Fruto de la colaboración entre varios amigos on line surgió esta idea del GMS (Global Mind Squeezing) que dio sus frutos con un trabajo colaborativo transdisciplinar que titulamos “Cerebro y códigos” que he resumido en este pdf que abajo cuelgo y que es el resultado de múltiples y saltigrados post que fueron publicándose en este blog durante 2011 y 2012.
Los autores que han participado en esta fórmula “entre varios” son: Agustin Morales, Antonio Grandío, Patricia Cantú, Ana di Zacco, Antonio Rodriguez Sellés, Belen Nieto, Gonzalo Haro, Rosana Peris, Cristina Bernard y yo mismo.
A todos ellos les doy las gracias por su dedicación y entusiasmo por lo nuevo.
Para ser la primera vez que se intenta ir más allá de la multidisciplinariedad el resultado es bastante provechoso, pero debemos seguir investigando las posibilidades de un enfoque entre varios.
San Mateo 26: 41“Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil”.
Lo cierto es que esta máxima del evangelio no puede ser más correcta aunque no tanto su interpretación. Según la doctrina oficial de la Iglesia lo de velar y orar es un método para evitar el pecado pero en realidad se trata de un método de meditación, tal y como aquel que describí en “El poder del ahora”. El tuiteo de Jesucristo (si es que lo dijo realmente asi) lo que quiere significar es que tenemos que escapar de nosotros mismos de nuestro Yo e instalarnos en el Ser y la mejor forma de lograrlo (o al menos la mas barata) es a través de la mortificación del cuerpo: una via de autocuración que llamaremos la via ascética.
Más adelante volveré sobre esta via de restricción y su capacidad de sanación, pero en este post voy a referirme a la via del exceso, a la via dionisiaca.
Pasamos demasiado tiempo en compañia de nosotros mismos, nos autoevaluamos constantemente y nos intoxicamos con nuestro parloteo autoreferencial. De manera que tan beneficioso es orar como coser, de lo que se trata es de no pensar.
La via dionisiaca.-
Pero hay otra mentira en la interpretación canónica del evangelio y es que orar y velar son una solución para la evitación del pecado -caer en la tentación-, porque en realidad de lo que se trata es de pecar de vez en cuando. Sólo los pusilánimes y los puritanos se creen que es posible vivir en una continua virtud. Pues en realidad no es posible la virtud sin el vicio o sin el pecado -si queremos llamarlo asi- o con el más civil apelativo de transgresión.
Dioniso es la otra cara de Apolo.
La mejor forma de quedar anegado en los territorios del pecado es precisamente la de no pecar jamás de modo voluntario y consciente y hacerlo compulsivamente como si uno no tuviera nada que ver. Seguir siempre las reglas es la mejor forma de morir aplastado por ellas, casi tanto o más que transgredirlas constantemente. Lo que no es consciente acaba siendo compulsivo-adictivo o irremediable y alienado.
Tanto es asi que hoy sabemos que las experiencias de felicidad de tipo espiritual se computan en el mismo lugar donde lo hace el goce sexual, tal y como podeis leer en este post. Una vieja idea sufí que antes de que las religiónes oficiales nos la raptaran ya sabían que lo espiritual y la carne eran el haz y el envés de la misma experiencia, asi para Rumi, “la trenza de la amada era la cuerda que ataba lo espiritual o divino con el placer del sexo”.
De esta misma opinión es Roy Baumeister que en este libro titulado “Escapando del Self: alcoholismo, masoquismo y otros vuelos en el limite de la autoevaluación” ,nos recuerda el valor de ciertas conductas de escape como el alcoholismo, la bulimia, el atracón, las autolesiones o ciertas actividades masoquistas de las que hablé en este post y en éste..
Lo cierto es que es dificil contemplar conductas como las anteriores en una perspectiva positiva, estamos acostumbrados a pensar el alcoholismo como una adicción, al suicidio como una enfermedad, la bulimia como un trastorno alimentario pero no estamos entrenados para ver todas esas conductas como un modo de escapar de uno mismo y de refugiarse en un placer estereotipado que a la larga se confunde con una enfermedad o con la misma muerte. Abusamos demasiado de la psicologización y con ello nos perdemos el valor antropológico, filosofico e incluso metafisico del dolor o el placer y de las operaciones que hacemos a fin de disociarlos de ciertas funciones corporales (ascetismo) o de erotizarlos (masoquismo).
En el placer hay algo que desborda nuestra capacidad para el mismo. Situarse más allá del principio del placer es el destino seguro cuando se ha rebasado la capacidad de goce del Yo y es entonces cuando Eros y Tanatos se encuentran.
Dioniso es un mito por sustantivación, es decir se trata de un divino personaje que representa el exceso, la locura, la embriaguez, el éxtasis y la transgresión, el mito fue retomado por los romanos que le dieron el nombre de Baco aunque siguió con la misma función: recordarnos que de vez en cuando necesitamos todos echar una “canita al aire” a fin de mantenernos en equilibrio en un mundo presidido basicamente por recomendaciones, controles, obligaciones y renuncias.
Pero lo dionisíaco no es solo una escapatoria puntual de las personas con sentido común sino una estrategia psicológica que se encuentra -tal y como sugiere Baumeister- en las entretelas de muchas de las patologías psiquiátricas que se encuentran presididas por una busqueda del placer y que muchas veces se caen -al cruzar el borde- en patologias o adicciones precisamente por haberse situado más allá del principio del placer.
