La devoción erótica que conocemos como “amor cortés” es el antecedente más cercano que tenemos de nuestro concepto del amor, un invento de gnósticos: ninguna novedad en Occidente, antes al contrario, sus influencias pueden rastrearse en el mundo clásico, más tarde en el amor romántico y aun en la poesía sufí. Así Ashwaq (el Intérprete de los Deseos) un poeta murciano que vivió en el siglo XII, escribe:
Aunque me incline ante ella como es de rigor
y ella nunca devuelva mi saludo,
¿tengo motivo alguno para quejarme?
una mujer hermosa no siente obligación.
Un tema amatorio clásico: el amor como idolatría a un ser inalcanzable, un tema apolíneo recurrente que más adelante y por sincretismo, entraría a formar parte del culto extático a la Virgen Maria . O en la poesía amatoria de todos los tiempos, véase este pasaje de Garcia-Lorca:
Maricas de todo el mundo, asesinos de palomas
Esclavos de la mujer, perras de sus tocadores,
Abiertos en las plazas con fiebre de abanico
o emboscados en yertos paisajes de cicuta.
Metonimia pues es el fetiche: una especie de fotografía, un icono que opera por contigüidad, sobre un recuerdo infantil relacionado con el descubrimiento de la ausencia de pene en la mujer. Según la teoría clásica el fetiche es un objeto cualquiera, algo que sirve para denegar el recuerdo: un recuerdo relacionado con el descubrimiento de la diferencia sexual, algo que se vio “inmediatamente antes” y que aparece como un objeto congelado, suspendido, pues su función es -precisamente- la de denegar un conocimiento al que ya se ha tenido acceso: el conocimiento sobre la diferencia.
Todo fetiche es aprensible, en tanto que es un objeto inanimado, relacionado con cierta estructura por una relación de contigüidad. El gusto por las bragas femeninas, los sujetadores o las medias, los zapatos o zapatillas, no es azaroso, sino que responde -precisamente- a una relación que lejos de ser simbólica, se comporta como una representante de cercanías de lo deseado y temido. Precisamente, la característica del fetiche es, que al ser un objeto inerte, es inapresable, en comparación con su dueño, que está vivo y quizá por eso es inaprensible, en tanto que lo vivo está sujeto a la voluntariedad y a una cierta objetividad. Lo objetivo es el enemigo de la fantasía, compuesta siempre por lo objetal, es decir, por el deseo que completa lo objetivo y le da forma. Para Castilla del Pino el pie es sin embargo un atributo fálico.
El fetiche condensa, el todo por la parte, la totalidad del objeto al que es imposible acceder…El pie es muy estimado porque es a través de él como obtiene la gratificación masoquista propiamente dicha. La mano o el pie son equivalentes del látigo, de la espuela o de cualquier otro objeto útil para la punición. El significado de los mismos es muy complejo. Se trata de un atributo que le confiere al partenaire femenino un poder fálico. Esto satisface la fantasía de la doble tendencia homo y heterosexual que el masoquista anhela en muchos casos, en tanto que fálica se constituye en objeto ante el que se somete, como antes al padre todopoderoso, en tanto mujer compone un objeto materno substitutivo.
El fetiche es la condición de amor, “tiene que ser así y sólo así”, parece querer decir el fetichista, lo que hace inclasificable cualquier fetichismo, puesto que existen tantas variantes como individuos y posibilidades de goce: el fetichismo es el equivalente sexual de la sutileza.
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Desde la antigüedad muchos han sido los que se han ocupado de reducir la belleza a términos matematicos, mensurables o cuantificables. Pitágoras pretendió encontrar el secreto de la belleza cuando dió con el numero fi=1.618, al que llamó la proporción aúrea.
Pero seguiamos sin saber nada acerca de la cualidad exacta de la belleza, ¿que hay en una obra de arte, en un texto, en una composición musical que le hacen una obra de arte y le distinguen de aquello artesanal, del simple trabajo bien hecho. ¿En qué reposa la sublimidad, el estremecimiento de la obra de arte?.
Kant lo dijo: reposa en la universalidad, lo cual no deja de ser una respuesta tautológica, es bello aquello que goza de un consenso de opinión que lo hace bello, es bello lo que se ha reconocido como tal. Se trata de una opinión que no comparten todos y entre ellos yo. Pero si no podemos hablar de la belleza, sino sólo rozarla, reducirla a números y a cuentas corrientes, al menos si podemos hablar de la fealdad, esto es lo que proponen algunos artistas como Andy Warhol cuya propuesta estética más conocida es el bote de sopa Campbell.
La propuesta es la siguiente: el canón no puede decirse, sólo rozarse y por tanto es imposible de apresar, por eso elijo un simple objeto de la vida cotidiana igual a la serie que representa, un clon, un objeto que contradice el paradigma de la obra de arte: aquello único, irrepetible y original. No es que el bote de sopa Campbell sea feo pero si vulgar, serial, igual a otros muchos botes de sopa como él mismo, el clon se entroniza como el nuevo ídolo de la postmodernidad y el cuerpo individual es su aliado. Un cuerpo transformable en perfomance que ahora es blanco y ahora es negro, que es hombre y es mujer y que es capaz de saciar todas las potencialidades del deseo, pues todos los deseos son al final legítimos y todos se ejercen sin dejar de ser deseos. El arte es democrático y no hace falta ser nadie especial para ejercerlo, ¡abajo los artistas y viva la comunidad creadora del mundo!. Edipo ha muerto y sólo es ahora un héroe de cómic, de risa, a medio camino de la transformación. Si no podemos hablar de lo bello hablemos pues de lo repugnante, de la escatología, de lo aversivo, de lo vulgar.
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