfermedad mental de un paciente para que el caso se considere inimputable y hay que decir que aunque el paciente esté loco de atar, no toda su conducta responde a su locura, ni está loco todo el tiempo, ni está loco en todos los aspectos de su existencia. Aún más, existen fuertes evidencias de que el criminal no lo es por su patología mental de forma directa sino que además de esa patología hace falta otro elemento: una patología ética que añadir a la psiquiátrica. Sólo así se explica que casi el 90% de enfermos mentales a pesar de delirar y haber encontrado a su perseguidor no cometan ningún acto criminal o ilegal. El argumento también puede decirse del revés: muchos crímenes que llevan la etiqueta de “violencia de género” son en realidad crímenes paranoicos y que dejan de contabilizarse como enfermedades psíquicas al ser contabilizados en otra categoría.
¿Por qué existe el castigo, me refiero a la sanción jurídica de nuestros actos?
La razón por la que el castigo es necesario es que la rectitud de conciencia, la culpabilidad o el autocontrol son insuficientes para mantener a los individuos alejados de sus tendencias criminales. En algunos casos simplemente la culpabilidad no existe y por tanto ninguna reparación espontánea podrá suceder, en otros casos como el caso Aimée, es el tiempo el que se encarga de enmudecer el delirio y este tiempo, el tiempo del trabajo mental siempre es largo, tan largo que a casi nadie le da tiempo de cumplirlo en privación de libertad. Todo parece haberse confabulado para que el trabajo de culpa, castigo y reparación no tenga lugar de forma pública. Todo parece señalar en la dirección de que es obligatorio ser feliz y que todo psiquismo es por definición recuperable y que ninguna instancia del poder sea competente para definir estos plazos: jueces y legisladores han dado la espalda a la psiquiatría y al sentido común, menos mal que los criminales verdaderos no han sido nunca los enfermos mentales, en su mayoría víctimas de sí mismos y de un sistema demasiado comprensivo.

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