En realidad, nosotros los humanos tenemos un cerebro diseñado para buscar y encontrar comida y sexo. Todo pareciera indicar que nuestros sistema dopaminérgico y tambien otros sistemas excitatorios como el glutamitérgico se encuentran diseñados (a medio hacer) a fin de encontrar satisfacciones en nuestro medio ambiente relativas a esos dos grandes que llamamos sexo y comida.
Seria interesante preguntarnos a nosotros mismos ¿por qué comemos?. Es natural que a esta pregunta la gente respondiera que comemos para vivir, es decir apelando a la necesidad de supervivencia y que además de esta necesidad de alimentarse obtuviéramos alguna información adicional si investigáramos el hambre, cómo se regula y para qué sirve. Casi todo el mundo supondrá que nos alimentamos porque somos capaces de sentir hambre. Pero tal y como apunto Lorentz lo cierto es que ” la causa del hambre no es la necesidad de alimentarse sin embargo el propósito del hambre es la alimentación”.
Causa y propósito son pues conceptos distintos.
La pregunta tiene una dificil contestación: no comemos para vivir, ni comemos por instinto o porque tengamos hambre sino que comemos porque alimentarse forma parte de un programa participado y compartido con otras redes neuronales que tienen que ver con el precepto: creced y multplicaos y que seguramente mantienen entre si una relación de complicidad y amistad evolutivamente estable, es decir se trata de redes neuronales acostumbradas a salir de copas juntas y que cuando están de fiesta se invitan mutuamente.
Dicho de otra manera: no es posible hablar de alimentación sin hablar de placer ( o recompensa), comemos porque obtenemos placer en la comida bien por ella misma bien por los rituales que la acompañan, y además de eso: se trata de un emparejamiento fácil, siempre será más facil -en nuestro entorno- encontrar comida que encontrar sexo. Es por eso que la adicción a la comida es más frecuente que la adicción al sexo. Y es por eso que la obesidad es más prevalente que todas las enfermedades de transmision sexual juntas.
Pero además sucede otro fenómeno. Me refiero a que la obesidad se encuentra demonizada- estigmatizada- social, psicologica y médicamente. Estar gordo, no solo es algo de mal gusto que hace al individuo menos atractivo sino que además existe siempre la sospecha estigmatizante de que el obeso es una persona descontrolada, indisciplinada o ineficaz. Para acabar de enunciar los refuerzos negativos de la publicidad, todo el mundo sabe ya del colesterol y los riesgos cardiovasculares y metabólicos de la obesidad. ¿Hay alguien que ignore eso?
Estar gordo (comer en exceso) tiene pues efectos secundarios pero si existe una compulsión a la comida es por el hecho de que comer es placentero, sobre todo para aquellos que han aprendido a que la comida les guste. O dicho de otra forma a aquellos que han emparejado la comida con el placer y que más allá de eso: abusan del exceso dionísiaco del placer que la comida les procura o lo que es lo mismo, han desbordado su capacidad de asimilación del placer, hablamos entonces de bulimia, trastorno por atracón (binge eating) u obesidad por cebamiento.
En este post hablé precisamente de la bulimia y su relación con la gula, un pecado capital. Nótese que a diferencia del pecado que se comete contra alguien, la bulimia (el constructo clinico) es una instancia alienada, sin sentido, algo que uno comete contra sí mismo de un modo incomprensible para sí mismo. Sucede asi precisamente por la naturalización de aquella conducta pecaminosa. Al quedarnos sin pecado y sin posibilidad de pecar nos hemos situado en un territorio biologico, donde se buscan genes y neurotransmisores pero el sujeto queda despoblado y alienado con respecto a sus propias dinámicas y recursos naturales. Ni que decir tiene que para tratar una bulimia hay que hablar del placer y sobre todo: qué otros placeres han sido obturados por la comida.
En el otro extremo nos encontramos con otro tipo de conductas que buscan precisamente lo contrario: disociar o desemparejar el placer y la comida, las podemos englobar en el rubro “operaciones ascéticas” cuya representante psicológica mas relevante es la anorexia mental.
Poco se sabe de la mirada a pesar de que sabemos mucho del ojo. Ese órgano que -diria un materialista o un ingenuo- es el órgano que sirve para ver.
Y no es que no sirva para ese menester, pero sirve para otras cosas que usualmente no se contabilizan entre las funciones del mismo.
El ojo sirve para mirar y para ver si alguien nos mira. El ojo es una lente, si, pero tambien es un espejo.
De manera que al verbo “ver” hay que añadirle otro infinitivo el verbo “mirar”. Ambas funciones del ojo se realizan simultáneamente pero hasta un ciego sabe mirar si bien no puede ver.
Dicho de otra forma: la función del ojo, es una función disociada. Podemos ver y mirar cosas distintas. Podemos mirar sin ser vistos (espiar) podemos ser mirados sin percatarnos de ello, una inversión pasiva del acto “activo” del mirar y mirar al mismo tiempo. Más que eso: podemos tener la sensación ilusoria de que nos miran sin que, en realidad, nadie lo haga. Sucede porque percatarse de algo es bien distinto a saber-conocer algo. Percatarse y saber son dos funciones disociadas sobre las que ya hablé en este post sobre “Susana y los viejos”.
Hay quien mira y hay quien es mirado, aunque en la vida comun todos miramos y somos mirados (somos sujetos y objetos) sin caer en la cuenta de que existe un goce especial cuando se elige posición. Naturalmente no me estoy refiriendo al gusto por exhibirse o hacerse visible que presentan algunas personas histriónicas sino al gusto por ser absorbido (o absorber) que probablemente no está en el repertorio de los histerico@s sino en las actividades privadas que se realizan a solas. Es por eso por lo que en ciertos rituales eróticos se vendan los ojos al que hace de objeto mirado, a fin de que, a su vez no pueda mirar y quede a merced del mirador. Una disociación forzada entre sujeto y objeto, entre depredador y presa.
Fotografía de Helmut Newton
Lo cierto es que mirar y ser mirado son dos goces eróticos que reclutan una enorme cantidad de aficionados (a la pornografia o al simple desnudo) sin que ni ellos mismo sepan que en realidad su afición está considerada una parafilia conocida como voyeurismo, una perversión pues el hecho de mirar-ser mirado puede llegar a ser tan placentero que incluso puede sustituir a la cópula propiamente dicha.
Algo asi le pasa a James Stewart en “La ventana indiscreta“. Le interesa tanto lo que ve a través de aquella ventana que parece no prestar ninguna atención a Grace Kelly en la plenitud de su belleza y entrega.
Pero esto no debe preocuparnos porque voyeurs somos todos y es absolutamente normal, lo dificil del acto de mirar es convertirlo en una pulsión que vaya más allá del simple acto de percatarse de algo, usualmente un desnudo.
Lo dificil es convertirlo en una experiencia inusual de conciencia. Y que además sea placentera.
Con los ojos vendados una persona queda a merced del que la mira, no puede ver ,ni mirar y no tiene más remedio que someter su voluntad al que mira. Algunas personas han desarrollado incluso una sinestesia y son capaces de sentir sensaciones táctiles a través de esa mirada, pero para poder llegar a este estado de conciencia es necesario conocer qué es la fascinación, la alteración de conciencia que es condición para el obtener el goce de ser mirado.
“Fascinas”, es una palabra latina que significa encanto. Es interesante observar que seducción, magnetismo, atractivo, absorción, hechizo y fascinación son sinónimos y apelan a un estado de sobrecogimiento o succión que ha sido vulgarizado por fórmulas o sortilegios casi mágicos y a veces por estereotipos sociales banales como cuando decimos al conocer a alguien :”Encantado/a”. En realidad no estamos encantados y todo es una fórmula de cortesía. Estar encantado es algo asi como le sucede a la serpiente con la flauta del faquir, un estado de fascinación, un trance hipnótico.
Estar encantado es sentir que nuestra voluntad ha escapado de nuestro control a pesar de permanecer conscientes y de percatarnos de los estimulos sensoriales circundantes. Estar encantado es no poder escapar de la “posesión” o “seducción” de la voluntad del otro que nos tiene como absorbidos, es como si hubieramos abandonado nuestro cuerpo y habitáramos en un cuerpo o mejor una mirada ajena. Es como si hubieramos roto las barreras de discontinuidad que separan a los cuerpos. Es como levitar.
Los que tienen o han tenido experiencias de este tipo saben perfectamente que tienen mucho que ver con lo erótico, con la entrega sexual pero no de una entrega administrativa o banal sino una entrega bañada de devoción, algo que va más allá y trasciende al tosco amor terrenal y que elude todo el tiempo que puede la siniestra confrontación de los cuerpos y lo elude a través de la pasividad contemplativa, a través de la espera.
Alguién con carisma de santidad nos lo dejó bien explicado en esta frase:
Un dardo como de oro brillante y de fuego que me parecia meter en el cuerpo y arrastraba al sacarle, mis entrañas y me dejaba abrasada en amor a Dios. (Teresa de Jesús)
No cabe duda de que la santa estaba hechizada, fascinada, absorbida o seducida, ¿verdad?
Se trata de un estado inusual de conciencia que tiene su cara y su cruz. Muchas personas pueden tener este tipo de experiencias “contemplativas” y pasarlo muy mal, tal y como comenté en este post. El sindrome de Stendhal es un claro ejemplo de lo mal que lo podemos pasar cuando no sabemos a qué carta quedarnos, si queremos ser activos (y mirar) o queremos ser pasivos (y que nos miren), si queremos entregarnos o luchar, si queremos someternos o dominar. Es por eso que el sindrome de Stendhal es un trastorno disociativo y no una psicosis.
Lo que se disocia aqui en estos casos de captura icónica es la posición que queremos ocupar en relación con ser sujeto u objeto. El cerebro se hace un lio y se cuelga como un ordenador mareado.
En realidad todo este fenómeno está explicitado en la mitología, a través de la historia de rapto de Perséfone. Hija de Demeter y de Zeus, Perséfone explicita la inocencia de la virginidad y de la adolescencia, algo que se caracteriza por una percatación que no sabe. Pues la doncella no sabe de la intensidad de deseos que convoca en los hombres y es asi que mientras recogía florecillas por el campo, la tierra se abrió y Hades irrumpió raptándola y llevándola consigo a su reino: El Hades que es el equiivalente griego de nuestro infierno.
La historia de Perséfone se caracteriza por explicitar la idea de rapto o paroxismo. Alguien es transportado a un lugar inaccesible para los mortales y es llevado por la fuerza, a través de un episodio ictal como un ataque epiléptico. Demeter, la madre de Perséfone hace todo lo posible para que su hija le sea devuelta y pide ayuda a Zeus a fin de que Hades devuelva a Perséfone al reino de los vivos. Pero Hades no está dispuesto a renunciar a su joven y bella esposa y la misma Persefone parece que le ha cogido gusto a ser la reina del subsuelo.
Perséfone ya no es una doncella: ha atravesado la linea sexual que divide el mundo de los niños de los adultos y ya no puede volver. Persefone ha sido fascinada por su esposo y Demeter no tiene más remedio que tratar de calmar su duelo a través de nuevos maternajes y de su bulimia divina.
Se trata de un mito donde observar las claves de la fascinación, de los hechizos que penden de la mirada. En este caso de la mirada lasciva de Hades que transforma la candida niñez de Persefone y la convierte en una experta de la belleza, es por eso que desde entonces los mortales acuden a ella en busca de filtros de seducción. Algo asi lleva a cabo Psyché durante sus pruebas de femineidad.
Algo asi sucede en este poema en prosa debido a la especial sensibilidad de Ana di Zacco: “La mirada y la lluvia”, donde podemos entender la relación que existe entre la mirada y el renacimiento.
Si traduces un concepto de un campo para usarlo en otro donde es deconocido será algo siempre fresco y poderoso. Recurriendo a lo ajeno realizas un arbitraje intelectual, donde el único limite es tu voluntad en traducir continuamente, de forzar lenguas extrañas para hacerlas tuyas, de vivir entre medias, de estar en las dos partes y en ninguna.
Chandler Burr
El masoquismo tal y como conté en mi anterior post es una estrategia compleja que involucra mecanismos de defensa, aspectos cognitivos, emocionales, conductuales y sobre todo eróticos aunque lo importante es señalar que no se trata -por si mismo- de un rasgo, ni un estado, ni un trastorno o de una enfermedad mental sino de un cluster de tácticas -relacionadas con enlaces entre experiencias distintas- destinadas a lidiar con el sufrimiento y que se encuentra muy representada en nuestra vida cotidiana.
Puse como ejemplo el conocido supuesto de alguien que ama sin ser correspondido. ¿Por qué sucede esto? Lo lógico es amar a quien nos corresponde pues nuestro orgullo y nuestro autoconcepto se resentirían de lo contrario.
La mayor parte de las personas a las que les sucede tal cosa -y que acumulan varios episodios similares de amores desgraciados- pueden sufrir conscientemente por esta razón pero lo cierto es que amar en ausencia de correspondencia o de mutualidad es una estrategia que cumple una función económica en nuestro psiquismo. Puede suceder que una persona salga malparada de una relación, haya sido abandonada o traicionada y quede con un enorme montante de excitación amorosa en stand by junto con una autoestima herida y quiza con un enorme montante de rencor. Este tipo de personas necesitan un objeto sobre el que proyectar esos restos de amor y al mismo tiempo resolver su duelo. Y la mejor forma de resolver un duelo es la erotización del sufrimiento.
Y puede suceder tambien que queramos estar solos, algo que sucede con cierta frecuencia entre mujeres masoquistas -que optan por la soledad- aunque ellas mismas no lo hayan interiorizado. Y la mejor manera de estar solo es conseguir que no nos amen y podamos al tiempo amar.
Las personas que aman sin ser correspondidas en realidad lo que buscan no es tanto la reciprocidad sino poder redimirse de su anterior perdida. Y no habría redención si hubiera correspondencia, de modo que se las arreglan para no ser correspondidas, elegir a alguien con escasa capacidad para el amor o elegir a alguien inadecuado. Quien así se comporta puede ignorar lo que en realidad hace con su organización pulsional y que no es otra cosa sino la de amar a solas, con una especie de amor pasional muy parecido al amor cortés, a fin de conseguir vertir afuera ese sobrante que quedó congelado en la anterior relación y al mismo tiempo sufrir por la no correspondencia. La paradoja es precisamente que es la falta de mutualidad lo que persigue inconscientemente y lo que a fin de cuentas reparará el dolor.
Poner juntas dos magnitudes como el dolor y el amor es desde luego una buena estrategia de curación y reparación. Y eso es lo que hace la mayor parte de la gente por sí misma de forma espontánea. El peligro de esta combinación es naturalmente la posibilidad de obsesionarse con el amor no correspondido, algo que sucede con cierta frecuencia en las personas que carecen de la suficiente introspección para conocer las operaciones inconscientes que se libran en su psiquismo o no están dispuestos a aceptar las ventajas de su estrategia.
Esto mismo parece sucederle a Edith Piaff y que nos cuenta en este tema ya mitico. Ne me quite pas.
Un poco lo mismo le sucede a Bogart en Casablanca cuando consigue que la Bergman siga a su marido hacia la libertad mientras el se redime de su rencor -por haber sido abandonado en Paris- al tiempo que se postula como un patriota redimiéndose asi de su cinismo. El gesto de Bogart es un gesto sublime de altruismo pasional que a su vez opera como un reconstituyente moral de un individuo depravado por el dolor.
Otro ejemplo de la vida cotidiana es lo que nos sucede en relación con la envidia. Hay una gestión evitativa y una gestión masoquista de la envidia. ¿Qué hacemos cuando envidiamos a alguien?
Lo usual es -siempre que podamos- evitar a aquellas personas que envidiamos, puesto que cuando estamos en su presencia nos sentimos mal. Se trata de un experiencia muy común, a los que envidiamos les evitamos con o sin racionalizaciones acerca de su carácter, sus defectos o su superioridad. Algo que nos permite salvar nuestra autoestima que vuelve a encogerse en su presencia.
Pero los masoquistas no evitan a quienes envidian sino que buscan su compañía, se pegotean a las personas que envidian a veces de una forma tan obsesiva que resultan pesados y repelentes. Y acaban siendo rechazados, que es precisamente lo que buscan.
Todos tenemos la experiencia de amigos o conocidos que no nos aportan nada y que nos vampirizan, ellos parecen ser refractarios a nuestras señales de incomodidad e insisten una y otra vez en acaparar nuestra atención. Naturalmente este fenómeno es mucho más frecuente en Internet donde existe un anonimato protector disfrazado de “discusión intelectual” o de defensa de las opiniones. El fenómeno troll es un fenómeno cibermasoquista donde la admiración y la envidia no terminan de ponerse de acuerdo en neutralizarse.
Transformar la envidia en admiración y que esa admiración se mantenga dentro de los limites de lo razonable -sin el desbordamiento de la idealización o de ponerse cargante- es un proceso de erotización similar al que describí más arriba como reparación de los duelos o las perdidas, sucede por una razón. La envidia puede manifestarse a través de dos circuitos que operan en paralelo:
Por una parte existe un dolor por el éxito del envidiado.
Y por otra existe un placer por los fracasos del envidiado (Schadenfreude).
El problema es que mientras el “placer por los fracasos” se computa como recompensa cerebral (es decir como placer), el “dolor por los éxitos ajenos” no se computa como placer-recompensa sino como algo aversivo que pertenece al Yo (a un Yo insuficiente) y no al otro. Esta dicotomía del procesamiento cerebral explica el porqué, la envidia (o la parte aversiva de la envidia) suele reprimirse o negarse, mientras que la parte apetitiva de la misma se siente como placer y permanece en el consciente y se manifiesta a las claras en la interrelación.
No existe una emoción tan fácilmente detectable como la envidia. Hay una psicología de la evidencia de la envidia tanto como sucede con el amor, ambos no se pueden ocultar y no precisan demostración.
La transformación de la envidia en admiración o gratitud es la solución para ese componente inconsciente destructivo de la envidia. Y como en el caso anterior se realiza a través de enlaces semánticos, si usted es capaz de enlazar la envidia con la erotización de la misma (y no perecer en el intento) habrá logrado neutralizar la carga negativa de esa emoción que por otra parte es tan normal como cualquier otra, a fin de cuentas la envidia sirve para señalar nuestra posición en una supuesta pirámide de valor comparativa con nuestros congéneres lo que resulta muy adaptativo.
Otro de los ejemplos que quiero utilizar para apoyar mi tesis de que los dinamismos masoquistas son muy frecuentes en la población general, es el tema de las dietas, del ejercicio fisico y de la mitologia de la delgadez.
Casi todas las mujeres que conozco se muestran de una forma u otra descontentas con su cuerpo. No se si habrá alguna mujer aun que no haya hecho alguna vez en su vida una dieta, pero como mi campo de conocimiento principal son los trastornos alimentarios he de decir que estas patologías son un magnifico observatorio para la observación del masoquismo femenino de nuestro tiempo.
Lo sacrificios alimentarios, el machacamiento de los gimnasios, la cirugía estética, las caminatas, la ortorexia y las dietas o las purgas por sí mismas son formas electivas de inducirse dolor, restricción y sufrimiento. No cabe duda de que la forma más frecuente de autosacrificio en nuestro tiempo es el deseo de mantenerse a linea. Y que este deseo es mucho más frecuente en mujeres.
Freud decia que las mujeres eran “naturalmente masoquistas”, o dicho de otra manera el masoquismo de la mujer era según él consustancial con la condición femenina. Se apoyaba en el hecho de que la vida sexual de la mujer discurría entre privaciones, partos, amamantamientos, dolor y preocupación constante por los hijos. Para Freud la maternidad era el eje del masoquismo primario, consustancial de la mujer, algo que venía de serie. Naturalmente esta idea está pasada de moda y ha quedado obsoleta desde que la maternidad es un hecho electivo, lo cual no significa que las mujeres hayan dejado de ser masoquistas sino que su masoquismo se manifiesta de otra manera, aunque lo cierto es que el masoquismo erógeno era -en época de Freud- mucho más frecuente en los hombres, algunos de ellos grandes hombres como Baudelaire, Swinburne, Socrates o Rousseau.
El masoquismo femenino en la actualidad se manifiesta a través de eso tan valorado como la delgadez. ¿Pero por qué quieren las mujeres estar delgadas?
La mayor parte de ustedes pensarán que las mujeres quieren estar delgadas para ser más atractivas, pero esta idea es falsa o al menos no representa toda la verdad. Las mujeres no quieren adelgazar para ser más atractivas (al menos no primariamente), sino para competir con sus iguales en el terreno de la seducción, se vaya a utilizar o no como estrategia de emparejamiento.
Del mismo modo que sucede en la envidia, el par dialéctico que aqui se halla en fricción es el par atractivo-rivalidad. La paradoja de este conflicto es que tal y como señalé en este post que ser más atractiva no significa linealmente tener más éxito con las iguales con las que se miden las chicas jovenes (sino quizá menos, asi como resultar un frecuente blanco de agresión), mientras que tener escaso exito con la siguales no invalida a una muchacha para ser muy atractiva para el sexo opuesto. En realidad la delgadez es un valor femenino al que los hombres prestamos poca atención. Asi se puede adelgazar por:
Disfrutar del éxito del atractivo para vencer imaginaria o realmente en la competencia con otras rivales y que se computa como placer.
Alegrarse por el fracaso de las rivales en una competición donde se ha salido perdedora se tenga o no atractivo.
En un post anterior exploré precisamente las relaciones que existen entre los trastornos alimentarios con la rivalidad intrasexual.
En conclusión: las estrategias masoquistas que he descrito hasta ahora formarían parte de lo que Freud llamó “masoquismo moral”, es decir formas de autosacrificio o renuncia destinado a reparar las consecuencias imaginarias de ciertas tendencias destructivas inconscientes, envidia, rivalidad, rencor, perdida, etc. Estas estrategias son muy frecuentes en la población general y forman parte de un muestrario de tácticas destinadas a eludir el sufrimiento, a reparar ciertas emociones que quedaron huérfanas en nuestro inconsciente y desde donde nos amenazan provocándonos malestar. A pesar de tratarse de claras tácticas masoquistas no son identificadas como tales por el conjunto de la sociedad sino que más allá de eso son privilegiadas como valores morales a seguir. Ha sido descrito por Gordon (Gordon, 1972) que estos valores normalizadores de una cultura determinada son la fuente de un difuso malestar étnico que se termina manifestando en ciertas enfermedades que tienen que ver con la cultura donde se presentan y los valores que abrazamos consensuadamente.
No sucede lo mismo con el masoquismo erógeno que sigue considerándose una perversión sexual, algo abyecto y comparable con la necrofilia, el bestialismo o la pederastia.
En el próximo post me ocuparé precisamente de quién o quienes y por qué recurren a estas formas de masoquismo erógeno y me ocuparé además de distinguir estos emparejamientos pactados de la sexualidad forzada o la victimización inducida.
Movido por el afán clasificador y naturalistico de su época Richard Von Kraft Ebing escribió en 1886 un tratado psiquiátrico titulado “psicopatias sexuales” lleno de casos clinicos de sexualidades insólitas y curiosidades morbosas que hicieron las delicias de sus contemporáneos, tal y como hoy sucede con los realitys shows tipo Gran hermano. Lo cierto es que hoy ya sabemos que lo que más nos gusta es averiguar qué es lo que hace la gente en la intimidad de sus dormitorios y esa fue la razón de que aquel tocho de procedencia psiquiatrica tuviera un enorme éxito de publico -similar al que más tarde tuvo el mono desnudo de Desmond Morris- sirviendo de inspiración a escritores como Oscar Wilde que lo tomaron como libro de cabecera.
Lo que hizo Kraft-Ebing fue describir una serie de conductas sexuales, unas más bizarras que otras y dotarlas de un sentido nosográfico, les llamo psicopatías, pero tambien se conocen como perversiones y hoy como parafilias.
En realidad estas conductas “desviadas” no son psicopatías, de modo que poco a poco fueron cayéndose de tal conceptualización. Con respecto a la palabra “perversión” -desafortunada como la anterior- a fuerza de generalizarse ya no sabemos qué significa y los psiquiatras ya no la usamos. Si perversión es toda aquella conducta que se encuentra desviada de su propósito original y se ha transformado en otra cosa, necesitaríamos saber para qué usamos la sexualidad y si concluimos que la sexualidad sólo sirve al propósito de la reproducción con la esposa o marido legales y en la posicion del misionero entonces habremos de convenir en que todos somos perversos, lo que significa que nadie es perverso.
La verdad es que la conducta sexual humana resiste cualquier clasificación y es por eso que hoy decimos que es inclasificable y ya hemos abandonado ese antiguo prurito naturalista y reduccionista. Y desde luego no es competencia de la psiquiatría salvo cuando coexiste con una enfermedad mental.
La verdad es que existe muy poca literatura interesada en el estudio y comprensión de estas “desviaciones” que parecen haber seguido caminos cegados para la neurociencia, algunos de ellos por prejuicio, otros por miedo al ridículo, otros por la presión de ciertos colectivos y otros por el miedo que despiertan entre los bienpensantes o quizá por el temor de ser considerado un “pervertido”. Es por eso que sabemos tan poco de las perversiones, tanto que no hemos sido capaces de construir un discurso que las rescate de lo abyecto, del crimen o de la cutrez.
En el año 2006 publiqué un libro que titulé “Un estudio sobre el masoquismo” que tuvo una distribución limitada entre profesionales y muy poco éxito de publico señalando hacia la idea que más arriba comenté: el masoquismo sigue siendo considerado una actividad ruín, un vicio incomprensible y paradójico a pesar de estar tan generalizada en la clinica y el comportamiento normal, en el arte y en la cultura humana que merecería por sí mismo una tesis doctoral sobre esta cuestión.
Mientras me documentaba para escribir aquel libro me di cuenta de que no tenia más remedio que basarme en los clásicos trabajos de Freud, Reich, Reik, Anzieu y otros investigadores malditos que habian corrido con el riesgo de aventurarse en tierras tan pantanosas, naturalmente releí el prólogo que Castilla del Pino había escrito para la edición de Alianza sobre “La venus de las pieles” de Sacher-Masoch a quien debemos el malventurado nombre de “masoquismo”que más que iluminar oscurece la esencia de los mecanismos mentales que subyacen a tal estrategia de goce. Lo publicado en pubmed era absolutamente banal y prescindible. Hasta que me di de bruces con Anita Phillips y su “Defensa del masoquismo”.
Anitta Phillips es probablemente el seudónimo de una escritora freelance que por razones obvias nunca quiso desvelar su identidad, pues se trata del primer caso de la historia donde una mujer masoquista sale del armario con una buena dosis de argumentos que coincidían con mis obervaciones clinicas y con las revelaciones que algunos pacientes -hombres y mujeres- me habian hecho en la consulta.
El masoquismo reformulado.-
El primer prejuicio que se comete con el masoquismo es la idea de que resulta paradójico que el dolor provoque placer. Naturalmente el dolor no provoca placer en nadie cuando supera un cierto umbral, pero lo interesante es que este binomio placer-dolor suele considerarse como un par de opuestos donde uno excluye al otro, en lugar de considerarse como el haz y el envés de la misma experiencia. En realidad todo aquello que limita el dolor es placentero y al revés, lo que significa que incluso neurobiológicamente las vias del placer y las vias del dolor están relacionadas y mediadas por neurotransmisores y circuitos similares y conectados. Hoy tendemos a considerar que la polaridad placer-dolor no es tal polaridad sino un continuum de sensibilidad.
Dicho de otra manera si otorgamos a la insensibilidad absoluta un 0 y la sensibilidad extrema un 10, nos encontrariamos que puntuarian 0 los psicópatas, ciertos criminales, sádicos y las personas indiferentes con los demás, los anhedónicos y probablemente un buen puñado de pacientes mentales que giraran en torno a la palabra “narcisismo”. La insensibilidad extrema, la alteridad 0.
En el otro polo nos encontrariamos a personas hipersensibles y sometidas a las tensiones de tal organización nerviosa, serán personas que podrían percibir hasta el arrastre de un caracol en su dormitorio, todos los estímulos les llegarían y serian muy vulnerables psicológicamente debido precisamente a este exceso de estímulos percibidos. Una embriaguez sensorial continua. Estos individuos serian anti-narcisistas y tendentes a relacionarse a través de la admiración, la abnegación, el altruismo o la devoción del otro. La alteridad 10.
Para entender que se debe sentir con esta sobredosis de estímulos recomendaria ahora a los lectores que recordaran el estilo literario de Marcel Proust o de Virgina Woolf, una escritora bipolar -que terminó suicidándose, en una época donde no existían psicofármacos para este mal- y cuya narrativa está llena de tantos detalles que incluso llega a saturar a aquellos que, como yo, estamos poco interesados en ellos. Pero sirve para entender el universo de percepciones constantes en los que se debaten estos cerebros hipersensibles.
Para entender mejor el concepto de sensibilización desde el punto de vista neurobiológico dirijo al lector interesado a este post donde hallará las dos formas en que nuestras células aprenden: la habituación y la sensibilización. Decía alli que la sensibilización habia surgido como mecanismo adaptativo porque:
“Un estímulo que cuando apareció era nuevo o amenazante propicia una reacción a largo plazo en el sentido de que aumenta la respuesta cualitativamente relacionada con aquella señal. Bien pensado tambien tiene su lógica evolutiva: imagínese usted viviendo su primer año de vida en un ambiente deprivado, sin estímulos o empobrecido en su variedad de cuidadores, parece lógico que en un ambiente asi nuestro sistema nervioso haga algo por sí mismo a fin de neutralizar aquella deprivación ambiental. Lo que hace es sensibilizarse, es decir autoprovocarse una especie de estimulación artificial a fin de llenar el ambiente de predictibilidad, seguridad y sincronías”.
La hipersensibilidad por sí misma no prejuzga patología, pero no cabe duda de que existe una constitución hipersensible y no cabe duda tampoco de que el masoquismo es una estrategia de los hipersensibles para eludir el sufrimiento.
Más arriba he dicho que los fenómenos masoquistas son muy frecuentes en nuestra vida cotidiana, pero existe un “pero”. El masoquismo empasta mal con la virilidad y peor aun con los ideales de independencia, competencia, autodirección y asertividad que forman parte de los valores de nuestra sociedad que privilegia el éxito, el dinero, el triunfo, el poder o el trabajo fuera de casa en el caso de las mujeres. De ahi se puede predecir que los masoquistas estarán precisamente en estos grupos de población: los hombres de poder y en las mujeres triunfadoras. A cada valor le corresponde un antivalor cuyo destino es el secreto.
Y es tan frecuente y enredado con nuestra cultura y valores que no nos hemos parado nunca a pensar en una experiencia muy común, quizá la más común de todas las experiencias masoquistas. ¿No ha estado usted nunca enamorado/a de una persona que no le corresponde en absoluto?. Ahi lo tiene, el masoquismo no es tan raro.
Ahi va un ejemplo de una mujer que le canta a su “hombre” Jim, una verdadera declaración masoquista de amor.
Nótese que el tono de la letra no es de reproche, de queja, reivindicación, protesta o victimización sino una simple, estoica y resignada experiencia de que las cosas son como son. Jim nunca le traerá las flores que prefiere Billie Holiday y asi y todo y sabiendo que acabará abandonándola declara que: “siempre llevaré la antorcha de Jim”. Hay algo de espiritual, de ascesis sagrada en esa resignación y por qué no decirlo tambien un guiño sarcástico, un giro sobre la dirección del dominio, una subversión del goce.
En el proximo post hablaré de las razones por las que nos enamoramos de personas que no nos corresponden y cual es la estrategia -seguramente inconsciente- que subyace a esta “adversidad”. Y seguiremos hablando de la neoconceptualización del masoquismo y lo más importante hablaré de las cualidades terapeuticas del mismo.
La sexualidad no equivale a la reproducción, hay algo más, no hay sexo sin fechoría. Sexo es algo que va más allá de un contrato reproductivo.
George Bataille
Fotografia de Helmut Newton
Todos los que hayan visto el video que colgué aqui en este post -donde hablé del sexo y su relación con la reproducción- ya habrán oido una pregunta que quedó sin contestar al final de mi exposición y que procedía de uno de mis psiquiatras- el Dr Adolfo Santamaria- cuya orientación lacaniana dejó impresa en aquella cuestión que no respondí en aquel momento. Preguntaba el Dr Santamaria , ¿si, pero qué es el sexo?. Aquel no era el momento para contestar aquella pregunta, el momento es aqui y ahora.
Efectivamente el sexo no es sólo la reproducción, tal y como sostiene Bataille en el aforismo que preside este post. No me refiero sólo al hecho de que existe un sexo divertido, lúdico. una experiencia de placer al alcance de casi todos y que escapa a lo reproductivo y mucho más desde que existen los metodos anticonceptivos. El sexo es todo eso y mucho más porque el sexo -en su cualidad más metafisica- es imposible.
Y lo es porque la barrera de discontinuidad entre unos seres humanos y otros, es insalvable a través del acto y es por eso que se inventó lo numénico, el amor es un numen muy común y al alcance de todos. El objeto se nos muestra en una dimensión de discontinuidad, ahi afuera, aparentemente a nuestro alcance pero en realidad no es más que un misterio, inabarcable, imposeible, inaccesible. Y mucho más desde el hombre hacia la mujer que al revés, el deseo femenino es en esencia el gran misterio de la sexualidad, es por eso que algunos psicoanalistas como Lacan se preguntan con insistencia ¿qué es una mujer? ¿de qué está hecho su deseo?. Y es por eso que hablan del empuje a la mujer (la pusissance a la femme), es decir de ese poder de fascinación que lo femenino ejerce sobre el hombre y sobre la misma mujer. Todo tiende hacia la mujer y todo tiende a parcializar ese objeto por la imposibilidad fáctica de contenerla entera.
Para contestar estas preguntas me apoyaré en algunos videos que he encontrado en Internet sobre las perversiones en el cine del ensayista Slavoj Zizec y del que ya hablé aqui a propósito del film de Hitchcock “Vértigo”, uno de los tratados más interesantes sobre el fetichismo. Un fetichismo que va más allá de la muerte del objeto.
Hablar del sexo, más allá de la reproducción es hablar de eso que los antiguos llamaban “perversiones”. El cine nos ha aportado una visión de las mismas que -más allá de la clinica decimonónica en que se promulgaron- nos descubren las imbricaciones que la realidad obtiene de la ficción y el goce individual del placer. La ficción es el andamiaje simbólico sobre el que la realidad se mantiene y se construye. El goce es aquello que nos separa de la muerte, de lo tanático.
En conclusión: la sexualidad tal y como podemos explorar en estas peliculas elegidas por Zizec, nos muestra algunas verdades que van más allá de la sexualidad como evento reproductivo. La situan en el terreno de la imaginación, alli donde todo es posible y también en el territorio de la magia, de lo sagrado, de lo numénico, a veces a través de la desintegración del objeto y de la parcialización del goce sexual siguiendo las peripecias de la evolución de la libido a través de las zonas erógenas. La sexualidad es eminentemente una transgresión y es por eso que el término perversión ha quedado totalmente vacio de sentido cuando hemos aceptado que no hay un solo deseo sino múltiples, tanto como seres humanos y operaciones libidinales diversas.
El sexo, ni ha sido, ni es ni será nunca libre pues representa el limite de nuestras posibilidades de acceder al otro por medio de un acto puramente fisico y donde muchas veces ni siquiera el amor es capaz de penetrar.